03 agosto 2026

La moral de las buenas intenciones

De esto ya he escrito en otras ocasiones. El postureo moral de estar a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo así, sin más, te concede el brillo de la nueva "santidad laica". Pero este artículo de Juan M. Blanco en VozPopuli, lo trae a colación y lo utiliza como explicación de ciertas actitudes de vinculación incondicional a opciones políticas hagan lo que hagan siempre que pregonen estar en el "lado correcto de la historia", es decir, siempre que presuman de buenas intenciones.   

"La auto valoración moral recayó tradicionalmente sobre las acciones y el carácter del individuo: la virtud solo podía demostrarse asumiendo deberes y responsabilidades, haciendo algo útil para los demás. Una buena persona era la que se esforzaba en su trabajo, cumplía sus obligaciones, mantenía su palabra, cuidaba de su familia, participaba en obras de caridad o ejercía el autocontrol. En esta cultura de la responsabilidad, señalizar la virtud moral, especialmente ante uno mismo, requería emprender un camino largo y costoso, repleto de esfuerzo y constancia. Sin embargo, en el último tercio del siglo XX se expandió un enfoque alternativo. La valoración moral fue trasladándose desde los actos hacia las intenciones, desde el carácter personal hacia los sentimientos internos, desde la conducta hacia la “autenticidad del yo”. Ya no hacía falta una vida disciplinada y sacrificada; bastaba con adherirse a determinadas causas o sintonizar con ciertas identidades. El sujeto puede ser vago, desleal, embustero, despreocupado de los suyos o parásito social, pero, si muestra adhesión al grupo correcto podrá sentirse “buena persona”. 

Esta nueva cultura de la identidad resulta muy tentadora pues promete virtud casi gratis y al instante, a menudo a cambio de un mero postureo: compartir un mensaje, asistir a una manifestación, utilizar determinado lenguaje, colgarse ciertas etiquetas que comienzan con el prefijo “anti” y, sobre todo, votar a un determinado partido. Para alcanzar la santidad basta colocarse simbólicamente en el bando de “los buenos”. Pero ambas culturas, que hoy coexisten, no se diferencian solo en el muy distinto coste que imponen al individuo para lograr una buena imagen moral. Se diferencian, sobre todo, en sus repercusiones finales sobre la sociedad. La cultura de la responsabilidad fomenta la cooperación entre las personas, generando muchos beneficios sociales. Ser honrado, cumplir los contratos, trabajar con profesionalidad, cuidar de la familia o comportarse como buen vecino son conductas con claros beneficios para terceros. La cultura de la identidad, por el contrario, puede proporcionar la misma autoestima moral, pero contribuye poco al bienestar social. Provoca, incluso, intenso malestar, al fomentar la persecución, censura y discriminación hacia quienes no se identifican con el grupo “correcto”."Virtue Signaling

El artículo completo aquí

06 junio 2026

Tempus Fugit

 Me llega un aviso de un comentario al correo y recuerdo que empecé este blog hace tanto y con tanta ilusión que creí que cada día tendría algo grandioso que escribir. El sueño de lanzar a las redes mis pensamientos, mis comentarios, mis ocurrencias, esperando que alguien los crea interesantes o que despierte la curiosidad de alguno, tal vez de alcanzar repercusión que no fama. Miro mis anteriores artículos y resulta que hace más de un año entre uno y otro y me invade el vértigo. ¿Cuándo ha pasado tanto tiempo? 

Miro la lista de blogs que seguía en el "widget" lateral y veo que no soy el único que olvidó su bitácora, como quien olvida un diario en cajón de la mesilla. Alguno, según averigüé, ha fallecido incluso, que Dios lo tenga en su gloria. Otros siguen en otros foros. De alguno otro no se nada. Pero ahí queda todo lo que compartieron en su momento, lo que compartí también yo. Y me invade esa absurda nostalgia que nubla la visión. Me pongo a escribir esto interrumpiendo un rato de navegación por otros espacios de este mundo virtual, al vuela pluma como quien dice, sin un propósito, como un desahogo.

Me viene aquella cita de la terraza del androide de Blade Runner, "todo se perderá como lágrimas en la lluvia". En este caso en un mar de bits sin alma. El tiempo pasa y yo con él.

21 mayo 2026

Woody Allen sobre el antisemitismo hoy

He encontrado esto a través de X y no quiero que se pierda en las redes. Disfruten el análisis claro, certero e irónico que hace de lo que estamos viendo cada día.

 Woody: «Saben, siempre pensé que la mayor ventaja de Nueva York era que uno podía ser neurótico y nadie lo notaba. En otras ciudades te mandan al médico si hablas contigo mismo. En Manhattan te ofrecen una columna en una revista por ello. Ayer salí a comprar salmón. Por cierto, es la única tradición judía estable que ha sobrevivido a Babilonia, Roma y a mis relaciones con mujeres. Caminaba por Brooklyn pensando en la muerte. No porque sea filósofo. Sino porque ya tengo más de noventa, aunque originalmente había planeado llegar como mucho hasta los setenta. 

