30 abril 2021

Pedagogía del caos

 

El otro día aparecía un artículo en el ABC con el sugestivo y sorprendente título de que “los estudiantes de colegios con más disciplina obtienen mejores notas”. Si ustedes son personas habituadas a practicar el sentido común y que no pilotan naves mentales lejanas a la realidad, no necesitan seguir leyendo el extracto de la sesuda investigación universitaria que da pie a la frase titular. Un par de anécdotas me vienen a la mente. Al hijo de un amigo, maestro de primaria, le había tocado en la clase de un maestro con fama de serio y estaba contento porque prefería eso a una clase indisciplinada dónde ni hacías ni te dejaban hacer. El chico prometía ser un buen estudiante e iba al colegio, no al parque de atracciones. La segunda es cuando, en ese mismo colegio, fui a buscar a un maestro de quinto curso. Entre en una de las aulas y vi todos los pupitres ordenados de a dos y con un alumno encargado de mantener el orden, aparentemente todos estaban trabajando en la tarea que les había dejado el maestro que había salido a dirección a atender un asunto momentáneo. Me sorprendió el orden y silencio reinante. Luego entré en la otra clase de quinto y lo que vi fue una distribución de pupitres que sólo podría explicarse siguiendo la teoría del caos. Había un bullicio inesperado, sobre todo porque después de mirar en todas direcciones encontré al maestro sentado detrás del todo, en su mesa, según él estaba haciendo una “experiencia pedagógica” de distribución de grupos. Se ve que son estos últimos los que van marcando el paso en la nueva pedagogía. Pero los que funcionan de hecho, son los primeros.

Gregorio Luri, en su lucha personal contra las pedagogías fantasmagóricas que nos aquejan, escribió que “Los pobres se merecen una escuela ambiciosa que no aspire simplemente a entretenerlos. Se merecen profesores justos que no sientan lastima de ellos y que no les exijan menos de lo que puedan dar de sí. Necesitan buenos profesionales y no sólo pedagogos románticos. (…) [Como dijo San Agustín a los maestros:] ‘No seáis, pues, tan benévolos con los malos que les deis aprobación; ni tan negligentes que no los corrijáis; ni tan soberbios que vuestra corrección sea un insulto’.” Difícil y necesario equilibrio.

En el capítulo “sorpresas te da la vida”, resulta que, a Richard Dawkins, epígono del escepticismo ateo militante, la “Sociedad Humanista Americana” le ha retirado el premio “humanista del año” que le dieron en 1996 por su opinión sobre las “nuevas identidades”, concretamente por ser escéptico respecto ese juego. Había dicho que “Algunos hombres optan por identificarse como mujeres, y algunas mujeres optan por identificarse como hombres. Serás vilipendiado si niegas que ellos literalmente son eso con lo que se identifican.”  Así que semejante ataque al nuevo orden de “si me siento cafetera, deberás dirigirte a mí como tal”, no podía quedar sin cancelación pública. Dar a entender, aunque sea de refilón, que las identidades trans, por ejemplo, pudieran ser fraudulentas, es uno de los nuevos pecados imperdonables que no entran ni dentro de la posibilidad de debate racional ni la ampara la libertad de expresión. Sus posteriores intentos de disculpa no han servido para aliviar el cabreo de los guardianes de la nueva ortodoxia. Agárrense que vienen curvas, en Canadá hay un padre condenado por un juzgado por no querer referirse a su hija de catorce años como hombre y oponerse a la terapia de hormonación para parecerlo.

16 abril 2021

Procesión de la infamia.

 

Creo que se llama estupor lo que uno siente cuando ve algo que le parece increíble y mira a ver si hay algún engaño o está bajo los efectos de algún estupefaciente, lo que sería una explicación plausible. Es lo que se siente a ver un grupo de personas con pancartas y banderas reivindicativas de los regímenes más crueles y asesinos de la historia reciente. Sin ningún pudor y sin que nadie les saliera al paso. Si hubieran añadido la esvástica y la foto de Adolf Hitler, dicha manifestación podría haber tenido justificación como una especie de “cabalgata de la infamia del siglo XX” o algo así. Pero no, es un residuo de esa tendencia, tan humana, de repetir lo peor de lo que somos capaces. Negar la libertad en nombre de la “verdadera libertad” y anular la democracia para salvarla de sí misma y crear la “democracia real”, que era como llamaban las dictaduras del bloque del Este a sus regímenes. Claro que, para conseguirlo, tenían que exterminar a todo el que se oponía. Lo anterior sucedió en Madrid el miércoles, 14 de abril pasado, si alguien se llama a engaño después, será cómplice de esa reivindicación de la infamia.

