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05 agosto 2020

Populismo moral oportunista.

Este artículo lo escribí el 6 de marzo de 2020 y miren ustedes por dónde han ido las cosas despues:

Dentro de los capítulos de un hipotético libro titulado con toda socarronería “El Ser Humano es Maravilloso”, seguimos con la parte de “¿hemos dicho ya que vamos a morir todos?”. Lo digo porque lo del coronavirus evoluciona hacia convertirse en el nuevo apocalipsis inmediato. De repente el apocalipsis climático ha pasado a un segundo plano ante la posibilidad de que el virus no nos deje llegar vivos a él. Supongo que Greta debe estar muy enfadada mientras pasea por grandes despachos entrevistándose con altos cargos para hacer lo que sea que haga, llorar, gritar o patalear, porque experta en algo más no se sabe que sea, dado que abandonó la secundaria ¿obligatoria? sin acabarla ni estudiar otra cosa.
Que te laves bien las manos, que no le tosas a la gente, que mascarillas no o según, que no te mezcles con grandes concentraciones de personas, que si en Italia han cerrado colegios, universidades y hasta iglesias… Y mientras, aquí esperamos que todo se resuelva sin que nos afecte demasiado, sin hacer grandes cambios. El tiempo dirá quién tiene razón… (a estas alturas ya sabemos lo que pasó) si sobrevivimos. Luego está esa especie de “populismo moral oportunista”, esa actitud por la que ante una crisis concreta, hay quien tiene la necesidad de compararla con otras crisis con las que no hace ninguna relación salvo en su cabecita concienciada: “pues más mujeres mata la violencia machista que el coronavirus”, ésta es la primera que leí. Luego están las sucesivas comparaciones con: el hambre, el sarampión en el Congo, la gripe común, los accidentes de tráfico, el suicidio y lo que a ustedes les plazca. Es esa demagogia facilona de “ese dinero que te has gastado en pintar la puerta podría alimentar a cien niños en África”. Porque, aunque era de noche, sin embargo, llovía.
No me digan que no hay algo de justicia poética en el “escrache” al vicepresidente de sí mismo en el mismo lugar dónde él se los organizaba a los demás. Aquello de tomar de la propia medicina. Ese patético intento de razonar con los irracionales que él mismo preparó para que fueran exactamente así, intolerantemente irracionales. Igual pensaba que siendo buena persona y además vegetariano, el tigre que educó para devorar a los demás no le iba a devorar a él. Cosa aparte es que haya seguido punto por punto haciendo todo lo que criticó ácidamente en sus orígenes, la gente cambia.
En esa línea de la intolerancia irracional, estos días asistí, por enésima vez, al típico debate de “eso no era verdadero comunismo”, con el objetivo de defender que el comunismo funciona. La situación era la siguiente, una señora comenta la charla ideológica de Operación Triunfo sobre el “feminismo anticapitalista” (ya es que en TVE no se cortan nada) explicando que para eso necesitan prescindir de todos esos bienes de consumo que atesoran, maquillajes, bolsos, complementos de lujo, etc. A lo que entra el adolescente anticapitalista de guardia diciendo que qué tendrá que ver, que si sabe lo que es el comunismo, que si ha leído algún libro alguna vez y esas cosas de superioridad intelectual tan propios. Respuesta: nací en Rusia y viví allí hasta los dieciséis años. El adolescente insiste: es que actualmente no hay ningún país verdaderamente comunista, léete el manifiesto comunista y hablamos. Respuesta: lo leí a los catorce, entraba en el examen de historia contemporánea. Luego llegan otros a insistir lo bien que funcionaba la URSS porque, claro, ante una buena fantasía ideológica que tendrá que ver la experiencia de haberla vivido realmente, que la realidad no te estropee el argumento. Estoy casi seguro de que, a pesar de la evidencia aportada por esta señora, han seguido pensando que no, que si en su cabeza funciona, debe funcionar en la realidad.

