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01 octubre 2020

Tiempo de zombis

Decía ya Qohélet que “todas las cosas cansan y nadie es capaz de explicarlas. No se sacian los ojos de ver, ni se hartan los oídos de oír. Lo que pasó volverá a pasar; lo que ocurrió volverá a ocurrir: nada hay nuevo bajo el sol” (Ecl 1, 8-9). No podía tener más razón. Si comentaba la semana pasada las inesperadas consecuencias de la llamada “guerra cultural”, hoy me encuentro con una afirmación que me sugiere que esto viene de lejos, que no es nuevo y que sus consecuencias suelen ser devastadoras. 

En 1943 Simone Weil escribía: “el desarraigo constituye con mucho la enfermedad más peligrosa de las sociedades humanas, pues se multiplica por sí misma. Los seres desarraigados tienen sólo dos comportamientos posibles: o caen en una inercia del alma, casi equivalente a la muerte, como la mayoría de los esclavos en los tiempos del Imperio Romano, o se lanzan a una actividad que tiende siempre a desarraigar, a menudo por los métodos más violentos, los que no lo están todavía o los que no lo están más que en parte.” Lo que me lleva a pensar que esa actividad de permanente puesta en cuestión de todo lo que es o ha sido la base de la civilización que disfrutamos no apunta a alumbrar algo mejor, sino un campo de cenizas sobre las que sólo puede gobernar un tirano de la condición que sea. Algo cíclico, por lo visto. Sí, me sobrecoge llegar a esta conclusión y espero estar completamente errado en el análisis y la conclusión. Pero las pistas están ahí. 


Me van a perdonar que abuse de las citas, pero no puedo evitar recordar esto otro que apunta a las causas, o parte de ellas, de esta sistemática destrucción los valores que cimentaron nuestro mejor presente: “Considerad un aspecto cualquiera de la herencia occidental del que nuestros antepasados se sentían orgullosos, y encontraréis un curso universitario consagrado a su deconstrucción. Considerad no importa qué aspecto positivo de nuestra herencia política y cultural y encontrareis esfuerzos concertados a la vez por los medios y la universidad, para ponerlo entre comillas y darle el aire de una impostura o de una superstición…" – (Roger Scruton, "De la urgencia de ser conservador.") 

Creo que podemos reconocer esos mecanismos en nuestro entorno, incluso, en algún momento, haber participado de ellos. Otra lacra paralela de nuestro presente es la también llamada “cultura de la cancelación”, porque a todo lo llamamos cultura de algo. Ese revisionismo histérico de todo, de la historia según unos principios no se sabe si morales, ideológicos o simplemente ridículos que lo mismo sirven para tirar una estatua que para renegar de Hume en su propia universidad. “Cancelación” que lleva a la proscripción del disidente, aunque su disidencia consista en poner en evidencia la desnudez del emperador. “Cultura” que amenaza con quemar todo lo que resulte “incómodo” a una nueva generación de blanditos analfabetos voluntarios, de zombis que viven de clichés fáciles de digerir y se expresan mediante trivialidades y banalizaciones. De gente que se vuelve capaz de coger la antorcha y por tanto se vuelve peligrosa, como apuntaba Weil. 

Para terminar, alguien comentó que siempre hubo analfabetos, pero nunca habían salido de la universidad.

26 octubre 2017

Comienzos y tal...