Georg Lukács, filosofo marxista y crítico literario húngaro, ya había dicho que “no se puede demostrar el marxismo (…) te has de convertir a él”. Podemos considerar lo del miércoles como una procesión de creyentes, por tanto. En los ochenta, González Faus escribió un breve ensayo titulado “Creer sólo se puede en Dios, en Dios sólo se puede creer” que un servidor leyó para verificar una idea que se me iba haciendo sitio en la mente, que la política no iba de gente eligiendo representantes por sus ideas, capacidades y su gestión demostrada, sino de creyentes fieles, inmunes a todo sistema de verificación/falsación por los hechos, que diría Popper. Cuando la fe se dirige a un objeto equivocado, lo resultante no puede ser bueno a largo plazo. El ensayo no iba de eso, pero me ayudó a profundizar el tema de la fe, por cierto.

Y para terminar el capítulo de “cosas que deberían ser sólo anecdóticas” está la noticia de que “desde la Vegan Society (Sociedad Vegana) piden el fin de las galletas infantiles con formas de animales: incitan a los niños a contemplar los animales como algo inferior y a nuestra disposición.” Claro, todos sabemos que, si los dinosaurios de las galletas siguieran por aquí, seríamos los humanos los que estaríamos a su disposición… el nivel de lo absurdo y de antropología ridícula ya supera todos los medidores que podamos tener. Mientras algunos nos reímos de estas cosas, lo absurdo, lo emocional y lo irreal se instalan como un virus en el pensamiento dominante. Sin opción a debate porque con lo absurdo no es posible.

Visto todo esto, lo que sigue puede sonar para algunos como una herejía moderna, para otros como un soplo de sensatez proveniente de principios del siglo XX: "Soy ordinario en el sentido correcto del término, que significa la aceptación de un orden; un Creador y la Creación, el sentido común de gratitud por la Creación, la vida y el amor como dones permanentemente buenos, el matrimonio y la caballerosidad como leyes que los controlan correctamente, y el resto de las tradiciones normales de nuestra religión." Dijo G.K. Chesterton en cierta ocasión.

26 marzo 2021

Stabat Mater

 Es viernes de dolores, pero creo que eso ustedes ya lo saben. No tengo intención de hablar ni de los viernes ni de los dolores. El otro día se celebraba un vía crucis con todas las medidas habituales en estos tiempos y, por supuesto, no faltó quien comentó las fotos del evento con acusaciones de irresponsabilidad y gestos de indignación. Un efecto secundario de todo esto es que demasiada gente se ha convertido en policía de los demás. Algo más en qué criticar al prójimo, el deporte nacional que se juega cada día en los programas de telebasura, que son mayoría y mayoritarios, desgraciadamente.

Roger Scruton tiene una charla titulada "Por qué la belleza importa" (Why Beauty Matters). Escucharla (en mi caso leer los subtítulos) resulta reconfortante. Pone en palabras intuiciones y experiencias difíciles de explicar para mí. Ahora que llega la semana santa con su particular expresión de belleza religiosa, entiendo mejor qué me llena y qué no de todo eso. Scruton reflexiona sobre cómo la belleza, desde Platón, “era la revelación de Dios en el aquí y el ahora”. “Kant, mucho más sobrio, viene a decir lo mismo: que la experiencia de la belleza nos conecta con el último misterio del ser y nos pone en presencia de lo sagrado”. Es decir, hay en la belleza un empujón sensible hacia la Transcendencia. Es el efecto que nuestros templos, catedrales, cuadros, imágenes, etc. pretenden causar en el ánimo del que se acerca, creyente o no. Que mirando lo bello, transcendamos hasta llegar al autor de la belleza misma. Y uno entiende eso, que es más antiguo que la Iglesia misma. Creo que fue siempre la intención desde que se puso la primera piedra de la primera catedral. Y sigue siendo así, excepto para el “alma dormida”, hoy yo diría anestesiada por el ruido y la prisa.

