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03 agosto 2026

La moral de las buenas intenciones

De esto ya he escrito en otras ocasiones. El postureo moral de estar a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo así, sin más, te concede el brillo de la nueva "santidad laica". Pero este artículo de Juan M. Blanco en VozPopuli, lo trae a colación y lo utiliza como explicación de ciertas actitudes de vinculación incondicional a opciones políticas hagan lo que hagan siempre que pregonen estar en el "lado correcto de la historia", es decir, siempre que presuman de buenas intenciones.   

"La auto valoración moral recayó tradicionalmente sobre las acciones y el carácter del individuo: la virtud solo podía demostrarse asumiendo deberes y responsabilidades, haciendo algo útil para los demás. Una buena persona era la que se esforzaba en su trabajo, cumplía sus obligaciones, mantenía su palabra, cuidaba de su familia, participaba en obras de caridad o ejercía el autocontrol. En esta cultura de la responsabilidad, señalizar la virtud moral, especialmente ante uno mismo, requería emprender un camino largo y costoso, repleto de esfuerzo y constancia. Sin embargo, en el último tercio del siglo XX se expandió un enfoque alternativo. La valoración moral fue trasladándose desde los actos hacia las intenciones, desde el carácter personal hacia los sentimientos internos, desde la conducta hacia la “autenticidad del yo”. Ya no hacía falta una vida disciplinada y sacrificada; bastaba con adherirse a determinadas causas o sintonizar con ciertas identidades. El sujeto puede ser vago, desleal, embustero, despreocupado de los suyos o parásito social, pero, si muestra adhesión al grupo correcto podrá sentirse “buena persona”. 

Esta nueva cultura de la identidad resulta muy tentadora pues promete virtud casi gratis y al instante, a menudo a cambio de un mero postureo: compartir un mensaje, asistir a una manifestación, utilizar determinado lenguaje, colgarse ciertas etiquetas que comienzan con el prefijo “anti” y, sobre todo, votar a un determinado partido. Para alcanzar la santidad basta colocarse simbólicamente en el bando de “los buenos”. Pero ambas culturas, que hoy coexisten, no se diferencian solo en el muy distinto coste que imponen al individuo para lograr una buena imagen moral. Se diferencian, sobre todo, en sus repercusiones finales sobre la sociedad. La cultura de la responsabilidad fomenta la cooperación entre las personas, generando muchos beneficios sociales. Ser honrado, cumplir los contratos, trabajar con profesionalidad, cuidar de la familia o comportarse como buen vecino son conductas con claros beneficios para terceros. La cultura de la identidad, por el contrario, puede proporcionar la misma autoestima moral, pero contribuye poco al bienestar social. Provoca, incluso, intenso malestar, al fomentar la persecución, censura y discriminación hacia quienes no se identifican con el grupo “correcto”."Virtue Signaling

El artículo completo aquí

21 mayo 2026

Woody Allen sobre el antisemitismo hoy

He encontrado esto a través de X y no quiero que se pierda en las redes. Disfruten el análisis claro, certero e irónico que hace de lo que estamos viendo cada día.

 Woody: «Saben, siempre pensé que la mayor ventaja de Nueva York era que uno podía ser neurótico y nadie lo notaba. En otras ciudades te mandan al médico si hablas contigo mismo. En Manhattan te ofrecen una columna en una revista por ello. Ayer salí a comprar salmón. Por cierto, es la única tradición judía estable que ha sobrevivido a Babilonia, Roma y a mis relaciones con mujeres. Caminaba por Brooklyn pensando en la muerte. No porque sea filósofo. Sino porque ya tengo más de noventa, aunque originalmente había planeado llegar como mucho hasta los setenta. 

Y de repente —una multitud frente a una sinagoga. Al principio pensé que allí actuaba un famoso psicoanalista. En Nueva York la gente hace cola durante horas para escuchar por qué su madre tiene la culpa de todo. Aunque los judíos eso ya lo saben sin necesidad de conferencia. Pero no. Estaban gritando algo sobre “intifada”. ¿Y saben qué me sorprendió más? La cantidad de energía que tiene esa gente. ¿De dónde la sacan? Yo, después de subir dos tramos de escaleras, ya empiezo a escribir mi testamento. Y ellos listos para una revolución sin haberse tomado ni un café decente. 

Un tipo gritaba algo sobre “descolonización”. Dios mío. Cuando yo era joven, “colonización” significaba que la tía Frieda ocupaba nuestro sofá durante tres meses y se negaba a irse. Hoy de repente es una conspiración sionista. En general, el antisemitismo moderno se ha vuelto demasiado intelectual. Antes simplemente nos odiaban. Sin rodeos. Hoy no. Hoy alguien con bufanda, que parece que escribe poemas sobre su propia barba, te explica con ayuda de Heidegger y Nietzsche por qué la existencia de los judíos es una forma de agresión y una amenaza para la humanidad. Y yo estaba allí pensando: antes al menos nos pegaban personas sin título universitario. Hoy los organizadores de pogromos tienen diploma de Columbia University. Luego una chica a mi lado dijo: “Estamos contra el sionismo, no contra los judíos”. Eso es como si mi exmujer hubiera dicho: “No tengo nada contra ti. Solo estoy contra todo lo que dices, haces, sientes —y especialmente contra acostarme contigo”. El significado es el mismo. Y entonces alguien gritó: “¡Los sionistas son nazis!”. En ese momento sentí que mi abuela se habría girado en su tumba tan rápido que podría haber abastecido de electricidad parte de Queens

