04 mayo 2021

Shibboleth

 Si alguien se acabara de despertar después de un coma de bastantes meses, podría pensar que hay unas elecciones generales en las que una señora, llamada Isabel, se presenta a la presidencia del país. Por algún extraño motivo a cualquier onubense de cualquier comarca le deberían importar mucho estas elecciones. Ya conté que una vez que intenté quejarme del funcionamiento de las urgencias en el hospital de Huelva, tras una rotura de cadera de un familiar, provocó un agrio debate sobre la presunta privatización de los hospitales de Madrid en los tiempos de Esperanza Aguirre, otra señora que importaba mucho a los onubenses y cuyas decisiones nos concernían por algún extraño sortilegio que se me escapa.

A ver si atino ahora con un santo y seña que me permita abordar el otro tema, quiero decir, esa frase, password, watchword, shibboleth o lo que sea que me permita pasar el filtro de poder decir algo sobre un asunto que se resume en una frase que debería grabarse en el frontispicio de la nueva política española: “nunca es el qué, siempre es el quién”. Se le atribuye al periodista Carlos Esteban, no lo he investigado, suelo resumir lo mismo diciendo que “lo que en los otros es vicio, en nosotros es virtud”. El santo y seña podría ser: “condeno la violencia venga de donde venga y vaya contra quien vaya en el ámbito del debate político”. Y ustedes se quedan a la esper a de la adversativa, el consabido “pero” que explica que no es lo mismo apedrear a los malos que amenazar a los buenos, ya que estos últimos, poseedores incuestionables de todas las virtudes, no se merecen que se les haga a ellos lo que ellos piensan o sugieren que deberían hacerles a los demás, malvados y equivocados en comportamientos e ideas que se lo andan buscando cada vez que abren la boca. Espero que pillen la ironía o estaré en un lío.

Hoy me ha llamado la atención que al abrir el navegador de internet he encontrado una frase en una franja de la página de inicio: “Una persona saludable es feliz y alegre. Un Internet saludable es seguro y privado.” Me ha sonado tanto al “Mundo Feliz” de Huxley que, de repente, he tenido miedo. Me he acordado de un artículo de E. G. Máiquez de febrero de 2020 dónde nos advertía sobre el peligro del “Imperio del Bien”, título de un libro de Phillipe Muray. Dice en el artículo: “Trata -porque es su tema y porque ofrece un tratamiento de choque- del estado de cosas de Occidente, "este imperio aterrador de la Sonrisa". Rige el acuerdo universal, salvaguardado por el Estado, en base a los buenos sentimientos, la relatividad y la Neolengua. Impera el fanatismo de lo saludable y somos muy libres de pensar todos a una”. Luego describe la “disneyficación” de la política y la uniformización obligatoria de la sociedad. Desaparece la violencia, pero no para todo el mundo, que sigue habiendo disidentes del justo medio a los que hay que “cancelar” amablemente.

Para terminar, dos cositas que recuerda G. Luri. Uno de esos estudios que hacen las universidades concluye, en coherencia con lo dicho en días anteriores, que “los estudiantes aprenden menos con los profesores fáciles”. Ya saben por dónde va la cosa. Otra "La introducción de la pasión religiosa en la política supone el fin de la honestidad política". Lord Hailsham, citado por Miguel Herrero de Miñón en "Ideas para moderados" (1982). Creo que de esto también dije algo antes.

30 abril 2021

Pedagogía del caos

 

El otro día aparecía un artículo en el ABC con el sugestivo y sorprendente título de que “los estudiantes de colegios con más disciplina obtienen mejores notas”. Si ustedes son personas habituadas a practicar el sentido común y que no pilotan naves mentales lejanas a la realidad, no necesitan seguir leyendo el extracto de la sesuda investigación universitaria que da pie a la frase titular. Un par de anécdotas me vienen a la mente. Al hijo de un amigo, maestro de primaria, le había tocado en la clase de un maestro con fama de serio y estaba contento porque prefería eso a una clase indisciplinada dónde ni hacías ni te dejaban hacer. El chico prometía ser un buen estudiante e iba al colegio, no al parque de atracciones. La segunda es cuando, en ese mismo colegio, fui a buscar a un maestro de quinto curso. Entre en una de las aulas y vi todos los pupitres ordenados de a dos y con un alumno encargado de mantener el orden, aparentemente todos estaban trabajando en la tarea que les había dejado el maestro que había salido a dirección a atender un asunto momentáneo. Me sorprendió el orden y silencio reinante. Luego entré en la otra clase de quinto y lo que vi fue una distribución de pupitres que sólo podría explicarse siguiendo la teoría del caos. Había un bullicio inesperado, sobre todo porque después de mirar en todas direcciones encontré al maestro sentado detrás del todo, en su mesa, según él estaba haciendo una “experiencia pedagógica” de distribución de grupos. Se ve que son estos últimos los que van marcando el paso en la nueva pedagogía. Pero los que funcionan de hecho, son los primeros.