Y de repente —una multitud frente a una sinagoga. Al principio pensé que allí actuaba un famoso psicoanalista. En Nueva York la gente hace cola durante horas para escuchar por qué su madre tiene la culpa de todo. Aunque los judíos eso ya lo saben sin necesidad de conferencia. Pero no. Estaban gritando algo sobre “intifada”. ¿Y saben qué me sorprendió más? La cantidad de energía que tiene esa gente. ¿De dónde la sacan? Yo, después de subir dos tramos de escaleras, ya empiezo a escribir mi testamento. Y ellos listos para una revolución sin haberse tomado ni un café decente. 

Un tipo gritaba algo sobre “descolonización”. Dios mío. Cuando yo era joven, “colonización” significaba que la tía Frieda ocupaba nuestro sofá durante tres meses y se negaba a irse. Hoy de repente es una conspiración sionista. En general, el antisemitismo moderno se ha vuelto demasiado intelectual. Antes simplemente nos odiaban. Sin rodeos. Hoy no. Hoy alguien con bufanda, que parece que escribe poemas sobre su propia barba, te explica con ayuda de Heidegger y Nietzsche por qué la existencia de los judíos es una forma de agresión y una amenaza para la humanidad. Y yo estaba allí pensando: antes al menos nos pegaban personas sin título universitario. Hoy los organizadores de pogromos tienen diploma de Columbia University. Luego una chica a mi lado dijo: “Estamos contra el sionismo, no contra los judíos”. Eso es como si mi exmujer hubiera dicho: “No tengo nada contra ti. Solo estoy contra todo lo que dices, haces, sientes —y especialmente contra acostarme contigo”. El significado es el mismo. Y entonces alguien gritó: “¡Los sionistas son nazis!”. En ese momento sentí que mi abuela se habría girado en su tumba tan rápido que podría haber abastecido de electricidad parte de Queens

Mi abuela, por cierto, vivió a auténticos nazis. Se escondió en un sótano en Polonia con un hombre que tosía tan fuerte que los alemanes podrían haberlos encontrado solo por el sonido bronquial. Y ahora un chico de una universidad de élite, cuyo mayor trauma en la vida es un café frío de Starbucks, me explica qué significa fascismo. Realmente vivo en tiempos sorprendentes. Hoy la gente habla como si se hubiera tragado accidentalmente una biblioteca universitaria. Nadie dice ya: “Perdón, soy un idiota”. No. Hoy se dice: “Estoy deconstruyendo el relato dominante”. Escuchen, yo crecí entre judíos. Nosotros no deconstruimos relatos. Nosotros creamos relatos. Llegué a casa y encendí la televisión —porque cuando uno tiene ansiedad, la televisión parece una idea excelente. Es como tratar el alcoholismo con un martini con hielo. Allí Roger Waters volvía a explicar el mundo. Los músicos de rock siempre me dan miedo cuando envejecen y empiezan a hablar como paranoicos que ven conspiraciones al mirar un gato negro. Luego apareció Kanye West. En mi infancia, los locos al menos parecían locos. Pelo despeinado, abrigo, palomas, conversaciones con cubos de basura. Este tipo simplemente se pone una máscara negra y dice que ama a Hitler. Y ahí entendí: la humanidad ha avanzado mucho —de “nunca más” a “discutamos los matices”. ¿Y los políticos? Los políticos dicen: “La situación es complicada”. No. Complicado es explicar a una madre judía por qué su hijo de cuarenta años aún no está casado. 

Pero cuando una multitud frente a una sinagoga grita “muerte a los sionistas”, eso no es complejidad. Es un remake. Y además malo. Sin guion original, pero con un presupuesto enorme para redes sociales. Y lo que realmente me asusta no son los radicales. A los radicales estoy acostumbrado. Viví en el Nueva York de los setenta. En aquella época ya se consideraba radical a cualquiera que desconfiara del agua del grifo y lavara la fruta con jabón. Lo que me asusta es la velocidad con la que la gente normal empieza a actuar como si no pasara nada. El ser humano se adapta increíblemente bien. Incluso cuando a una chica judía le tiran del pelo y a un chico con peotillas le ciegan con luces estroboscópicas. Nos acostumbramos a todo. A la guerra. Al odio. A que el café cueste nueve dólares. A esto último, por cierto, solo con mucha dificultad. Por la noche estaba en la cama pensando: quizá habría que no darle tiempo libre a la humanidad. Porque en cuanto la gente se aburre, o intenta salvar el mundo, o se mata entre sí, o graba podcasts sobre los beneficios del conflicto. Y aun así… si mañana vuelve a haber alguien gritando sobre la muerte de los sionistas delante de una sinagoga, saldré. No porque sea valiente. Soy el tipo de persona que una vez se desmayó al sacarle sangre. Sino porque los judíos han esperado demasiadas veces que la locura desaparezca sola. Nunca lo hace. Solo se pone traje, entra en la universidad y abre una cuenta de TikTok. Pero bueno… primero me comeré mi salmón. Preferiría no morir con el estómago vacío. A mi madre judía eso nunca le habría parecido bien.»