Mi abuela, por cierto, vivió a auténticos nazis. Se escondió en un sótano en Polonia con un hombre que tosía tan fuerte que los alemanes podrían haberlos encontrado solo por el sonido bronquial. Y ahora un chico de una universidad de élite, cuyo mayor trauma en la vida es un café frío de Starbucks, me explica qué significa fascismo. Realmente vivo en tiempos sorprendentes. Hoy la gente habla como si se hubiera tragado accidentalmente una biblioteca universitaria. Nadie dice ya: “Perdón, soy un idiota”. No. Hoy se dice: “Estoy deconstruyendo el relato dominante”. Escuchen, yo crecí entre judíos. Nosotros no deconstruimos relatos. Nosotros creamos relatos. Llegué a casa y encendí la televisión —porque cuando uno tiene ansiedad, la televisión parece una idea excelente. Es como tratar el alcoholismo con un martini con hielo. Allí Roger Waters volvía a explicar el mundo. Los músicos de rock siempre me dan miedo cuando envejecen y empiezan a hablar como paranoicos que ven conspiraciones al mirar un gato negro. Luego apareció Kanye West. En mi infancia, los locos al menos parecían locos. Pelo despeinado, abrigo, palomas, conversaciones con cubos de basura. Este tipo simplemente se pone una máscara negra y dice que ama a Hitler. Y ahí entendí: la humanidad ha avanzado mucho —de “nunca más” a “discutamos los matices”. ¿Y los políticos? Los políticos dicen: “La situación es complicada”. No. Complicado es explicar a una madre judía por qué su hijo de cuarenta años aún no está casado. 

Pero cuando una multitud frente a una sinagoga grita “muerte a los sionistas”, eso no es complejidad. Es un remake. Y además malo. Sin guion original, pero con un presupuesto enorme para redes sociales. Y lo que realmente me asusta no son los radicales. A los radicales estoy acostumbrado. Viví en el Nueva York de los setenta. En aquella época ya se consideraba radical a cualquiera que desconfiara del agua del grifo y lavara la fruta con jabón. Lo que me asusta es la velocidad con la que la gente normal empieza a actuar como si no pasara nada. El ser humano se adapta increíblemente bien. Incluso cuando a una chica judía le tiran del pelo y a un chico con peotillas le ciegan con luces estroboscópicas. Nos acostumbramos a todo. A la guerra. Al odio. A que el café cueste nueve dólares. A esto último, por cierto, solo con mucha dificultad. Por la noche estaba en la cama pensando: quizá habría que no darle tiempo libre a la humanidad. Porque en cuanto la gente se aburre, o intenta salvar el mundo, o se mata entre sí, o graba podcasts sobre los beneficios del conflicto. Y aun así… si mañana vuelve a haber alguien gritando sobre la muerte de los sionistas delante de una sinagoga, saldré. No porque sea valiente. Soy el tipo de persona que una vez se desmayó al sacarle sangre. Sino porque los judíos han esperado demasiadas veces que la locura desaparezca sola. Nunca lo hace. Solo se pone traje, entra en la universidad y abre una cuenta de TikTok. Pero bueno… primero me comeré mi salmón. Preferiría no morir con el estómago vacío. A mi madre judía eso nunca le habría parecido bien.» 

31 diciembre 2024

Un adolescente necio

Leo en X, aquello que era Twitter, a M. A. Quintana con esta cita del Cardenal Sarah. Bueno, hace tiempo que es una obviedad. Cuando llega la Navidad y vuelve ese absurdo debate sobre si felicitar la Navidad o sólo las fiestas. O, yendo un poco más allá, felicitar el solsticio de invierno, cosa propia de la estupidez rampante de cierta clase política, veo que aún queda gente que ve lo evidente. Feliz Navidad.

 

 


 

14 diciembre 2024

Sentido común

 Sobre la frase de marras hay multitud de interpretaciones. La habitual es la de que el sentido común es el que permite reconocer las cosas como son sin llamarse a engaño por sesgos o ideologías. 

Hasta que la ideología compra y prostituye el término. El otro día, en la tertulia de la radio, en COPE precisamente, el heredero (Alberto Herrera) comentaba a propósito de una actriz trans que había ganado un premio de algo que habría que dejar de añadir el término "trans" tras el de actriz, que es una mujer y ya está, "por sentido común". 

Por sentido común no es una mujer, es un hombre que se siente, se viste y/o se ha operado para parecer una mujer, eso es lo más ajustado a la realidad. Te puede parecer bien, mal o mediopensionista, pero es lo real, lo demás es falacia. Y añadir "trans" nos permite a los demás no llamarnos a engaño. 

Es lo que pasa cuando la ideología pretende suplantar lo real. 

Ya que me pongo, hay un programa de radio que sigo desde que empezó en los años noventa. "No es un día cualquiera", puesto en marcha por Magín Revillo y continuado por Pepa Fernández. Un gran programa con cultura de la buena, increíbles comentaristas y contertulios y con un amor por el idioma inaudito. Siempre tienen un espacio para la RAE y la Fundeu para enriquecer el español y salir al paso de errores y neologismos. Un programa en el que se hablaba del latín en algunos momentos. A pesar de todo ese esfuerzo y pasión, y a pesar del criterio de la RAE al respecto, no han podido resistirse al estúpido desdoble de género que tantas frases absurdas nos está brindando. 

Por cierto, hubo un periodo de tiempo en que Pepa pasó a las mañanas y lo dirigió Carles Mesa, lo convirtió en propaganda woke insufrible. 


07 noviembre 2024

El gobierno de los idiotas...

Repasando artículos anteriores, vuelvo a encontrar este análisis certero que complementaría el anterior artículo. ¿Por qué estamos como estamos?

"Creo que cada vez es más cierta la aseveración de Nicolae Steinhardt que en un alarde de optimismo antropológico explicó los «...tres fenómenos de nuestro tiempo: la invasión vertical de los bárbaros (...), el reino de los imbéciles, la traición de los hombres honrados.

  • El primero: no es una invasión de bárbaros de otros continentes, sino de sinvergüenzas, una invasión de abajo a arriba. Estos bárbaros ocupan los cargos directivos.
  • El segundo: los estúpidos y los incultos han llegado al poder —en el sentido más categórico— y, a pesar de todas las leyes económicas y de todas las reglas políticas, hacen majaderías, como idiotas que son.
  • El tercero: en lugar de oponerse, la gente honrada adopta expectativas benévolas, hacen como que no ven y como que no oyen; en resumidas cuentas, son unos traidores. No cumplen con su deber. Los imparciales y los ingenuos toman nota y callan. Son los más culpables»."

