26 agosto 2026

De sombras, monstruos y, tal vez, la virtud. (I)

 Que estaba yo investigando eso de lo "apotropaico" que me había llamado la atención y he acabado leyendo sobre la sombra de Jung, el monstruo interior de Peterson y la correcta virtud de Santo Tomás. Y todo por pedirle a Claude algo de contexto. Bueno, la sombra que todos llevamos dentro, esto es lo que he llegado a saber y me está resultando muy interesante, en parte porque ya tenía bastantes intuiciones al respecto por lo estudiado y por lo experimentado, que la veteranía es un grado.

"Para entender bien la sombra hay que situarla dentro de su modelo de la psique, porque no es un concepto suelto sino una pieza de un sistema.

El mapa básico de la psique

Jung distingue, a grandes rasgos, tres niveles. Está la consciencia, cuyo centro es el yo (el "yo" que dice "yo pienso, yo quiero"). Está el inconsciente personal, formado por todo lo que fue consciente y se olvidó o se reprimió, más lo que nunca alcanzó el umbral de la consciencia. Y está el inconsciente colectivo, una capa más profunda y común a la especie, poblada por los arquetipos: patrones o moldes universales de experiencia (la madre, el héroe, el sabio, el niño, etc.) que no son imágenes concretas heredadas, sino disposiciones a organizar la experiencia de ciertas maneras.

Sobre este mapa, Jung define varias figuras que median entre el yo y el inconsciente. Dos son clave para entender la sombra:

La persona es la máscara social: la cara que presentamos al mundo, el rol, la identidad adaptada a lo que se espera de nosotros. La palabra viene precisamente de la máscara del actor en el teatro antiguo. La persona es útil e incluso necesaria —permite funcionar en sociedad—, pero es un compromiso entre lo que somos y lo que el entorno demanda.

La sombra es, en cierto modo, el reverso exacto de la persona. Es todo aquello que, para construir esa imagen presentable, tuvimos que dejar fuera.

Cómo se forma la sombra

Aquí está la clave psicológica, y es más sutil de lo que parece. La sombra no se forma porque seamos secretamente malvados, sino como subproducto inevitable de la formación de la identidad. Todo desarrollo de la personalidad es también un proceso de exclusión: para volverme "una persona ordenada" tuve que reprimir mi desorden; para ser "el hermano bueno" reprimí mi rivalidad; para encajar en un entorno que premiaba la mansedumbre, aparté mi agresividad.

Nada de lo apartado se destruye. Se retira de la consciencia y queda depositado, con su carga de energía intacta, en el inconsciente personal. Por eso Jung dice que la sombra crece a la par que el yo: cuanto más definida y luminosa es la imagen consciente, más densa es la sombra que proyecta detrás, exactamente como un cuerpo bajo el sol. Una persona muy identificada con su bondad, su racionalidad o su control tiene, por esa misma razón, una sombra especialmente cargada.

Un punto importante: la sombra no es solo lo moralmente "malo". Contiene también cualidades vitales que fueron reprimidas por inconvenientes —espontaneidad, deseo, ambición, capacidad de enfado sano, creatividad indócil—. Jung insistía en que la sombra guarda "oro" además de suciedad: mucha de la energía y vitalidad de una persona está atrapada precisamente en lo que no se atreve a reconocer como suyo. Por eso la integración no es solo un deber moral incómodo; es también una recuperación de fuerza.

La dinámica: por qué la sombra reprimida es peligrosa

Lo que hace a Jung interesante no es describir la sombra, sino explicar cómo actúa cuando no la reconocemos. Dos mecanismos:

El primero es la autonomía. Un contenido psíquico reprimido no se queda quieto: adquiere una especie de vida propia y presiona desde abajo. Se manifiesta en actos fallidos, arrebatos, compulsiones, en ese "no sé qué me pasó" cuando reaccionamos de un modo que no reconocemos como nuestro. Cuanto más lejos de la consciencia, más primitiva y menos modulada es su irrupción. La ira que uno "no tiene" es precisamente la que explota sin control.