Gregorio Luri, en su lucha personal contra las pedagogías fantasmagóricas que nos aquejan, escribió que “Los pobres se merecen una escuela ambiciosa que no aspire simplemente a entretenerlos. Se merecen profesores justos que no sientan lastima de ellos y que no les exijan menos de lo que puedan dar de sí. Necesitan buenos profesionales y no sólo pedagogos románticos. (…) [Como dijo San Agustín a los maestros:] ‘No seáis, pues, tan benévolos con los malos que les deis aprobación; ni tan negligentes que no los corrijáis; ni tan soberbios que vuestra corrección sea un insulto’.” Difícil y necesario equilibrio.

En el capítulo “sorpresas te da la vida”, resulta que, a Richard Dawkins, epígono del escepticismo ateo militante, la “Sociedad Humanista Americana” le ha retirado el premio “humanista del año” que le dieron en 1996 por su opinión sobre las “nuevas identidades”, concretamente por ser escéptico respecto ese juego. Había dicho que “Algunos hombres optan por identificarse como mujeres, y algunas mujeres optan por identificarse como hombres. Serás vilipendiado si niegas que ellos literalmente son eso con lo que se identifican.”  Así que semejante ataque al nuevo orden de “si me siento cafetera, deberás dirigirte a mí como tal”, no podía quedar sin cancelación pública. Dar a entender, aunque sea de refilón, que las identidades trans, por ejemplo, pudieran ser fraudulentas, es uno de los nuevos pecados imperdonables que no entran ni dentro de la posibilidad de debate racional ni la ampara la libertad de expresión. Sus posteriores intentos de disculpa no han servido para aliviar el cabreo de los guardianes de la nueva ortodoxia. Agárrense que vienen curvas, en Canadá hay un padre condenado por un juzgado por no querer referirse a su hija de catorce años como hombre y oponerse a la terapia de hormonación para parecerlo.

16 abril 2021

Procesión de la infamia.

 

Creo que se llama estupor lo que uno siente cuando ve algo que le parece increíble y mira a ver si hay algún engaño o está bajo los efectos de algún estupefaciente, lo que sería una explicación plausible. Es lo que se siente a ver un grupo de personas con pancartas y banderas reivindicativas de los regímenes más crueles y asesinos de la historia reciente. Sin ningún pudor y sin que nadie les saliera al paso. Si hubieran añadido la esvástica y la foto de Adolf Hitler, dicha manifestación podría haber tenido justificación como una especie de “cabalgata de la infamia del siglo XX” o algo así. Pero no, es un residuo de esa tendencia, tan humana, de repetir lo peor de lo que somos capaces. Negar la libertad en nombre de la “verdadera libertad” y anular la democracia para salvarla de sí misma y crear la “democracia real”, que era como llamaban las dictaduras del bloque del Este a sus regímenes. Claro que, para conseguirlo, tenían que exterminar a todo el que se oponía. Lo anterior sucedió en Madrid el miércoles, 14 de abril pasado, si alguien se llama a engaño después, será cómplice de esa reivindicación de la infamia.

Georg Lukács, filosofo marxista y crítico literario húngaro, ya había dicho que “no se puede demostrar el marxismo (…) te has de convertir a él”. Podemos considerar lo del miércoles como una procesión de creyentes, por tanto. En los ochenta, González Faus escribió un breve ensayo titulado “Creer sólo se puede en Dios, en Dios sólo se puede creer” que un servidor leyó para verificar una idea que se me iba haciendo sitio en la mente, que la política no iba de gente eligiendo representantes por sus ideas, capacidades y su gestión demostrada, sino de creyentes fieles, inmunes a todo sistema de verificación/falsación por los hechos, que diría Popper. Cuando la fe se dirige a un objeto equivocado, lo resultante no puede ser bueno a largo plazo. El ensayo no iba de eso, pero me ayudó a profundizar el tema de la fe, por cierto.