Tengo la tentación de hacer alguna apostilla sobre como esto puede pasar también en otras instituciones (la Iglesia por ejemplo), no sólo en gobiernos políticos. Pero mejor dejo que ustedes le den una vuelta al tema y saquen sus propias conclusiones.

05 noviembre 2024

El gobierno de los incompetentes.

Empieza a ser palmaria la sensación de que no estamos en las mejores manos. Hace tranquilamente veinticinco o treinta años, un amigo mío, a la sazón director de un par de empresas y ex-empleado de banca, quiso hacer sus pinitos en política. Empezó a participar en reuniones del partido político de referencia entre el mundo progre, porque él siempre ha sido muy progresista en cuanto a las ideas. Y muy racional y de seguir las normas. Y ahí fue donde empezó su "caída del caballo". Resulta que las propuestas que se hacían sobre temas de los que él entendía por formación y experiencia, eran puros disparates y era imposible hacerles entender que las cosas no funcionan así. Después de varias reuniones en esa línea, desistió.

Otro amigo, ingeniero de "puertos y canales" que se decía antes y con amplia experiencia nacional e internacional, también del mismo sesgo, contaba que le habían encargado un proyecto para resolver el suministro de agua en cierta zona de la sierra cordobesa. Hizo un proyecto técnico y cuando lo presentó a los alcaldes, decidieron que así no, que había que hacerlo de otra manera, que no era una solución técnica, sino política que, en el fondo, no era una verdadera solución a largo plazo. Algo desencantado lo notaba.

El peligro de la incompentecia

Digo esto porque tengo la impresión de que nuestros gobernantes han llegado ahí no por ser los mejores gestores y tener amplia experiencia en la solución de problemas comunes, sino por mera profesionalización de la política. Son políticos profesionales y pocos de ellos buenos profesionales en la gestión de nada en realidad. Y de aquellos polvos, estos lodos, podemos decir.

Pasa a todos los niveles, sube no el más preparado sino el que sabe trepar mejor y con menos escrúpulos. Si además es inteligente y sabe lo que le conviene, busca gente con experiencia y sabiduría para que gestione. Si no, que suele ser lo más frecuente, pone a amigos y afiliados tan inútiles como él para que no le hagan sombra o porque les debe algún favor, y los perjudicados somos todos los demás.

Esto, unido al miserable trapicheo político y la manía tan nuestra de buscar primero los culpables y luego ya si eso, las soluciones, explican el problema en la respuesta ante la tragedia de Valencia. Una parte es imprevisión, otra incompetencia y politiqueo. Sumemos a los periodistas, cada cual con su sesgo, hurgando en el barro para subir en audiencias y tenemos la tormenta perfecta. 

Lo triste es que esto, a veces, también sucede en los gobiernos de las diócesis, aunque misericordiosamente no queramos verlo. Resulta decepcionante y difícil de creer, pero ante lo obvio hay que rendirse.

Bueno, decía Chesterton que «Todos los hombres de la historia que han hecho algo con el futuro tenían los ojos fijos en el pasado». Luego están los soberbios, los que no aprenden ni del pasado, ni del presente. Ya lo saben todo, se me ocurre pensar.

Saludos si has leído hasta aquí.

22 octubre 2024

¿Conoces algún psicópata? (Notas)

Bueno, entre las notas que tengo por ahí, estaba esta, una somera descripción del psicópata. Es mucho más complejo y largo, pero esta lista de frases ayuda a reconocer patrones de comportamiento que puedes tener u observar en otras personas. En el primer caso, conviene buscar ayuda y hacer examen de conciencia, en el segundo caso, ponte a cubierto del peligro. He puesto en negritas frases que me llaman especialmente la atención. 
  • El sello de los psicópatas es una impresionante falta de conciencia. La buena gente no suele sospechar de los demás: no pueden imaginarse al prójimo haciendo cosas que ellos son incapaces de hacer
  • Los psicópatas, con una total carencia de conciencia y sentimientos por los demás, toman lo que les apetece de la forma que les viene en gana, sin respeto por las normas sociales y sin el menor rastro de arrepentimiento o piedad.
  • La psicopatía es muy común en nuestra sociedad. Son personas auto centradas, insensibles, sin remordimientos y con una carencia total de empatía y capacidad para entablar relaciones emocionales con los demás.
  • Lo que le falta a estas personas es justo lo que nos permite vivir en armonía social. Tienen una profunda incapacidad para preocuparse por el dolor y el sufrimiento ajeno. Si se les pilla en una contradicción, ni se inmutan, simplemente cambian de tema.
  • Son sensibles a las cosas superficiales como la belleza y la fealdad. Los psicópatas son verdaderos expertos en distorsionar la realidad en su beneficio. Ellos siempre quedan bajo la mejor luz. Sus normas son estrategias para intentar a toda costa ser el número uno.
  • Parecen tan seguros de sí mismos a la hora de usar la terminología y los conceptos de cualquier cosa que cualquiera no familiarizado con lo que dicen queda inmediatamente impresionado.
  • Los psicópatas tienen una visión narcisista de la vida. Se creen seres superiores a los que se debiera permitir vivir según sus propias normas. Los psicópatas piensan que sus habilidades les permitirán alcanzar cualquier objetivo que se propongan.
  • Los psicópatas muestran una increíble falta de interés por los devastadores efectos que sus acciones tienen en los demás. No tienen sentimientos de culpa. No se arrepienten en absoluto de nada. Los sentimientos de los demás no son de su interés.
  • Los psicópatas ven a la gente como meros objetos que les pueden dar gratificaciones. El débil y el vulnerable son sus objetivos de explotación favoritos. • Para los psicópatas, no explotar las debilidades de los demás es de tontos.
  • Para un psicópata, su familia está a su servicio, si es necesario que se arruine para que él triunfe, lo ve como algo normal, algo que tiene que ser. Los psicópatas mienten sin problema ninguno, están orgullosos de su habilidad para mentir, les da igual ser pillados.
  • No tienen conciencia emocional de las cosas, por eso tiran para adelante, les da igual lo que suceda y a quién le suceda. El delincuente normal tiene un sistema de valores interno, aunque no sea el correcto. Si viola su sistema, se siente culpable. El psicópata no.
  • Los psicópatas no pasan mucho tiempo sopesando los pros y los contras de un curso de acción o considerando las posibles consecuencias. Lo hacen y listo. No modifican sus deseos, simplemente ignoran las necesidades de los demás.
  • Son incapaces de realizar algo en beneficio de otra persona. No muestran lealtad a grupos, códigos o principios más que a ser el número uno. Tienen una mente simple y superficial.
  • Valoran a la gente solo en función de si se doblegan a su voluntad o pueden ser coaccionados o manipulados para conseguir sus fines. Lo que los hace diferentes es la facilidad con la que mienten, la dominación del engaño en sus vidas y la insensibilidad con la que lo hacen.
  • Si tienes algún punto débil, el psicópata lo encontrará y lo explotará. Son niños egoístas y autoritarios que se creen omnipotentes. La intervención terapéutica tiene que darse en la infancia o no tendrá ningún efecto.
 Del libro Sin conciencia.
 