El segundo, y el más importante para Jung, es la proyección. Como no soportamos ver esos rasgos en nosotros, los "vemos" —con nitidez y con carga emocional intensa— en los demás. La irritación desproporcionada, el desprecio visceral, la fascinación indignada hacia el defecto de otro suelen ser señales de sombra proyectada: reaccionamos con tanta fuerza porque, en el fondo, ese rasgo nos toca. De ahí una de las tesis más citadas de Jung: quien no se ha enfrentado a su propia sombra es el más peligroso, porque su capacidad de daño no ha desaparecido, simplemente se ha vuelto invisible para él y se disfraza de virtud. El fanático que persigue el mal en el otro con crueldad ilimitada es el ejemplo típico: hace mal creyendo, sinceramente, que hace el bien.

En su lectura de los fenómenos colectivos —había vivido las dos guerras mundiales—, Jung aplicaba esto a las masas: los grandes horrores no los cometen monstruos evidentes, sino gente ordinaria cuya sombra colectiva, no reconocida, se proyecta sobre un enemigo y se descarga con la conciencia tranquila.

Qué es integrar la sombra (y qué no es)

Aquí conviene ser muy preciso, porque es donde más se malinterpreta. Integrar la sombra no significa dar rienda suelta a los impulsos oscuros, ni "permitirse" ser cruel o agresivo. Eso sería lo contrario: quedar poseído por la sombra en lugar de reconocerla.

Integrar significa hacerla consciente y asumirla como propia. Es el paso de "yo jamás sería capaz de eso" a "yo también llevo dentro esa posibilidad". Ese reconocimiento produce tres efectos:

Primero, retira las proyecciones. Cuando reconozco mi propia agresividad, dejo de necesitar un enemigo sobre quien descargarla; puedo ver a los demás con más realismo y menos condena.

Segundo, desactiva la autonomía del impulso. Lo que se mira a la luz de la consciencia deja de gobernarnos a ciegas. No es que la ira desaparezca, sino que deja de tomar el mando por sorpresa; pasa a estar disponible para la voluntad.

Tercero, recupera la energía. La fuerza que estaba invertida en reprimir, y la vitalidad atrapada en lo reprimido, quedan liberadas. La agresividad reconocida se convierte en firmeza, en capacidad de poner límites, de sostener un conflicto necesario, de defender lo que uno valora. Esta es exactamente la idea que aparecía en la cita que me trajiste: reconocer que también poseemos esa fuerza para poder usarla, ordenadamente, cuando haga falta.

Jung lo resumía con una frase suya muy conocida: prefería ser una persona completa antes que una persona buena —queriendo decir que la bondad construida a base de negar y amputar partes de uno mismo es frágil y, paradójicamente, peligrosa, mientras que la integridad (la totalidad) es la base de una bondad real y sólida.

El marco mayor: individuación

Todo esto no es un ejercicio aislado, sino la primera etapa de lo que Jung llama individuación: el proceso de toda una vida por el que la persona se vuelve un todo integrado, reconciliando consciente e inconsciente en torno a un nuevo centro que ya no es el yo sino el sí-mismo (Selbst). El encuentro con la sombra es, en su descripción, la "prueba de aprendizaje" inicial y la más accesible, porque la sombra es la parte del inconsciente más cercana y más personal. Sin ese primer paso —dejar de proyectar, asumir el propio lado oscuro— no es posible el trabajo más profundo con los otros arquetipos.

Conviene añadir un matiz honesto: mucho de esto es un modelo interpretativo, no una teoría verificada experimentalmente al modo de la psicología académica actual. Su valor es sobre todo fenomenológico y clínico —describe con agudeza dinámicas reales de proyección, represión y autoengaño— más que un mecanismo demostrado. Pero como herramienta de autoconocimiento sigue siendo notablemente fértil, y explica bien por qué la represión ingenua ("yo no tengo nada de eso") suele producir precisamente lo que pretende evitar."

03 agosto 2026

La moral de las buenas intenciones

De esto ya he escrito en otras ocasiones. El postureo moral de estar a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo así, sin más, te concede el brillo de la nueva "santidad laica". Pero este artículo de Juan M. Blanco en VozPopuli, lo trae a colación y lo utiliza como explicación de ciertas actitudes de vinculación incondicional a opciones políticas hagan lo que hagan siempre que pregonen estar en el "lado correcto de la historia", es decir, siempre que presuman de buenas intenciones.   