El mismo autor reconoce que hubo un momento en la historia reciente en que nuestra civilización occidental empezó a perder el sentido de la belleza. Así, mirar la flor no tenía que hacer pensar en nada más que en la flor misma, Tolstoi dijo que hay gente que pasea por el bosque y sólo ve leña para el fuego. El feísmo como arte contemporáneo lo hemos asumido tal cual. Ciertamente vivimos inmersos en una vorágine de ruido y furia, se diría, pero el arte debería ser un movimiento de resistencia contra la pérdida del sentido de la belleza que tiene detrás una pérdida del sentido de la vida. 

“’En mi propia vida la música me ha permitido, más que otras manifestaciones artísticas, encontrar ese camino’ [entre lo real y lo ideal], reconoce Scruton, mientras interpreta al piano el Stabat Mater de Pergolesi. El compositor tenía 26 años cuando escribió esa pequeña partitura. En ella describe el dolor de la Virgen María junto a la cruz de su Hijo moribundo. Todo el sufrimiento del mundo está simbolizado en ese pentagrama exquisito. También Pergolesi se estaba muriendo, aquejado de tuberculosis, pero la cruz de Cristo le enseña que la muerte no tiene la última palabra”.

Si toda la belleza que somos capaces de crear en estos días nos ayuda recorrer ese camino hacia la Transcendencia, no habremos perdido la orientación. En cambio, la búsqueda de lo bonito por lo bonito es tan banal como inútil en unas celebraciones que actualizan lo central de la fe, porque va de eso la Semana Santa. Y no me confundan la fe con la sensiblería emotiva que no ve más allá de lo bonito, sean serios.

17 marzo 2021

El postureo moral

 Recensión de Pablo Malo sobre el libro Grandstanding: The Use and Abuse of Moral Talk de Justin Tosi y Brandon Warmke.

 El Exhibicionismo o Lucimiento moral (también traducido como Postureo Moral) consiste en actuar o hablar de manera dirigida a atraer la buena opinión de la gente que observa. Es equivalente al señalamiento de virtud (virtue signalling). Consiste en hacer una contribución al discurso moral público cuyo objetivo es convencer a los demás de que uno es “moralmente respetable”. Usar el discurso moral para que los demás hagan juicios deseados acerca de uno mismo como que uno es digno de admiración por una cualidad moral particular. Transformar una contribución al discurso moral en un proyecto de vanidad. El fenómeno del exhibicionismo moral tiene dos características principales. A) La persona quiere ser considerada moralmente respetable. y B) Cuando uno hace una contribución al discurso moral público, el deseo de reconocimiento moral tiene que jugar un papel preponderante. Manifestaciones del exhibicionismo moral: Una primera manifestación es que el exhibicionista tiene que apuntarse o subirse al carro. Cuando se trate un tema tiene que reiterar algo que ya se ha dicho para que quede registrado que él está a bordo. Por ejemplo, aunque otras personas hayan expresado la necesidad de una petición por una injusticia el exhibicionista añadirá: “quiero apoyar lo que han dicho otros, esta petición es vital y la suscribo por completo, necesitamos mostrar que estamos en el lado correcto de la historia”. Otra manifestación del exhibicionismo moral es la facilidad para caer en una “escalada moral”.  Por ejemplo, ante una mala actuación de un político, alguien dice que hay que censurarle públicamente, otro podría pedir que hay que echarle y un tercero que hay que poner una demanda criminal contra él. En ese afán de ser el más santo moralmente nada es suficiente para destacar.