04 mayo 2021

Shibboleth

 Si alguien se acabara de despertar después de un coma de bastantes meses, podría pensar que hay unas elecciones generales en las que una señora, llamada Isabel, se presenta a la presidencia del país. Por algún extraño motivo a cualquier onubense de cualquier comarca le deberían importar mucho estas elecciones. Ya conté que una vez que intenté quejarme del funcionamiento de las urgencias en el hospital de Huelva, tras una rotura de cadera de un familiar, provocó un agrio debate sobre la presunta privatización de los hospitales de Madrid en los tiempos de Esperanza Aguirre, otra señora que importaba mucho a los onubenses y cuyas decisiones nos concernían por algún extraño sortilegio que se me escapa.

A ver si atino ahora con un santo y seña que me permita abordar el otro tema, quiero decir, esa frase, password, watchword, shibboleth o lo que sea que me permita pasar el filtro de poder decir algo sobre un asunto que se resume en una frase que debería grabarse en el frontispicio de la nueva política española: “nunca es el qué, siempre es el quién”. Se le atribuye al periodista Carlos Esteban, no lo he investigado, suelo resumir lo mismo diciendo que “lo que en los otros es vicio, en nosotros es virtud”. El santo y seña podría ser: “condeno la violencia venga de donde venga y vaya contra quien vaya en el ámbito del debate político”. Y ustedes se quedan a la esper a de la adversativa, el consabido “pero” que explica que no es lo mismo apedrear a los malos que amenazar a los buenos, ya que estos últimos, poseedores incuestionables de todas las virtudes, no se merecen que se les haga a ellos lo que ellos piensan o sugieren que deberían hacerles a los demás, malvados y equivocados en comportamientos e ideas que se lo andan buscando cada vez que abren la boca. Espero que pillen la ironía o estaré en un lío.

Hoy me ha llamado la atención que al abrir el navegador de internet he encontrado una frase en una franja de la página de inicio: “Una persona saludable es feliz y alegre. Un Internet saludable es seguro y privado.” Me ha sonado tanto al “Mundo Feliz” de Huxley que, de repente, he tenido miedo. Me he acordado de un artículo de E. G. Máiquez de febrero de 2020 dónde nos advertía sobre el peligro del “Imperio del Bien”, título de un libro de Phillipe Muray. Dice en el artículo: “Trata -porque es su tema y porque ofrece un tratamiento de choque- del estado de cosas de Occidente, "este imperio aterrador de la Sonrisa". Rige el acuerdo universal, salvaguardado por el Estado, en base a los buenos sentimientos, la relatividad y la Neolengua. Impera el fanatismo de lo saludable y somos muy libres de pensar todos a una”. Luego describe la “disneyficación” de la política y la uniformización obligatoria de la sociedad. Desaparece la violencia, pero no para todo el mundo, que sigue habiendo disidentes del justo medio a los que hay que “cancelar” amablemente.

Para terminar, dos cositas que recuerda G. Luri. Uno de esos estudios que hacen las universidades concluye, en coherencia con lo dicho en días anteriores, que “los estudiantes aprenden menos con los profesores fáciles”. Ya saben por dónde va la cosa. Otra "La introducción de la pasión religiosa en la política supone el fin de la honestidad política". Lord Hailsham, citado por Miguel Herrero de Miñón en "Ideas para moderados" (1982). Creo que de esto también dije algo antes.

11 octubre 2020

La gran estafa postmarxista.

 "...lo único que estos ideólogos tienen en común es que sus textos son incomprensibles. Utilizan ese estilo deliberadamente opaco que se emplea cuando, o bien uno no tiene nada que decir, o bien necesita ocultar que lo que dice no tiene fundamento."

J. Benegas, "La gran estafa del neomarxismo... y su secreto" en disidentia.com

05 agosto 2020

Populismo moral oportunista.

Este artículo lo escribí el 6 de marzo de 2020 y miren ustedes por dónde han ido las cosas despues:

Dentro de los capítulos de un hipotético libro titulado con toda socarronería “El Ser Humano es Maravilloso”, seguimos con la parte de “¿hemos dicho ya que vamos a morir todos?”. Lo digo porque lo del coronavirus evoluciona hacia convertirse en el nuevo apocalipsis inmediato. De repente el apocalipsis climático ha pasado a un segundo plano ante la posibilidad de que el virus no nos deje llegar vivos a él. Supongo que Greta debe estar muy enfadada mientras pasea por grandes despachos entrevistándose con altos cargos para hacer lo que sea que haga, llorar, gritar o patalear, porque experta en algo más no se sabe que sea, dado que abandonó la secundaria ¿obligatoria? sin acabarla ni estudiar otra cosa.
Que te laves bien las manos, que no le tosas a la gente, que mascarillas no o según, que no te mezcles con grandes concentraciones de personas, que si en Italia han cerrado colegios, universidades y hasta iglesias… Y mientras, aquí esperamos que todo se resuelva sin que nos afecte demasiado, sin hacer grandes cambios. El tiempo dirá quién tiene razón… (a estas alturas ya sabemos lo que pasó) si sobrevivimos. Luego está esa especie de “populismo moral oportunista”, esa actitud por la que ante una crisis concreta, hay quien tiene la necesidad de compararla con otras crisis con las que no hace ninguna relación salvo en su cabecita concienciada: “pues más mujeres mata la violencia machista que el coronavirus”, ésta es la primera que leí. Luego están las sucesivas comparaciones con: el hambre, el sarampión en el Congo, la gripe común, los accidentes de tráfico, el suicidio y lo que a ustedes les plazca. Es esa demagogia facilona de “ese dinero que te has gastado en pintar la puerta podría alimentar a cien niños en África”. Porque, aunque era de noche, sin embargo, llovía.
No me digan que no hay algo de justicia poética en el “escrache” al vicepresidente de sí mismo en el mismo lugar dónde él se los organizaba a los demás. Aquello de tomar de la propia medicina. Ese patético intento de razonar con los irracionales que él mismo preparó para que fueran exactamente así, intolerantemente irracionales. Igual pensaba que siendo buena persona y además vegetariano, el tigre que educó para devorar a los demás no le iba a devorar a él. Cosa aparte es que haya seguido punto por punto haciendo todo lo que criticó ácidamente en sus orígenes, la gente cambia.
En esa línea de la intolerancia irracional, estos días asistí, por enésima vez, al típico debate de “eso no era verdadero comunismo”, con el objetivo de defender que el comunismo funciona. La situación era la siguiente, una señora comenta la charla ideológica de Operación Triunfo sobre el “feminismo anticapitalista” (ya es que en TVE no se cortan nada) explicando que para eso necesitan prescindir de todos esos bienes de consumo que atesoran, maquillajes, bolsos, complementos de lujo, etc. A lo que entra el adolescente anticapitalista de guardia diciendo que qué tendrá que ver, que si sabe lo que es el comunismo, que si ha leído algún libro alguna vez y esas cosas de superioridad intelectual tan propios. Respuesta: nací en Rusia y viví allí hasta los dieciséis años. El adolescente insiste: es que actualmente no hay ningún país verdaderamente comunista, léete el manifiesto comunista y hablamos. Respuesta: lo leí a los catorce, entraba en el examen de historia contemporánea. Luego llegan otros a insistir lo bien que funcionaba la URSS porque, claro, ante una buena fantasía ideológica que tendrá que ver la experiencia de haberla vivido realmente, que la realidad no te estropee el argumento. Estoy casi seguro de que, a pesar de la evidencia aportada por esta señora, han seguido pensando que no, que si en su cabeza funciona, debe funcionar en la realidad.

Las AMPAs de muchos colegios secundaron la consigna de que facilitar la elección de centro educativo a los padres perjudica, no se sabe porqué aún, a la enseñanza pública. En Huelva, ante la pintada en la fachada de un colegio concertado por parte de los intolerantes de guardia, ha sido conocida la respuesta de un profesor cansado de tanta propaganda contra la educación concertada. Les extracto una frase: “Lo que nunca haremos es proponer a nuestros niños y niñas ir a pintar una pared cuando nadie los ve, o a no dar la cara y esconderse tras estúpidas proclamas sin base demostrable. Estoy cansado que se nos juzgue y se nos condene, cuando lo único que hacemos es trabajar más horas, con más niños, por menos dinero y obtener mejores resultados con menos medios.” Igual es eso lo que les molesta tanto.

21 junio 2018

Anti-Trump (?)

Hace tiempo leí un breve artículo sobre los diez sesgos cognitivos más frecuentes y cómo dichos sesgos condicionan nuestra opinión. Repasando algunos, sirven para entender porque las noticias falsas, las famosas “fake news”, a pesar de su evidente falsedad o grave inexactitud, siguen pululando por los mentideros de la opinión pública. Y, en muchas ocasiones, en alas de portavoces que se supone autorizados o bien informados.
Un sesgo bastante reconocible es el “efecto arrastre”, es decir, creer o hacer algo simplemente porque la mayor parte de la gente que te rodea lo hace. En la adolescencia yo suelo llamarlo “efecto manada”, los mismos adolescentes que en grupo son temibles, uno por uno son un encanto de buena educación generalmente.
Un segundo sesgo es el encuadre. Una misma información puede dar lugar a diferentes conclusiones si se presenta de manera distinta. En la política y los medios de comunicación se juega con la jerga para influir en la opinión pública.
Un tercer sesgo, llamado de confirmación, es simple y muy frecuente: se trata de buscar y favorecer la información que confirma nuestras propias creencias o hipótesis. No buscamos la verdad, sino tener razón a toda costa. Muy humano y bastante peligroso para construir la convivencia.
Por el “efecto anclaje”, las personas damos demasiada importancia a la primera pieza de información que recibimos, que hace de ancla. Así un titular efectista o escandaloso queda más que un artículo que puede matizar el titular hasta mostrar que es falso. El articulista lo sabe, el político también, y lo usan.
Explico todo esto para intentar comprender el fenómeno de la noticia sobre la separación de familias de inmigrantes ilegales al cruzar la frontera estadounidense, acusando al presidente Trump de ser una especie de satanás nazi o algo peor si fuera imaginable.
El periodista que tuiteó las fotos debía saber que eran antiguas, de 2014, cuando aún mandaba el Nobel de la Paz. Que la norma ya estaba ahí y no era fruto de la maldad del legislador, sino consecuencia de que a los inmigrantes ilegales se les internaba en centros de detención donde no podían entrar los menores. Que antes, cuando pasaba una familia con menores, para no separarlos de los menores a los adultos se les dejaba fuera con los menores y debían presentarse ante el juez en un plazo de tiempo, lo que hacía que desaparecieran la mayoría aprovechando la oportunidad, lo que llevó a que todos los adultos que podían, cruzaran con algún menor, aunque no fuera familia, para aprovechar el resquicio legal, lo que hizo que, en tiempos de Obama, volvieran a ingresarlos en centros de detención separándolos de los menores.
Y ahora resulta que la culpa es de Trump, al que odiamos tanto. Luego nos extraña que se hable de posverdad. El periodista no ha rectificado nada ni cuando se descubrió la falsedad de las fotos y la historia real de la norma.
La gente ha seguido la noticia inicial y cualquiera les explica que les han contado una mentira. Que Trump anda separando a los niños de sus padres porque es malvado, que Trump es odioso y toda buena persona que se precie debería odiarlo. El mismo que ha firmado un decreto para evitar la separación de las familias el pasado miércoles, cosa que podía haber hecho el presidente anterior y no hizo.
La verdad detrás del titular ya no importa, importa el efecto. Y así tenemos a gente estupenda vomitando odio con la mejor de las intenciones, no sé si está clara la contradicción. Oscar Wilde dijo una vez: “Los locos a veces se curan. Los imbéciles nunca”.

