03 diciembre 2015

Qué narices, es adviento



Lo divertido de las precampañas electorales resulta ser que de hecho y sin carteles pegados en las paredes, son auténticas campañas electorales. Los que se postulan candidatos a administrar la polis que pagamos y componemos entre todos, se exponen mediáticamente y, a veces, hasta se sobreexponen, y ya se sabe lo que pasa con las sobreexposiciones que del moreno a la quemadura hay un paso muy breve.
La verdad es que se pueden sacar varias conclusiones de lo que se ve y se oye y les prometo que no hago esfuerzos por enterarme de lo que dicen unos y otros. Una conclusión que uno saca del ruido mediático es que los partidos están dispuestos a prometer lo que sea. A moderar su discurso hasta la contradicción más flagrante, a radicalizarlo en los aspectos que exciten ese castizo autoodio español y así arañar el famoso voto del indignado que junto con el voto del envidioso y el miedoso es característico del paisanaje patrio. Se escuchan las mismas promesas de veces anteriores, les falta añadir “ahora en serio” para hacerse creíbles. Se venden unicornios y rentas universales, garantías de derechos de todo tipo, reales o imaginarios. Se machaca al discrepante de las propias filas, que no es el momento de disentir, y se eleva el nivel de sensibilidad a la corrección política de todo lo que haya de ser expuesto al público. Y así vamos a estar, por lo menos hasta el veintiuno de diciembre, hagan estómago.
Otra conclusión a la que uno llega se puede resumir en una frase: “pero de dónde sale esta gente, ¿es que no hay alguien más cualificado para gestionar lo público?”. Porque da la impresión y probablemente sea una exageración y error mío, que hay una colección de profesionales de lo público cuyo único currículo es haber hecho carrera en ello pisando para llegar alto sin saber hacer mucho más. Gente que defiende el cargo con uñas y dientes porque fuera hace un frío que pela. Ya digo, probablemente es una percepción equivocada, un sesgo cognitivo que me lleva a no valorar suficientemente a todos los voluntariosos ciudadanos que honesta y entregadamente se esfuerzan por hacer de la política el arte de mejorar la convivencia, cuidar los derechos de todos y administrar los bienes comunes con sensatez y honradez. Ojalá sean estos últimos los que se ocupen de lo que importa, Dios lo quiera.
¡Pero qué narices!, es adviento, es tiempo de grandes esperanzas, ¿por qué no incluir ésta entre ellas? Esperamos lo imposible, lo humanamente irrealizable, porque lo esperamos de Dios para quien nada hay imposible, ni siquiera que la corruptible debilidad de lo humano contuviera la infinitud y eternidad del Hijo.
Esperamos salvación mientras demasiadas veces elegimos caminos de perdición y abandono, esperamos consuelo mientras nos herimos mutuamente con toda clase de absurdas violencias, esperamos felicidad mientras creemos poder comprar cualquier sucedáneo que nos distraiga, esperamos vida mientras cada minuto nos acerca a la muerte, esperamos misericordia mientras tratamos inmisercordemente a los más débiles. Es precisamente en medio de esas contradicciones que viene el esperado de los siglos que cantaba el poeta. Para hacer posible lo que nosotros hacemos imposible con nuestras acciones y omisiones. Para sembrar la misericordia en el corazón ajado y reseco, para hacer brotar manantiales en el desierto, arroyos en el sequedal, humanidad reconciliada en nuestra pobreza interior. Sí, en este caso adviento es esperar lo imposible y contemplar lo inaudito. A pesar de todo.
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