Una tercera manifestación del exhibicionismo moral es la fabricación o invención de problemas morales donde no los hay. Si el exhibicionista moral quiere mostrar que es superior moralmente a los demás una forma de hacerlo es identificar problemas morales donde otros (con una sensibilidad moral inferior) no los han visto. En cuarto lugar, el exhibicionismo moral se caracteriza por muestras exageradas de agravio o de emociones fuertes como la ira. La suposición es que la persona que más se altera es la que tiene las convicciones morales o el sentido moral más desarrollado.  Se supone que hay una fuerte conexión entre tener convicciones morales acerca de un asunto y tener fuertes reacciones emocionales en esos asuntos. El resultado final es que todo el mundo compite por ser el más agraviado por una acción supuestamente mala moralmente. Por último, los exhibicionistas morales claman que sus puntos de vista son auto-evidentes: “si no puedes ver que es así como hay que responder no quiero saber nada contigo, mi sensibilidad moral está muy finamente ajustada y la tuya no ya que no puedes verlo.” El exhibicionismo moral es indeseable porque distorsiona y corrompe el objetivo del discurso moral público que es mejorar nuestras creencias y el mundo. Corrompe el discurso moral de tres maneras: aumentando el cinismo, llevando a un agotamiento del agravio y favoreciendo la polarización de grupo. Cuando sabemos que todo el mundo presume para mostrarse como el más santo moralmente, el resultado es que no nos creemos nada, y que damos por supuesto que el otro actúa por egoísmo. Si todo el mundo practica el exhibicionismo moral, aumenta el escepticismo y el cinismo. Como el exhibicionismo implica un agravio excesivo y expresar grandes emociones ante cosas cada vez más pequeñas, llegamos a no saber si las expresiones de agravio son signo de injusticia o una exageración propia de una escalada de exhibicionismo moral. Digamos que se “abarata” el valor del agravio. Si ante cualquier tontería reacciono como si fuera el demonio, ya no tengo reacción apropiada para el verdadero demonio, por así decirlo. El tercer efecto negativo del exhibicionismo moral es la polarización de grupo, el fenómeno por el que los miembros de un grupo que delibera se van moviendo hacia posiciones cada vez más extremas. Si se acepta una postura moderada siempre va a haber alguien que quiera destacar pidiendo una vuelta de rosca más a esa postura acordada y así sucesivamente.

11 octubre 2020

La gran estafa postmarxista.

 "...lo único que estos ideólogos tienen en común es que sus textos son incomprensibles. Utilizan ese estilo deliberadamente opaco que se emplea cuando, o bien uno no tiene nada que decir, o bien necesita ocultar que lo que dice no tiene fundamento."

J. Benegas, "La gran estafa del neomarxismo... y su secreto" en disidentia.com

01 octubre 2020

Tiempo de zombis

Decía ya Qohélet que “todas las cosas cansan y nadie es capaz de explicarlas. No se sacian los ojos de ver, ni se hartan los oídos de oír. Lo que pasó volverá a pasar; lo que ocurrió volverá a ocurrir: nada hay nuevo bajo el sol” (Ecl 1, 8-9). No podía tener más razón. Si comentaba la semana pasada las inesperadas consecuencias de la llamada “guerra cultural”, hoy me encuentro con una afirmación que me sugiere que esto viene de lejos, que no es nuevo y que sus consecuencias suelen ser devastadoras. 

En 1943 Simone Weil escribía: “el desarraigo constituye con mucho la enfermedad más peligrosa de las sociedades humanas, pues se multiplica por sí misma. Los seres desarraigados tienen sólo dos comportamientos posibles: o caen en una inercia del alma, casi equivalente a la muerte, como la mayoría de los esclavos en los tiempos del Imperio Romano, o se lanzan a una actividad que tiende siempre a desarraigar, a menudo por los métodos más violentos, los que no lo están todavía o los que no lo están más que en parte.” Lo que me lleva a pensar que esa actividad de permanente puesta en cuestión de todo lo que es o ha sido la base de la civilización que disfrutamos no apunta a alumbrar algo mejor, sino un campo de cenizas sobre las que sólo puede gobernar un tirano de la condición que sea. Algo cíclico, por lo visto. Sí, me sobrecoge llegar a esta conclusión y espero estar completamente errado en el análisis y la conclusión. Pero las pistas están ahí. 


Me van a perdonar que abuse de las citas, pero no puedo evitar recordar esto otro que apunta a las causas, o parte de ellas, de esta sistemática destrucción los valores que cimentaron nuestro mejor presente: “Considerad un aspecto cualquiera de la herencia occidental del que nuestros antepasados se sentían orgullosos, y encontraréis un curso universitario consagrado a su deconstrucción. Considerad no importa qué aspecto positivo de nuestra herencia política y cultural y encontrareis esfuerzos concertados a la vez por los medios y la universidad, para ponerlo entre comillas y darle el aire de una impostura o de una superstición…" – (Roger Scruton, "De la urgencia de ser conservador.") 

Creo que podemos reconocer esos mecanismos en nuestro entorno, incluso, en algún momento, haber participado de ellos. Otra lacra paralela de nuestro presente es la también llamada “cultura de la cancelación”, porque a todo lo llamamos cultura de algo. Ese revisionismo histérico de todo, de la historia según unos principios no se sabe si morales, ideológicos o simplemente ridículos que lo mismo sirven para tirar una estatua que para renegar de Hume en su propia universidad. “Cancelación” que lleva a la proscripción del disidente, aunque su disidencia consista en poner en evidencia la desnudez del emperador. “Cultura” que amenaza con quemar todo lo que resulte “incómodo” a una nueva generación de blanditos analfabetos voluntarios, de zombis que viven de clichés fáciles de digerir y se expresan mediante trivialidades y banalizaciones. De gente que se vuelve capaz de coger la antorcha y por tanto se vuelve peligrosa, como apuntaba Weil. 