"La auto valoración moral recayó tradicionalmente sobre las acciones y el carácter del individuo: la virtud solo podía demostrarse asumiendo deberes y responsabilidades, haciendo algo útil para los demás. Una buena persona era la que se esforzaba en su trabajo, cumplía sus obligaciones, mantenía su palabra, cuidaba de su familia, participaba en obras de caridad o ejercía el autocontrol. En esta cultura de la responsabilidad, señalizar la virtud moral, especialmente ante uno mismo, requería emprender un camino largo y costoso, repleto de esfuerzo y constancia. Sin embargo, en el último tercio del siglo XX se expandió un enfoque alternativo. La valoración moral fue trasladándose desde los actos hacia las intenciones, desde el carácter personal hacia los sentimientos internos, desde la conducta hacia la “autenticidad del yo”. Ya no hacía falta una vida disciplinada y sacrificada; bastaba con adherirse a determinadas causas o sintonizar con ciertas identidades. El sujeto puede ser vago, desleal, embustero, despreocupado de los suyos o parásito social, pero, si muestra adhesión al grupo correcto podrá sentirse “buena persona”. 

Esta nueva cultura de la identidad resulta muy tentadora pues promete virtud casi gratis y al instante, a menudo a cambio de un mero postureo: compartir un mensaje, asistir a una manifestación, utilizar determinado lenguaje, colgarse ciertas etiquetas que comienzan con el prefijo “anti” y, sobre todo, votar a un determinado partido. Para alcanzar la santidad basta colocarse simbólicamente en el bando de “los buenos”. Pero ambas culturas, que hoy coexisten, no se diferencian solo en el muy distinto coste que imponen al individuo para lograr una buena imagen moral. Se diferencian, sobre todo, en sus repercusiones finales sobre la sociedad. La cultura de la responsabilidad fomenta la cooperación entre las personas, generando muchos beneficios sociales. Ser honrado, cumplir los contratos, trabajar con profesionalidad, cuidar de la familia o comportarse como buen vecino son conductas con claros beneficios para terceros. La cultura de la identidad, por el contrario, puede proporcionar la misma autoestima moral, pero contribuye poco al bienestar social. Provoca, incluso, intenso malestar, al fomentar la persecución, censura y discriminación hacia quienes no se identifican con el grupo “correcto”."

El artículo completo aquí

06 junio 2026

Tempus Fugit

 Me llega un aviso de un comentario al correo y recuerdo que empecé este blog hace tanto y con tanta ilusión que creí que cada día tendría algo grandioso que escribir. El sueño de lanzar a las redes mis pensamientos, mis comentarios, mis ocurrencias, esperando que alguien los crea interesantes o que despierte la curiosidad de alguno, tal vez de alcanzar repercusión que no fama. Miro mis anteriores artículos y resulta que hace más de un año entre uno y otro y me invade el vértigo. ¿Cuándo ha pasado tanto tiempo? 

Miro la lista de blogs que seguía en el "widget" lateral y veo que no soy el único que olvidó su bitácora, como quien olvida un diario en cajón de la mesilla. Alguno, según averigüé, ha fallecido incluso, que Dios lo tenga en su gloria. Otros siguen en otros foros. De alguno otro no se nada. Pero ahí queda todo lo que compartieron en su momento, lo que compartí también yo. Y me invade esa absurda nostalgia que nubla la visión. Me pongo a escribir esto interrumpiendo un rato de navegación por otros espacios de este mundo virtual, al vuela pluma como quien dice, sin un propósito, como un desahogo.

Me viene aquella cita de la terraza del androide de Blade Runner, "todo se perderá como lágrimas en la lluvia". En este caso en un mar de bits sin alma. El tiempo pasa y yo con él.

21 mayo 2026

Woody Allen sobre el antisemitismo hoy

He encontrado esto a través de X y no quiero que se pierda en las redes. Disfruten el análisis claro, certero e irónico que hace de lo que estamos viendo cada día.