Las AMPAs de muchos colegios secundaron la consigna de que facilitar la elección de centro educativo a los padres perjudica, no se sabe porqué aún, a la enseñanza pública. En Huelva, ante la pintada en la fachada de un colegio concertado por parte de los intolerantes de guardia, ha sido conocida la respuesta de un profesor cansado de tanta propaganda contra la educación concertada. Les extracto una frase: “Lo que nunca haremos es proponer a nuestros niños y niñas ir a pintar una pared cuando nadie los ve, o a no dar la cara y esconderse tras estúpidas proclamas sin base demostrable. Estoy cansado que se nos juzgue y se nos condene, cuando lo único que hacemos es trabajar más horas, con más niños, por menos dinero y obtener mejores resultados con menos medios.” Igual es eso lo que les molesta tanto.

21 junio 2018

Anti-Trump (?)

Hace tiempo leí un breve artículo sobre los diez sesgos cognitivos más frecuentes y cómo dichos sesgos condicionan nuestra opinión. Repasando algunos, sirven para entender porque las noticias falsas, las famosas “fake news”, a pesar de su evidente falsedad o grave inexactitud, siguen pululando por los mentideros de la opinión pública. Y, en muchas ocasiones, en alas de portavoces que se supone autorizados o bien informados.
Un sesgo bastante reconocible es el “efecto arrastre”, es decir, creer o hacer algo simplemente porque la mayor parte de la gente que te rodea lo hace. En la adolescencia yo suelo llamarlo “efecto manada”, los mismos adolescentes que en grupo son temibles, uno por uno son un encanto de buena educación generalmente.
Un segundo sesgo es el encuadre. Una misma información puede dar lugar a diferentes conclusiones si se presenta de manera distinta. En la política y los medios de comunicación se juega con la jerga para influir en la opinión pública.
Un tercer sesgo, llamado de confirmación, es simple y muy frecuente: se trata de buscar y favorecer la información que confirma nuestras propias creencias o hipótesis. No buscamos la verdad, sino tener razón a toda costa. Muy humano y bastante peligroso para construir la convivencia.
Por el “efecto anclaje”, las personas damos demasiada importancia a la primera pieza de información que recibimos, que hace de ancla. Así un titular efectista o escandaloso queda más que un artículo que puede matizar el titular hasta mostrar que es falso. El articulista lo sabe, el político también, y lo usan.
Explico todo esto para intentar comprender el fenómeno de la noticia sobre la separación de familias de inmigrantes ilegales al cruzar la frontera estadounidense, acusando al presidente Trump de ser una especie de satanás nazi o algo peor si fuera imaginable.
El periodista que tuiteó las fotos debía saber que eran antiguas, de 2014, cuando aún mandaba el Nobel de la Paz. Que la norma ya estaba ahí y no era fruto de la maldad del legislador, sino consecuencia de que a los inmigrantes ilegales se les internaba en centros de detención donde no podían entrar los menores. Que antes, cuando pasaba una familia con menores, para no separarlos de los menores a los adultos se les dejaba fuera con los menores y debían presentarse ante el juez en un plazo de tiempo, lo que hacía que desaparecieran la mayoría aprovechando la oportunidad, lo que llevó a que todos los adultos que podían, cruzaran con algún menor, aunque no fuera familia, para aprovechar el resquicio legal, lo que hizo que, en tiempos de Obama, volvieran a ingresarlos en centros de detención separándolos de los menores.
Y ahora resulta que la culpa es de Trump, al que odiamos tanto. Luego nos extraña que se hable de posverdad. El periodista no ha rectificado nada ni cuando se descubrió la falsedad de las fotos y la historia real de la norma.
La gente ha seguido la noticia inicial y cualquiera les explica que les han contado una mentira. Que Trump anda separando a los niños de sus padres porque es malvado, que Trump es odioso y toda buena persona que se precie debería odiarlo. El mismo que ha firmado un decreto para evitar la separación de las familias el pasado miércoles, cosa que podía haber hecho el presidente anterior y no hizo.
La verdad detrás del titular ya no importa, importa el efecto. Y así tenemos a gente estupenda vomitando odio con la mejor de las intenciones, no sé si está clara la contradicción. Oscar Wilde dijo una vez: “Los locos a veces se curan. Los imbéciles nunca”.