Mientras el gobierno se decide si pone en marcha las acciones adecuadas para que los sedicentes dejen de dar la matraca, uno intenta seguir adelante con la puesta en marcha de las actividades cotidianas.
Pienso en cuántos párrocos, religiosas, catequistas y otros agentes de pastoral se enfrentan a lo largo de este mes con similar comienzo de las actividades parroquiales. Cuántos observan con alegría el reencuentro con las personas que se marcharon de vacaciones y que vuelven dispuestos a seguir caminando. También observan, esta vez con tristeza, cuanto esfuerzo se desperdició en grupos que, una vez conseguido lo que querían, no tienen el más mínimo interés en nada más. Y estoy pensando en el año siguiente a la primera comunión, la confirmación o justo ese grupito que hizo el curso prematrimonial o prebautismal y parece que hasta ahí, y porque era obligatorio, estaban dispuestos a llegar, o ese grupo de formación de la hermandad tal que con tanto entusiasmo empezó su formación y ya se cansaron y han vuelto a quedar para bordar, limpiar la cera y pulir metales como principal actividad. Sin embargo, a pesar de la tentación de la tristeza, el evangelio sigue poniéndonos las pilas y empujándonos a subir a Jerusalén y a seguir sembrando, aun conscientes de que hay parte que no dará fruto. Y todo empieza con ilusión, pero sin ser unos ilusos. Porque hay que seguir en la brecha, para dar razón de nuestra esperanza, sea como sea.
Por cierto, el otro día encontré un debate en la red social del pajarito en que se citaba un artículo que planteaba el siguiente dilema: “hay un incendio en una clínica y te encuentras en la tesitura de tener que salvar sólo una de las dos cosas siguientes, un bebé o un recipiente que guarda miles de embriones viables” … El objetivo del dilema es poner en evidencia a los que llama “provida”, es decir, opuestos al aborto. Ya que la gente suele responder que al bebé, y el abortista dirá que si se argumenta que un embrión es ya un ser humano, ha elegido uno frente a miles.
Evidentemente el planteamiento es tramposo, es una aporía, como dije hay un criterio moral por el que se elige la vida de facto frente a la vida en potencia si hay que tomar esa elección indefectiblemente. Pero en nuestra sociedad posmoderna pretender un nivel argumentativo racional es tarea complicada. Esto es algo que muchos no entienden, hay un fundamento racional para la moralidad, no es un mero sentimentalismo nutrido de apariencias.
Luego alguien añadió que ¿y si tuviera que elegir entre un perrito y los embriones viables? Y aquí hay de todo por lo que parece, el sentimental elegirá al perrito, el racional a los embriones, quiero pensar. Ya sabemos que elegirían los animalistas, tan activos hoy. 

Esto me ha recordado un artículo de Javier Vicens que terminaba diciendo lo siguiente: “Los animales domésticos están muy bien. Los creó Dios y los domesticamos nosotros. Los bendijo Dios y mañana (era el día de la bendición de los animales) los bendeciremos nosotros. Pero hay cosas que están bien y cosas que están mal. El que bendice a su loro y maldice a su hermano se irá al infierno con su loro y la culpa no será del loro. El que alimenta a su gato y niega el pan a su hermano se irá al infierno con su gato sin que el gato tenga culpa. Y los que dicen que el perro es el mejor amigo del hombre se sonrojarán en el Purgatorio durante siglos por haber preferido la amistad de un bicho a la amistad de Dios. Porque todo eso está muy mal.
Lo que está muy bien es al amor a Dios sobre todas las cosas que conduce a amar al prójimo como a uno mismo. Quien tal hace, hace bien a todas las criaturas.”

19 octubre 2017

Tiempo de traidores

Pensaba empezar diciendo que es tiempo de traidores, pero me parecía una exageración tal vez. O tal vez no. El asunto catalán que tantos días de discusión y debate nos lleva dando, tiene un futuro oscuro. Y en ese asunto pululan los traidores, los oportunistas y los sujetos sin escrúpulos. Visto en la distancia y sin todos los datos posibles, me recuerda los años duros del país vasco. Cuando Herri Batasuna todavía campaba a sus anchas y hacía de portavoz político de la banda de asesinos de ETA. En su propaganda electoral pintaban un futuro de color de rosa, había arco iris todos los días, la gente paseaba en bicicleta y sonreían y se abrazaban en su futuro independiente sin españoles cerca que les provocaran incomodidad alguna y les obligaran a matarlos por no aceptar su gobierno totalitario. Salvando las distancias, la guerra de la comunicación, la guerra de las mentiras descaradas del nacionalismo consiste en eso. Todo es festivo y alegre, quieren construir el paraíso y hay que ser un malvado español fascista para oponerse. Es lo que venden en los medios que el nacionalismo controla, todos sonríen mientras te golpean con la estelada, te insultan o te menosprecian. Y si tomas, como gobierno responsable, como estado, cualquier medida legal contra su traición, apelan al diálogo llamándote intolerante, ellos que no toleran a nadie que no les dé la razón.
Siempre hay uno... por lo menos.
No sé si ya les comenté una frase del filósofo Fernando Savater en los duros años noventa cuando los nacionalistas vascos apelaban también al diálogo. Decía Savater que los nacionalistas están siempre dispuestos a dialogar con todo el mundo para que les den la razón. Y no hay más. Con estos es exactamente lo mismo, no consideran posible dar ni un paso atrás por muy ilegal e inmoral que sea su posición, diálogo para consolidar sus exigencias. Y pobre España si alguien cede a esa trampa saducea. No conviene olvidar que el nacionalismo se hace portavoz de una entidad imaginaria saturada de contenidos emocionales, explota los recursos de la identidad afectiva hasta el extremo, con lo que un debate racional es imposible. Y ya sabemos o deberíamos saber los desastres que este fenómeno produjo a lo largo del siglo XX, los millones de muertos que los nacionalismos provocaron por todo el mundo. Ante esta crisis, otra cosa que se está dejando claro es con quien está cada uno.
La izquierda que siempre presumió de internacionalista, perdida en la ausencia de ideas y principios, ha optado por ponerse de perfil cuando no apoyar a los traidores en mayor o menor grado. Si hablamos de la extrema izquierda de Unidos Podemos ya da vergüenza contemplar como asocian su odio a todo lo que no sean ellos con el odio nacionalista, ahí son hermanos sin cabeza.
La Iglesia catalana, o parte de ella, se está haciendo el hara-kiri (¿se dice así?) desde hace tiempo y ahora más al sumarse a un nacionalismo incompatible con el Evangelio por más vueltas que le den. El mencionado Savater decía recientemente respecto a la posición de los pensadores: "Los intelectuales somos como las putas: vivimos de gustarle a la gente". A su entender, “hay una cobardía generalizada en España, también entre los intelectuales”, que hace a los eruditos “arrastrarse” con tal de no perder adeptos. “Esa es la enfermedad que los intelectuales han desarrollado en este país”. Respecto al nacionalismo y respecto a otros temas que están en el candelero, todo hay que decirlo.