 Woody: «Saben, siempre pensé que la mayor ventaja de Nueva York era que uno podía ser neurótico y nadie lo notaba. En otras ciudades te mandan al médico si hablas contigo mismo. En Manhattan te ofrecen una columna en una revista por ello. Ayer salí a comprar salmón. Por cierto, es la única tradición judía estable que ha sobrevivido a Babilonia, Roma y a mis relaciones con mujeres. Caminaba por Brooklyn pensando en la muerte. No porque sea filósofo. Sino porque ya tengo más de noventa, aunque originalmente había planeado llegar como mucho hasta los setenta. 

Y de repente —una multitud frente a una sinagoga. Al principio pensé que allí actuaba un famoso psicoanalista. En Nueva York la gente hace cola durante horas para escuchar por qué su madre tiene la culpa de todo. Aunque los judíos eso ya lo saben sin necesidad de conferencia. Pero no. Estaban gritando algo sobre “intifada”. ¿Y saben qué me sorprendió más? La cantidad de energía que tiene esa gente. ¿De dónde la sacan? Yo, después de subir dos tramos de escaleras, ya empiezo a escribir mi testamento. Y ellos listos para una revolución sin haberse tomado ni un café decente. 

Un tipo gritaba algo sobre “descolonización”. Dios mío. Cuando yo era joven, “colonización” significaba que la tía Frieda ocupaba nuestro sofá durante tres meses y se negaba a irse. Hoy de repente es una conspiración sionista. En general, el antisemitismo moderno se ha vuelto demasiado intelectual. Antes simplemente nos odiaban. Sin rodeos. Hoy no. Hoy alguien con bufanda, que parece que escribe poemas sobre su propia barba, te explica con ayuda de Heidegger y Nietzsche por qué la existencia de los judíos es una forma de agresión y una amenaza para la humanidad. Y yo estaba allí pensando: antes al menos nos pegaban personas sin título universitario. Hoy los organizadores de pogromos tienen diploma de Columbia University. Luego una chica a mi lado dijo: “Estamos contra el sionismo, no contra los judíos”. Eso es como si mi exmujer hubiera dicho: “No tengo nada contra ti. Solo estoy contra todo lo que dices, haces, sientes —y especialmente contra acostarme contigo”. El significado es el mismo. Y entonces alguien gritó: “¡Los sionistas son nazis!”. En ese momento sentí que mi abuela se habría girado en su tumba tan rápido que podría haber abastecido de electricidad parte de Queens

Mi abuela, por cierto, vivió a auténticos nazis. Se escondió en un sótano en Polonia con un hombre que tosía tan fuerte que los alemanes podrían haberlos encontrado solo por el sonido bronquial. Y ahora un chico de una universidad de élite, cuyo mayor trauma en la vida es un café frío de Starbucks, me explica qué significa fascismo. Realmente vivo en tiempos sorprendentes. Hoy la gente habla como si se hubiera tragado accidentalmente una biblioteca universitaria. Nadie dice ya: “Perdón, soy un idiota”. No. Hoy se dice: “Estoy deconstruyendo el relato dominante”. Escuchen, yo crecí entre judíos. Nosotros no deconstruimos relatos. Nosotros creamos relatos. Llegué a casa y encendí la televisión —porque cuando uno tiene ansiedad, la televisión parece una idea excelente. Es como tratar el alcoholismo con un martini con hielo. Allí Roger Waters volvía a explicar el mundo. Los músicos de rock siempre me dan miedo cuando envejecen y empiezan a hablar como paranoicos que ven conspiraciones al mirar un gato negro. Luego apareció Kanye West. En mi infancia, los locos al menos parecían locos. Pelo despeinado, abrigo, palomas, conversaciones con cubos de basura. Este tipo simplemente se pone una máscara negra y dice que ama a Hitler. Y ahí entendí: la humanidad ha avanzado mucho —de “nunca más” a “discutamos los matices”. ¿Y los políticos? Los políticos dicen: “La situación es complicada”. No. Complicado es explicar a una madre judía por qué su hijo de cuarenta años aún no está casado. 