Para terminar, alguien comentó que siempre hubo analfabetos, pero nunca habían salido de la universidad.

11 septiembre 2020

Normalidad anormal.





Terminará este atípico verano, volverán sudorosos escolares a sus pupitres, eso sí, enmascarados y con botes de gel desinfectante en los bolsillos, pero no escucharán los griteríos de siempre. O, al menos, no deberían porque la pandemia y tal, ustedes ya se imaginan, en boca cerrada no entran virus.

Y aquí estoy de nuevo, para compartir con ustedes la estupefacción que la realidad, o parte de ella, provoca en mí. O no, o para contarles cosas que me han conmovido, o despertado o lo que sea. Total que empieza de nuevo la aventura.

Decía Enrique G. M. en las redes: “Sueño con un párroco que dé al menos la mitad de instrucciones para la salud del alma como dan para prevenir el coronavirus”. Y es que uno de los peligros que enfrentamos es quedarnos en una obsesión enfermiza por no enfermar, hasta el punto de perder de vista lo fundamental. O haber bajado el tono y convertir el discurso profético en una lista de instrucciones para estar bien. Hace bastantes años recibimos al obispo en visita pastoral en una parroquia de la sierra. En la charla con los feligreses una catequista contaba que ella iba a la oración que organizaban semanalmente en la capilla las hermanas de la Consolación “porque la llenaba de paz y tranquilidad”. Y recuerdo la mirada estupefacta de las hermanas, en plan “pero ésta no se entera de nada”, cosa que me sorprendió en ese momento. Pero es que, si el oficio profético se dedica a tranquilizar conciencias y provocar paz interior, a lo mejor te tienes que apuntar a un taller de biodanza o yoga tántrico, en vez de acercarte a la Palabra. Eso les encanta organizarlo a los ayuntamientos, así que ya lo tienes pagado.

El extremo contrario también es terrible, el sermón culpabilizador. Ese que empieza recordándote que tú estás en tu casa tan tranquilo mientras en Eritrea se mueren de hambre, que lo que a ti te sobra es que le falta a alguien, que eres un insolidario y que los pobres lo son, de alguna manera por tu culpa, que si respiras de más estás acelerando el cambio climático y que tendrías que dedicarte a ser buena persona porque es lo que Dios quiere, que te dejes de otras zarandajas y rosarios.

¿Cuándo perdimos el norte? Lo ignoro. Lo cierto es que tras la recuperación de eso que llaman “nueva normalidad”, porque llamarlo “normalidad anormal” sonaba a retruécano, muchos fieles se han quedado en casa. Unos por razones fundadas, edad, estado de salud, etc. Otros porque el confinamiento les ha arrebatado la pátina de cristianismo cultural que les llevaba a la mínima práctica de fe. Lo ha reconocido el cardenal Hollerich. Alguien me dijo mientras entraba a la sacristía “creo que mucha gente no ha vuelto”, un padre me comentaba que la hija prefería ver la misa por televisión, le sugerí que, cuando tuviera hambre, le pusiera canal cocina. 

Por un lado, es parte del proceso descristianizador que decía el cardenal, han apagado la última y vacilante luz que les quedaba, por otro podemos pensar que estamos los que somos porque antes no estábamos lo que realmente éramos. Y aunque parezca una victoria del tentador, puede salirle mal, veremos.
Anormal vs Normal | Escueladevida10's Blog
Y ya que lo menciono, una perla de sabiduría que recordaba G. Luri: “Los jecides de Persia, que tenían una profunda visión política de la vida, jamás maldijeron al diablo, fuera cual fuera su infortunio personal o colectivo, porque no descartaban que el día menos pensado se reconciliase con Dios.”

05 agosto 2020

Populismo moral oportunista.