19 enero 2017

La ternura conduce a las cámaras de gas



Entre muchos otros estereotipos, se dice de los españoles que nos pasamos la vida intentado aprender inglés. Y traigo esto a colación porque soy de los que lamento con frecuencia, haber elegido francés en el instituto. Hoy es uno de esos días.
Leo en el blog de Ángel Ruíz, profesor de filología clásica en Santiago de Compostela, un par de interesantes reflexiones de gente que hoy no puede ser tildada de otra cosa que no sea “contracultural” o si me apuran “transgresora”.
Verán porqué lo digo. Uno se encuentra con gente que, en nombre de la tolerancia, la ternura, la democracia y todo lo bueno y hermoso, está dispuesta a agredir al que no comulgue con tan excelsos valores. Es más, incluso piden que se legisle para prohibir cualquier modo de pensar discrepante y se exige cárcel o reeducación, o ambas las dos, para los peligrosos individuos que se aparten de la senda luminosa de la compasión por narices.
Ese tipo de personas que desde la atalaya de su superioridad moral de estar a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo, no duda en mentir por una buena causa y que te mira como diciendo: “mira, uno que no ama a sus semejantes, odio a la gente que hace eso, deberían encarcelarle o prohibirle existir o algo”.

Perdón, vuelvo a los autores citados, uno es Walker Percy, médico y escritor convertido al catolicismo que en su libro “El síndrome de Tánatos” tiene esta preocupante página:
Es el día de San Simeón el Estilita. El padre Smith, uno de los personajes del libro, continúa hablando contra la ternura que reina en nuestros días.
“La ternura –dice- conduce a las cámaras de gas”. El padre Smith, además, sabe que el pecado, (…), ya no significa nada porque las palabras han sido despojadas de su significado, y es por eso que dice que “Nadie es culpable”. “Todo el mundo parece tener alguna justificación”, continúa. Poco a poco, inflamado por el celo profético, diagnostica el siglo de Tánatos, la cultura de la muerte hablando sobre los crímenes acaecidos durante el siglo veinte: “Nunca, en toda la historia de la humanidad, había habido tantas almas civilizadas, de corazón tierno, como las que habitan nuestro siglo… Pero nunca en toda la historia ha habido tal cantidad de gente asesinada… Las almas de corazón tierno han asesinado a más gente, en nuestro siglo, que los bárbaros en todos los siglos precedentes.”
Esta verdad incómoda suele suscitar debate con la mayoría de los bienpensantes y bienintencionados corazones de hoy que uno se encuentra en cualquier foro.
Sobre este mismo tema el otro autor citado es Flannery O’Connor, escritora estadounidense, también incómoda y “transgresora”. Según lo veía O'Connor, la insistencia actual en la compasión es un remedio secular al deseo de redención. En lugar de pedir cambio moral, el moderno "escritor excusa toda debilidad humana porque la debilidad humana es humana". Pero eso es a lo sumo una suerte de "compasión difusa" y "en este espíritu popular, marcamos nuestra mejora en sensibilidad y nuestra pérdida en capacidad de observar". Aunque "otras épocas" puede que hayan sentido menos, veían más, es decir, que veían con "el ojo antisentimental ... de la fe". Pero ahora, cuando la fe está ausente, "gobernamos por medio de la ternura". Como esa ternura está "separada de la persona de Cristo", se apoya sólo en teorías abstractas, alejadas de la fe. Esa es una situación peligrosa porque "cuando la ternura no tiene conexión con la fuente de la ternura", tiende a hacerse paternalista y a imponerse. Por ello, "su resultado lógico es el terror. Acaba en los campos de concentración y en las humaredas de la cámara de gas".
Y cuando nuestra predicación se queda en lo sentimental y lo paternalista, no estamos conduciendo a Dios, sino al monstruo del sentimentalismo posmoderno, las metáforas para encoger el corazón sólo nos sirven para abrir el paso al maligno alimentándolo con buenas intenciones.
Albert Camus, agnóstico, también llegó a la misma conclusión cuando dijo en su novela “La Peste” que “la buena voluntad sin clarividencia, comete peores crímenes que la maldad”.
Un tema para seguir dándole vueltas. Pero las fuentes están en inglés y yo elegí francés, así que entro en el estereotipo y me lamento. De momento he pedido un par de los libros que están traducidos, ahora tengo que leerlos y entenderlos. Un saludo.