Pero cuando una multitud frente a una sinagoga grita “muerte a los sionistas”, eso no es complejidad. Es un remake. Y además malo. Sin guion original, pero con un presupuesto enorme para redes sociales. Y lo que realmente me asusta no son los radicales. A los radicales estoy acostumbrado. Viví en el Nueva York de los setenta. En aquella época ya se consideraba radical a cualquiera que desconfiara del agua del grifo y lavara la fruta con jabón. Lo que me asusta es la velocidad con la que la gente normal empieza a actuar como si no pasara nada. El ser humano se adapta increíblemente bien. Incluso cuando a una chica judía le tiran del pelo y a un chico con peotillas le ciegan con luces estroboscópicas. Nos acostumbramos a todo. A la guerra. Al odio. A que el café cueste nueve dólares. A esto último, por cierto, solo con mucha dificultad. Por la noche estaba en la cama pensando: quizá habría que no darle tiempo libre a la humanidad. Porque en cuanto la gente se aburre, o intenta salvar el mundo, o se mata entre sí, o graba podcasts sobre los beneficios del conflicto. Y aun así… si mañana vuelve a haber alguien gritando sobre la muerte de los sionistas delante de una sinagoga, saldré. No porque sea valiente. Soy el tipo de persona que una vez se desmayó al sacarle sangre. Sino porque los judíos han esperado demasiadas veces que la locura desaparezca sola. Nunca lo hace. Solo se pone traje, entra en la universidad y abre una cuenta de TikTok. Pero bueno… primero me comeré mi salmón. Preferiría no morir con el estómago vacío. A mi madre judía eso nunca le habría parecido bien.» 

14 marzo 2025

La banalidad del mal

 Leyendo algunas noticias, me salta el concepto de nuevo y me da por investigar el origen. Ya había leído sobre ello y lo normal es que me pusiera a buscar referencias en artículos y otras entradas. Peeero, ahora hay alguien que lo hace por ti. Se lo pido a una de las IAs que han surgido como setas y me lo da hecho. Mira, bastante conciso y claro el resumen.

"La teoría de la banalidad del mal sigue siendo relevante porque toca algo inquietante: la posibilidad de que personas comunes participen en actos atroces bajo ciertas condiciones sociales y psicológicas. Vamos a desglosarlo:


🎯 1. El contexto social que facilita el mal "banal"

Arendt mostró cómo los regímenes totalitarios (como el nazismo) crean estructuras burocráticas tan rígidas y despersonalizadas que convierten el mal en algo mecánico.

Por ejemplo:

  • Las tareas se dividen tanto que nadie siente la responsabilidad completa (cada persona hace "solo su parte").
  • El lenguaje se deshumaniza. Eichmann no hablaba de "matar judíos", hablaba de "soluciones finales" y "transportes". La jerga técnica oculta la realidad moral.
  • La ideología dominante reduce el pensamiento crítico: quienes cuestionan el sistema son vistos como traidores o "ingenuos".

Esto transforma a las personas en "engranajes del sistema", donde creen que no tienen otra opción.


🧠 2. La psicología detrás de la obediencia

La teoría de Arendt conecta con experimentos famosos como el de Milgram (1961), donde voluntarios administraban descargas eléctricas dolorosas a otras personas simplemente porque una figura de autoridad se los pedía.

La mayoría de los participantes no eran crueles por naturaleza, pero obedecían porque:

  • Sentían que la autoridad era responsable, no ellos.
  • Se convencían de que "solo seguían instrucciones".
  • Racionalizaban el daño como parte de un bien mayor.

Esto refleja la idea de Arendt: el mal puede prosperar cuando las personas dejan de pensar críticamente y actúan de forma automática.


🔥 3. La responsabilidad moral individual

El punto más duro (y crucial) de la teoría es que nadie queda exento de la responsabilidad moral solo por obedecer órdenes.

Arendt argumenta que Eichmann sí tenía la capacidad de pensar y elegir, pero decidió no pensar, y esa falta de reflexión genuina lo llevó a participar en el genocidio. No era malvado en el sentido tradicional, pero su falta de pensamiento lo hizo cómplice de una maquinaria monstruosa.


🌎 4. ¿Cómo se aplica hoy en día?