Este artículo lo escribí el 6 de marzo de 2020 y miren ustedes por dónde han ido las cosas despues:

Dentro de los capítulos de un hipotético libro titulado con toda socarronería “El Ser Humano es Maravilloso”, seguimos con la parte de “¿hemos dicho ya que vamos a morir todos?”. Lo digo porque lo del coronavirus evoluciona hacia convertirse en el nuevo apocalipsis inmediato. De repente el apocalipsis climático ha pasado a un segundo plano ante la posibilidad de que el virus no nos deje llegar vivos a él. Supongo que Greta debe estar muy enfadada mientras pasea por grandes despachos entrevistándose con altos cargos para hacer lo que sea que haga, llorar, gritar o patalear, porque experta en algo más no se sabe que sea, dado que abandonó la secundaria ¿obligatoria? sin acabarla ni estudiar otra cosa.
Que te laves bien las manos, que no le tosas a la gente, que mascarillas no o según, que no te mezcles con grandes concentraciones de personas, que si en Italia han cerrado colegios, universidades y hasta iglesias… Y mientras, aquí esperamos que todo se resuelva sin que nos afecte demasiado, sin hacer grandes cambios. El tiempo dirá quién tiene razón… (a estas alturas ya sabemos lo que pasó) si sobrevivimos. Luego está esa especie de “populismo moral oportunista”, esa actitud por la que ante una crisis concreta, hay quien tiene la necesidad de compararla con otras crisis con las que no hace ninguna relación salvo en su cabecita concienciada: “pues más mujeres mata la violencia machista que el coronavirus”, ésta es la primera que leí. Luego están las sucesivas comparaciones con: el hambre, el sarampión en el Congo, la gripe común, los accidentes de tráfico, el suicidio y lo que a ustedes les plazca. Es esa demagogia facilona de “ese dinero que te has gastado en pintar la puerta podría alimentar a cien niños en África”. Porque, aunque era de noche, sin embargo, llovía.
No me digan que no hay algo de justicia poética en el “escrache” al vicepresidente de sí mismo en el mismo lugar dónde él se los organizaba a los demás. Aquello de tomar de la propia medicina. Ese patético intento de razonar con los irracionales que él mismo preparó para que fueran exactamente así, intolerantemente irracionales. Igual pensaba que siendo buena persona y además vegetariano, el tigre que educó para devorar a los demás no le iba a devorar a él. Cosa aparte es que haya seguido punto por punto haciendo todo lo que criticó ácidamente en sus orígenes, la gente cambia.
En esa línea de la intolerancia irracional, estos días asistí, por enésima vez, al típico debate de “eso no era verdadero comunismo”, con el objetivo de defender que el comunismo funciona. La situación era la siguiente, una señora comenta la charla ideológica de Operación Triunfo sobre el “feminismo anticapitalista” (ya es que en TVE no se cortan nada) explicando que para eso necesitan prescindir de todos esos bienes de consumo que atesoran, maquillajes, bolsos, complementos de lujo, etc. A lo que entra el adolescente anticapitalista de guardia diciendo que qué tendrá que ver, que si sabe lo que es el comunismo, que si ha leído algún libro alguna vez y esas cosas de superioridad intelectual tan propios. Respuesta: nací en Rusia y viví allí hasta los dieciséis años. El adolescente insiste: es que actualmente no hay ningún país verdaderamente comunista, léete el manifiesto comunista y hablamos. Respuesta: lo leí a los catorce, entraba en el examen de historia contemporánea. Luego llegan otros a insistir lo bien que funcionaba la URSS porque, claro, ante una buena fantasía ideológica que tendrá que ver la experiencia de haberla vivido realmente, que la realidad no te estropee el argumento. Estoy casi seguro de que, a pesar de la evidencia aportada por esta señora, han seguido pensando que no, que si en su cabeza funciona, debe funcionar en la realidad.

Las AMPAs de muchos colegios secundaron la consigna de que facilitar la elección de centro educativo a los padres perjudica, no se sabe porqué aún, a la enseñanza pública. En Huelva, ante la pintada en la fachada de un colegio concertado por parte de los intolerantes de guardia, ha sido conocida la respuesta de un profesor cansado de tanta propaganda contra la educación concertada. Les extracto una frase: “Lo que nunca haremos es proponer a nuestros niños y niñas ir a pintar una pared cuando nadie los ve, o a no dar la cara y esconderse tras estúpidas proclamas sin base demostrable. Estoy cansado que se nos juzgue y se nos condene, cuando lo único que hacemos es trabajar más horas, con más niños, por menos dinero y obtener mejores resultados con menos medios.” Igual es eso lo que les molesta tanto.