19 octubre 2017

Tiempo de traidores

Pensaba empezar diciendo que es tiempo de traidores, pero me parecía una exageración tal vez. O tal vez no. El asunto catalán que tantos días de discusión y debate nos lleva dando, tiene un futuro oscuro. Y en ese asunto pululan los traidores, los oportunistas y los sujetos sin escrúpulos. Visto en la distancia y sin todos los datos posibles, me recuerda los años duros del país vasco. Cuando Herri Batasuna todavía campaba a sus anchas y hacía de portavoz político de la banda de asesinos de ETA. En su propaganda electoral pintaban un futuro de color de rosa, había arco iris todos los días, la gente paseaba en bicicleta y sonreían y se abrazaban en su futuro independiente sin españoles cerca que les provocaran incomodidad alguna y les obligaran a matarlos por no aceptar su gobierno totalitario. Salvando las distancias, la guerra de la comunicación, la guerra de las mentiras descaradas del nacionalismo consiste en eso. Todo es festivo y alegre, quieren construir el paraíso y hay que ser un malvado español fascista para oponerse. Es lo que venden en los medios que el nacionalismo controla, todos sonríen mientras te golpean con la estelada, te insultan o te menosprecian. Y si tomas, como gobierno responsable, como estado, cualquier medida legal contra su traición, apelan al diálogo llamándote intolerante, ellos que no toleran a nadie que no les dé la razón.
Siempre hay uno... por lo menos.
No sé si ya les comenté una frase del filósofo Fernando Savater en los duros años noventa cuando los nacionalistas vascos apelaban también al diálogo. Decía Savater que los nacionalistas están siempre dispuestos a dialogar con todo el mundo para que les den la razón. Y no hay más. Con estos es exactamente lo mismo, no consideran posible dar ni un paso atrás por muy ilegal e inmoral que sea su posición, diálogo para consolidar sus exigencias. Y pobre España si alguien cede a esa trampa saducea. No conviene olvidar que el nacionalismo se hace portavoz de una entidad imaginaria saturada de contenidos emocionales, explota los recursos de la identidad afectiva hasta el extremo, con lo que un debate racional es imposible. Y ya sabemos o deberíamos saber los desastres que este fenómeno produjo a lo largo del siglo XX, los millones de muertos que los nacionalismos provocaron por todo el mundo. Ante esta crisis, otra cosa que se está dejando claro es con quien está cada uno.
La izquierda que siempre presumió de internacionalista, perdida en la ausencia de ideas y principios, ha optado por ponerse de perfil cuando no apoyar a los traidores en mayor o menor grado. Si hablamos de la extrema izquierda de Unidos Podemos ya da vergüenza contemplar como asocian su odio a todo lo que no sean ellos con el odio nacionalista, ahí son hermanos sin cabeza.
La Iglesia catalana, o parte de ella, se está haciendo el hara-kiri (¿se dice así?) desde hace tiempo y ahora más al sumarse a un nacionalismo incompatible con el Evangelio por más vueltas que le den. El mencionado Savater decía recientemente respecto a la posición de los pensadores: "Los intelectuales somos como las putas: vivimos de gustarle a la gente". A su entender, “hay una cobardía generalizada en España, también entre los intelectuales”, que hace a los eruditos “arrastrarse” con tal de no perder adeptos. “Esa es la enfermedad que los intelectuales han desarrollado en este país”. Respecto al nacionalismo y respecto a otros temas que están en el candelero, todo hay que decirlo.

21 noviembre 2016

Hipocresía y carpe diem...

Comentaba hace unas semanas algo sobre que la verdad no está de moda, que la verdad no importa. Importa la apariencia, la pose o, en lenguaje moderno, el “postureo”. Podemos comprobarlo, por ejemplo, en el revuelo montado alrededor del senador de Podemos, Ramón Espinar.  
Si no saben de lo que les hablo es porque acaban de bajar del platillo volante. Después de descubrirse que con 23 añitos y siendo becario su padre le dio 60.000 euros de nada para que se comprara un piso de protección, piso que no vivió y que vendió con suculenta ganancia, ha quedado al descubierto no ya la doble moral del que da consejos y predica contra lo que él mismo practica, sino ese mundo de apariencias en que lo que importa es que estés a favor de todo bueno y no te canses de repetirlo 
Cosa aparte es el detallito de que te den una beca de ayuda a los estudios mientras tu padre puede soltar alegremente tamaña cantidad de euros. Lo normal en casa de cualquier obrero, como el mentado personaje le gusta pintar a su familia. 
A la desfachatez del individuo se le ha sumado la cohorte de defensores que justifican lo indefendible con los argumentos habituales: “más roban otros” y las conspiraciones de los poderes fácticos. Como si eso cambiara los hechos, es que lo que en los otros es vicio, en los nuestros, los buenos, es virtud. Alguno anda operándose la boca para poder comulgar con ruedas de molino. 
Pero el tiempo pasa y dice el salmo que toda carne es hierba, que los días del hombre son como la flor del campo, que el viento la roza y ya no existe. El pasado día uno recordábamos a todos los santos que nos llevan delantera en el camino hacia el corazón del Padre y el miércoles a todos los difuntos, Fray Nelson ha hecho una lista en su blog de las 21 cosas que la gente confiesa y se arrepiente en sus últimos momentos, por si les sirve de algo, lo comparto con ustedes: 
Di mal ejemplo y lamentablemente hubo quien me imitara. El dolor frente al que fui indiferente. Las personas a las que lastimé o causé daño de cualquier forma. Las palabras necias, vulgares o groseras que salieron de mi boca. Las promesas que no cumplí. Las cosas que compré y que no necesitaba o que nunca utilicé. El mucho tiempo y esfuerzo que me costó conceder algún perdón. Los ratos en que he podido y debido orar más y sobre todo con más amor. No haber corregido a tiempo a los que tenía que haber educado mejor. Haber callado tantas palabras de reconocimiento, elogio o ánimo para quienes lo merecían y necesitaban. Haber huido tantas veces de la Cruz. La soledad de Cristo en el sagrario me duele. Haberme quejado mucho más de lo que he agradecido. Atribuirme los triunfos a mí y los fracasos a las circunstancias. Ser cómplice de chistes contra Dios, la fe o la Iglesia. ¡Tanto tiempo simplemente perdido; tiempo que ya no puedo recuperar! Haber perturbado la inocencia de alguien o bloqueado los sueños de algún otro. Aprovecharme de que alguien me quería para sacar algún provecho. Disfrutar la adulación aun sabiendo que es falsa. Personas a las que no visité porque me parecían poco interesantes, educadas o útiles. Me faltó amar; amar mucho más a Dios y muchísimo más a mi prójimo. 
Vivamos el presente, pero gastándonos por lo que realmente importa, todo lo demás parece frivolidad y caza de vientos.