21 noviembre 2016

Hipocresía y carpe diem...

Comentaba hace unas semanas algo sobre que la verdad no está de moda, que la verdad no importa. Importa la apariencia, la pose o, en lenguaje moderno, el “postureo”. Podemos comprobarlo, por ejemplo, en el revuelo montado alrededor del senador de Podemos, Ramón Espinar.  
Si no saben de lo que les hablo es porque acaban de bajar del platillo volante. Después de descubrirse que con 23 añitos y siendo becario su padre le dio 60.000 euros de nada para que se comprara un piso de protección, piso que no vivió y que vendió con suculenta ganancia, ha quedado al descubierto no ya la doble moral del que da consejos y predica contra lo que él mismo practica, sino ese mundo de apariencias en que lo que importa es que estés a favor de todo bueno y no te canses de repetirlo 
Cosa aparte es el detallito de que te den una beca de ayuda a los estudios mientras tu padre puede soltar alegremente tamaña cantidad de euros. Lo normal en casa de cualquier obrero, como el mentado personaje le gusta pintar a su familia. 
A la desfachatez del individuo se le ha sumado la cohorte de defensores que justifican lo indefendible con los argumentos habituales: “más roban otros” y las conspiraciones de los poderes fácticos. Como si eso cambiara los hechos, es que lo que en los otros es vicio, en los nuestros, los buenos, es virtud. Alguno anda operándose la boca para poder comulgar con ruedas de molino. 
Pero el tiempo pasa y dice el salmo que toda carne es hierba, que los días del hombre son como la flor del campo, que el viento la roza y ya no existe. El pasado día uno recordábamos a todos los santos que nos llevan delantera en el camino hacia el corazón del Padre y el miércoles a todos los difuntos, Fray Nelson ha hecho una lista en su blog de las 21 cosas que la gente confiesa y se arrepiente en sus últimos momentos, por si les sirve de algo, lo comparto con ustedes: 
Di mal ejemplo y lamentablemente hubo quien me imitara. El dolor frente al que fui indiferente. Las personas a las que lastimé o causé daño de cualquier forma. Las palabras necias, vulgares o groseras que salieron de mi boca. Las promesas que no cumplí. Las cosas que compré y que no necesitaba o que nunca utilicé. El mucho tiempo y esfuerzo que me costó conceder algún perdón. Los ratos en que he podido y debido orar más y sobre todo con más amor. No haber corregido a tiempo a los que tenía que haber educado mejor. Haber callado tantas palabras de reconocimiento, elogio o ánimo para quienes lo merecían y necesitaban. Haber huido tantas veces de la Cruz. La soledad de Cristo en el sagrario me duele. Haberme quejado mucho más de lo que he agradecido. Atribuirme los triunfos a mí y los fracasos a las circunstancias. Ser cómplice de chistes contra Dios, la fe o la Iglesia. ¡Tanto tiempo simplemente perdido; tiempo que ya no puedo recuperar! Haber perturbado la inocencia de alguien o bloqueado los sueños de algún otro. Aprovecharme de que alguien me quería para sacar algún provecho. Disfrutar la adulación aun sabiendo que es falsa. Personas a las que no visité porque me parecían poco interesantes, educadas o útiles. Me faltó amar; amar mucho más a Dios y muchísimo más a mi prójimo. 
Vivamos el presente, pero gastándonos por lo que realmente importa, todo lo demás parece frivolidad y caza de vientos.