Esta teoría sigue vigente porque muchos sistemas modernos —gobiernos, corporaciones, incluso redes sociales— tienen estructuras que incentivan la obediencia y la despersonalización. Ejemplos actuales podrían ser:

  • Funcionarios que aplican leyes injustas sin cuestionarlas porque "es su trabajo".
  • Empleados en grandes empresas que siguen prácticas dañinas por miedo a perder su empleo.
  • Usuarios en internet que difunden odio o desinformación porque "todos lo hacen" y no piensan en el impacto real.

La idea central de Arendt es incómoda pero poderosa: el mal no siempre nace del odio feroz, sino de la falta de pensamiento consciente.
Preguntarse "¿Estoy pensando por mí mismo o solo siguiendo el flujo?" es más relevante que nunca."


 

 

10 enero 2025

Lo que el pájaro me contó

A veces me pregunto sobre la esperanza, sobre todo cuando uno observa la decadencia de aquello de lo que forma parte, en manos de incompetentes, soberbios o gente sin escrúpulos que no parecen entender en qué consiste servir y lo confunden con tener poder y usarlo en beneficio propio. Tener esperanza en que todo puede ser diferente y más conforme con el plan de Dios en esos momentos puede parecer difícil. No sé, por eso me ha llegado al corazón este poema de Lewis: "Lo que el pájaro me contó al empezar el año".
 
 «Me dijo:
Yo veo todo lo que ha sido,
yo veo todo lo que será;
aunque las sombras caigan oscuras,
aún hay luz que no se apaga.
Aunque el invierno apriete con fuerza,
las raíces aguardan en la tierra.
Aunque el mundo parezca roto,
un plan perfecto sigue en marcha.
¿Y tú? ¿Lo ves? ¿Lo sientes?
¿Puedes creer en lo que viene?
El canto que parece distante
un día resonará cercano.
Así que canta. Canta ahora,
aunque las ramas estén desnudas.
Canta ahora, aunque el frío queme,
porque la primavera llegará, como siempre ha llegado».
 
C.S. Lewis

31 diciembre 2024

Un adolescente necio

Leo en X, aquello que era Twitter, a M. A. Quintana con esta cita del Cardenal Sarah. Bueno, hace tiempo que es una obviedad. Cuando llega la Navidad y vuelve ese absurdo debate sobre si felicitar la Navidad o sólo las fiestas. O, yendo un poco más allá, felicitar el solsticio de invierno, cosa propia de la estupidez rampante de cierta clase política, veo que aún queda gente que ve lo evidente. Feliz Navidad.

 

 


 

14 diciembre 2024

Sentido común

 Sobre la frase de marras hay multitud de interpretaciones. La habitual es la de que el sentido común es el que permite reconocer las cosas como son sin llamarse a engaño por sesgos o ideologías. 

Hasta que la ideología compra y prostituye el término. El otro día, en la tertulia de la radio, en COPE precisamente, el heredero (Alberto Herrera) comentaba a propósito de una actriz trans que había ganado un premio de algo que habría que dejar de añadir el término "trans" tras el de actriz, que es una mujer y ya está, "por sentido común". 

Por sentido común no es una mujer, es un hombre que se siente, se viste y/o se ha operado para parecer una mujer, eso es lo más ajustado a la realidad. Te puede parecer bien, mal o mediopensionista, pero es lo real, lo demás es falacia. Y añadir "trans" nos permite a los demás no llamarnos a engaño. 

Es lo que pasa cuando la ideología pretende suplantar lo real. 

Ya que me pongo, hay un programa de radio que sigo desde que empezó en los años noventa. "No es un día cualquiera", puesto en marcha por Magín Revillo y continuado por Pepa Fernández. Un gran programa con cultura de la buena, increíbles comentaristas y contertulios y con un amor por el idioma inaudito. Siempre tienen un espacio para la RAE y la Fundeu para enriquecer el español y salir al paso de errores y neologismos. Un programa en el que se hablaba del latín en algunos momentos. A pesar de todo ese esfuerzo y pasión, y a pesar del criterio de la RAE al respecto, no han podido resistirse al estúpido desdoble de género que tantas frases absurdas nos está brindando. 

Por cierto, hubo un periodo de tiempo en que Pepa pasó a las mañanas y lo dirigió Carles Mesa, lo convirtió en propaganda woke insufrible.