16 abril 2016

El eterno retorno

El refranero español contiene la sabiduría popular acumulada por la experiencia de siglos, lo que nos ayuda a entender que todo lo que vivimos y nos parece nuevo, en realidad ya sucedió, de alguna manera, alguna vez. Como prueba están los refranes sobre el clima: lo mismo te dicen que “en febrero busca la sombra el perro”, para avisarte de una llegada temprana del buen tiempo, que te avisan de que “hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo”. Reflexionando sobre estas cosas me vino a la mente el mito del eterno retorno, la idea de que todo sucede una y otra vez en una cadena de causalidades de la que no es posible escapar. De repente me viene la pulsión de ponerme a explicar en plan profe de filosofía la idea clásica y moderna contenida en este mito, y no, la verdad. Pero me impacta esa variante recogida por Mircea Eliade sobre la pretensión de las religiones, entendidas como fenómeno antropológico, de la búsqueda de volver a una mítica edad de oro a través de un proceso que depende del comportamiento humano que haría posible el advenimiento de esa situación mítica mencionada. Y lo que me llama la atención es que esa pretensión parece vigente hoy más que en las religiones en los partidos políticos de nuevo cuño. Los que prometen la arcadia feliz, la sociedad sin clases, el estado ideal de felicidad permanente, algo que se conseguiría abrazando una ideología que se presenta como nueva (lo nuevo a sustituido a lo bueno en el imaginario popular) y que pretende abarcar la totalidad del pensamiento y comportamiento del individuo. El punto de “eterno retorno” de todo esto viene de que esto ya lo hemos vivido en las ideologías totalitarias
gestadas en el siglo XIX y paridas con sangre y exterminios masivos en el XX. La idea de que se puede intentar lo mismo con diferentes resultados es tan infantil como peligrosa, el mismo Friedrich Nietzsche plantea en la Gaya Ciencia que no sólo son los acontecimientos los que se repiten, sino también los pensamientos, sentimientos e ideas, vez tras vez, en una repetición infinita e incansable. Lo que nos ayudaría a entender cuál es la situación que estamos viviendo y cómo es posible que tantos propongan la recuperación de voluntarismos totalitarios demostradamente sanguinarios que se presentan como nuevos y como la solución a los problemas.
Visto todo esto lo fácil es caer en la melancolía, en el lamento del “no tenemos arreglo” y, si superas la ira, acabas cayendo en la tristeza o la desesperanza, y entiendes que Nietzsche acabara como acabó. Pero luego lees una glosa de Javier Vicens sobre Cervantes y se te pasa. La comparto con ustedes:
 Si la vida te ha maltratado -parece decir Cervantes- y conservas la sonrisa; si has fracasado y aún tienes el ingenio o el humor necesarios para celebrar los donaires; si la vida te ha mostrado cuanto de miserable hay en ti y en los otros pero no te ha amargado y aún puedes celebrarla con los amigos compadeciéndote de todos, entonces no te ha vencido; te ha convencido: te ha encandilado. Ciertamente el humor no cura las heridas del cuerpo pero, cuando es bueno, cura las del alma. Por supuesto, el sentido del humor no puede librarnos del hambre y del dolor pero puede librarnos de la amargura. Y, sobre todo, es cierto que -como le dice Sancho a su señor- la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Lo dice Sancho. Lo dice llorando pero no amargado. Porque ha aprendido de don Quijote que quien hoy ha sido vencido puede salir vencedor mañana. Murió Cervantes un 22 de abril de 1616. Al día siguiente murió Shakespeare. El español se despedía así de la vida y de los amigos: ¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!