Y para terminar el capítulo de “cosas que deberían ser sólo anecdóticas” está la noticia de que “desde la Vegan Society (Sociedad Vegana) piden el fin de las galletas infantiles con formas de animales: incitan a los niños a contemplar los animales como algo inferior y a nuestra disposición.” Claro, todos sabemos que, si los dinosaurios de las galletas siguieran por aquí, seríamos los humanos los que estaríamos a su disposición… el nivel de lo absurdo y de antropología ridícula ya supera todos los medidores que podamos tener. Mientras algunos nos reímos de estas cosas, lo absurdo, lo emocional y lo irreal se instalan como un virus en el pensamiento dominante. Sin opción a debate porque con lo absurdo no es posible.

Visto todo esto, lo que sigue puede sonar para algunos como una herejía moderna, para otros como un soplo de sensatez proveniente de principios del siglo XX: "Soy ordinario en el sentido correcto del término, que significa la aceptación de un orden; un Creador y la Creación, el sentido común de gratitud por la Creación, la vida y el amor como dones permanentemente buenos, el matrimonio y la caballerosidad como leyes que los controlan correctamente, y el resto de las tradiciones normales de nuestra religión." Dijo G.K. Chesterton en cierta ocasión.

26 marzo 2021

Stabat Mater

 Es viernes de dolores, pero creo que eso ustedes ya lo saben. No tengo intención de hablar ni de los viernes ni de los dolores. El otro día se celebraba un vía crucis con todas las medidas habituales en estos tiempos y, por supuesto, no faltó quien comentó las fotos del evento con acusaciones de irresponsabilidad y gestos de indignación. Un efecto secundario de todo esto es que demasiada gente se ha convertido en policía de los demás. Algo más en qué criticar al prójimo, el deporte nacional que se juega cada día en los programas de telebasura, que son mayoría y mayoritarios, desgraciadamente.

Roger Scruton tiene una charla titulada "Por qué la belleza importa" (Why Beauty Matters). Escucharla (en mi caso leer los subtítulos) resulta reconfortante. Pone en palabras intuiciones y experiencias difíciles de explicar para mí. Ahora que llega la semana santa con su particular expresión de belleza religiosa, entiendo mejor qué me llena y qué no de todo eso. Scruton reflexiona sobre cómo la belleza, desde Platón, “era la revelación de Dios en el aquí y el ahora”. “Kant, mucho más sobrio, viene a decir lo mismo: que la experiencia de la belleza nos conecta con el último misterio del ser y nos pone en presencia de lo sagrado”. Es decir, hay en la belleza un empujón sensible hacia la Transcendencia. Es el efecto que nuestros templos, catedrales, cuadros, imágenes, etc. pretenden causar en el ánimo del que se acerca, creyente o no. Que mirando lo bello, transcendamos hasta llegar al autor de la belleza misma. Y uno entiende eso, que es más antiguo que la Iglesia misma. Creo que fue siempre la intención desde que se puso la primera piedra de la primera catedral. Y sigue siendo así, excepto para el “alma dormida”, hoy yo diría anestesiada por el ruido y la prisa.

El mismo autor reconoce que hubo un momento en la historia reciente en que nuestra civilización occidental empezó a perder el sentido de la belleza. Así, mirar la flor no tenía que hacer pensar en nada más que en la flor misma, Tolstoi dijo que hay gente que pasea por el bosque y sólo ve leña para el fuego. El feísmo como arte contemporáneo lo hemos asumido tal cual. Ciertamente vivimos inmersos en una vorágine de ruido y furia, se diría, pero el arte debería ser un movimiento de resistencia contra la pérdida del sentido de la belleza que tiene detrás una pérdida del sentido de la vida. 

“’En mi propia vida la música me ha permitido, más que otras manifestaciones artísticas, encontrar ese camino’ [entre lo real y lo ideal], reconoce Scruton, mientras interpreta al piano el Stabat Mater de Pergolesi. El compositor tenía 26 años cuando escribió esa pequeña partitura. En ella describe el dolor de la Virgen María junto a la cruz de su Hijo moribundo. Todo el sufrimiento del mundo está simbolizado en ese pentagrama exquisito. También Pergolesi se estaba muriendo, aquejado de tuberculosis, pero la cruz de Cristo le enseña que la muerte no tiene la última palabra”.

Si toda la belleza que somos capaces de crear en estos días nos ayuda recorrer ese camino hacia la Transcendencia, no habremos perdido la orientación. En cambio, la búsqueda de lo bonito por lo bonito es tan banal como inútil en unas celebraciones que actualizan lo central de la fe, porque va de eso la Semana Santa. Y no me confundan la fe con la sensiblería emotiva que no ve más allá de lo bonito, sean serios.

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