11 diciembre 2015

Mundo rico y estúpido



Se acerca la fecha de las elecciones generales en nuestro país y como presupongo el hartazgo que tal tema siembra en la audiencia, no voy a insistir en el asunto. En lo único que me gustaría detenerme es en algo que resulta preocupante, el exceso emocional en las militancias y el defecto de racionalidad en el análisis que se percibe entre unos y otros. Demasiada gente parece apoyar a un partido como apoya a un equipo de futbol, incondicionalmente y haga lo que haga o prometa lo que prometa. Si el político de turno dice lo que quiere oír, ni se pregunta cómo lo va hacer ni cómo lo va a pagar, simplemente cree que si lo dice con convicción debe ser que se puede y los malvados contrarios no quieren hacerlo. Luego está el problema añadido de si se atreverá con algunos temas que son ciertamente delicados, pero dejemos la campaña para luego.
Aunque ya que hablamos de irracionalidad y tal, según publica el periódico ABC, un ciudadano de Manhattan ha acudido a los tribunales para exigir que el Metropolitan Museum, el museo más visitado de Nueva York, retire de sus muros los cuadros «racistas» que presentan a un Jesús rubio y de piel pálida. En su demanda, según publica «The New York Post», da ejemplos concretos, como «La Sagrada Familia con ángeles», de Sebastiano Ricci; «La resurrección», de Perugino; «El milagro de los panes y los peces», de Tintoretto; o «La crucifixión», de Granacci. La situación, dice, le provocó «estrés personal» y definió la pertenencia de estos cuadros a la colección del museo como «un caso extremo de discriminación». Si la demanda sorprende por lo absurdo, no es menos sorprendente que la dirección del museo la haya considerado seriamente y haya intentado explicárselo, infructuosamente, al demandante al que le queda una larga batalla legal contra todos los museos del mundo. Alguien debería regalarle a este caballero el disco de Antonio Machín para que al menos se consuele mientras entra y sale del juzgado.
El pasado tres de diciembre falleció Scott Weiland, una de las figuras más importantes del rock de la segunda mitad del siglo XX, por lo visto, tenía sólo 48 años y lo normal es que aparezcan panegíricos glosando su figura y aportación artística. Su viuda y sus dos hijos de 15 y 13 años, han publicado una carta recordando que ellos lo habían perdido mucho antes por su adicción a las drogas y el alcohol, entre otras conductas autodestructivas que lo habían alejado de su familia. En dicha carta su viuda dice que “todavía hay esperanzas para otros. Elijamos que esta sea la primera vez en que no glorificamos su tragedia con palabrerío sobre el rock and roll y los demonios que, de paso, no tienen por qué venir con la música.” Todos recordamos lo que nos gusta elogiar a figuras así pero que más allá de las apariencias eran sufrimiento para sí y los suyos. No hay nada de admirable en eso y haremos bien en acoger con prudencia las elegías que se les dedican.
En el lado contrario Ingry, de 14 años, hija de uno de los cristianos coptos que vimos al Daesh asesinar en la orilla del mar hace sólo unos meses, responde a la pregunta: ¿Qué has aprendido del testimonio de tu padre? Dice: Quiero que sepan que estoy orgullosa de mi padre. No solo por mí o por mi familia, sino porque ha honrado a toda la Iglesia. Estamos muy orgullosos porque no renegó de su fe y eso es algo maravilloso. Además, nosotros rezamos por los asesinos que mataron a mi padre y a sus compañeros, para que se conviertan.
Dos mundos, uno de ellos lleno de esperanza, el otro es simplemente rico y estúpido.

03 diciembre 2015

Qué narices, es adviento



Lo divertido de las precampañas electorales resulta ser que de hecho y sin carteles pegados en las paredes, son auténticas campañas electorales. Los que se postulan candidatos a administrar la polis que pagamos y componemos entre todos, se exponen mediáticamente y, a veces, hasta se sobreexponen, y ya se sabe lo que pasa con las sobreexposiciones que del moreno a la quemadura hay un paso muy breve.
La verdad es que se pueden sacar varias conclusiones de lo que se ve y se oye y les prometo que no hago esfuerzos por enterarme de lo que dicen unos y otros. Una conclusión que uno saca del ruido mediático es que los partidos están dispuestos a prometer lo que sea. A moderar su discurso hasta la contradicción más flagrante, a radicalizarlo en los aspectos que exciten ese castizo autoodio español y así arañar el famoso voto del indignado que junto con el voto del envidioso y el miedoso es característico del paisanaje patrio. Se escuchan las mismas promesas de veces anteriores, les falta añadir “ahora en serio” para hacerse creíbles. Se venden unicornios y rentas universales, garantías de derechos de todo tipo, reales o imaginarios. Se machaca al discrepante de las propias filas, que no es el momento de disentir, y se eleva el nivel de sensibilidad a la corrección política de todo lo que haya de ser expuesto al público. Y así vamos a estar, por lo menos hasta el veintiuno de diciembre, hagan estómago.
Otra conclusión a la que uno llega se puede resumir en una frase: “pero de dónde sale esta gente, ¿es que no hay alguien más cualificado para gestionar lo público?”. Porque da la impresión y probablemente sea una exageración y error mío, que hay una colección de profesionales de lo público cuyo único currículo es haber hecho carrera en ello pisando para llegar alto sin saber hacer mucho más. Gente que defiende el cargo con uñas y dientes porque fuera hace un frío que pela. Ya digo, probablemente es una percepción equivocada, un sesgo cognitivo que me lleva a no valorar suficientemente a todos los voluntariosos ciudadanos que honesta y entregadamente se esfuerzan por hacer de la política el arte de mejorar la convivencia, cuidar los derechos de todos y administrar los bienes comunes con sensatez y honradez. Ojalá sean estos últimos los que se ocupen de lo que importa, Dios lo quiera.
¡Pero qué narices!, es adviento, es tiempo de grandes esperanzas, ¿por qué no incluir ésta entre ellas? Esperamos lo imposible, lo humanamente irrealizable, porque lo esperamos de Dios para quien nada hay imposible, ni siquiera que la corruptible debilidad de lo humano contuviera la infinitud y eternidad del Hijo.
Esperamos salvación mientras demasiadas veces elegimos caminos de perdición y abandono, esperamos consuelo mientras nos herimos mutuamente con toda clase de absurdas violencias, esperamos felicidad mientras creemos poder comprar cualquier sucedáneo que nos distraiga, esperamos vida mientras cada minuto nos acerca a la muerte, esperamos misericordia mientras tratamos inmisercordemente a los más débiles. Es precisamente en medio de esas contradicciones que viene el esperado de los siglos que cantaba el poeta. Para hacer posible lo que nosotros hacemos imposible con nuestras acciones y omisiones. Para sembrar la misericordia en el corazón ajado y reseco, para hacer brotar manantiales en el desierto, arroyos en el sequedal, humanidad reconciliada en nuestra pobreza interior. Sí, en este caso adviento es esperar lo imposible y contemplar lo inaudito. A pesar de todo.