02 noviembre 2006

Dos de noviembre.

Recupero un escrito de hace unos años, concretamente de 2001, ese fue un año difícil para mí.
En enero murio mi padre inesperadamente. Tenía setenta y un años y aún tenía bastante felicidad que vivir y que dar. Aún así mi recuerdo de él no es triste, yo creo que el amor es eterno y mi padre está en manos de quién es el Amor para la eternidad. Pero lo echo de menos. De vez en cuando su imagen, su voz, incluso el recuerdo de sus malas pulgas a veces, se me cruzan cuando estoy haciendo algo de lo que a él le gustaba hacer. Cuando se desvivía por sus nietos, mis sobrinos, cuando le dedicaba algo de tiempo a las plantas, o podaba algún árbol, o jugaba alguna partida de dominó o cartas en el casino. Su sentido del deber, del trabajo, de lo bien hecho, me viene contínuamente cuando estoy haciendo algo y tengo la tentación de dejarlo o estoy cansado. Ya digo, siento su ausencia, también en la soledad de mi madre, aunque ella intente mitigarla con sus hijos, no es lo mismo, nunca puede ser lo mismo. Hay gente que anda como perdida sin el otro, al que amaron y al que se unieron en toda circunstancia. A veces, en casa de mi madre, se reune un grupo de vecinas de edad similar, todas viudas. Se hacen compañía, ven la tele, opinan sobre las barbaridades que salen en ella y, sobre todo, se hacen compañía. Hacen más llevadera su larga soledad. Alguna lleva más de veinte años viuda, ejerciendo de madre y abuela desde la soledad de su casa silenciosa como única tarea.
Me pregunto por qué escribo esto hoy, quizá porque es dos de noviembre, día de los difuntos. Quizá porque añoro y recuerdo, porque hay ausencias que duelen siempre y la espera se hace larga.
Ese año 2001, unos meses después, murió también Rafael, el hijo de unos amigos al que conocí y vi crecer desde los dos años. Tenía la edad de mi sobrino el mayor, el primer nieto de mis padres (ya saben lo que es eso, todos queríamos abrazarlo, besarlo, pasearlo, darle de comer, el niño más guapo y más todo). Estaba en Madrid y no pude asistir a su entierro, cuando tuve ocasión escribí esto y ahora lo recupero para esta nueva bitácora.

El pasado junio (2001)ha muerto mi amigo Rafael. Me pongo a escribirlo y no encuentro las palabras adecuadas. Quiero hacer de estas líneas un recuerdo, un breve homenaje a alguien que también estuvo brevemente entre nosotros y de cuya compañía y amistad disfruté. Tenía diez añoscuando murió y llevaba casi dos luchando contra el cáncer.

No voy a insistir en que su pérdida ha dejado una huella de dolor en todos los que le conocimos y le quisimos de una u otra forma. Aunque ningún dolor comparable al de sus padres que hicieron todo lo posible por hacerle feliz y cuidarle desde el primer momento de su vida y, en especial, en estos dos años últimos tan difíciles.

Ahora Rafael ha vuelto a la tierra, ceniza a la ceniza, polvo al polvo, demasiado prematuramente. Sin embargo, para quienes creemos, esperamos y amamos, no está dicha la última palabra. Un día alguien nos enseñó mal cuando nos dijo que Dios era un ser todopoderoso que se dedicaba al milagro fácil (eso sería tan injusto, aunque fuera difícil). Por eso, muchas personas bienintencionadas pidieron que curara a Rafael, pero Dios no estaba en esa dirección. ¿Por qué Dios habría de curar o de procurar su muerte (ni lo uno ni lo otro) si miles mueren cada día sólo por haber nacido en algún lugar del llamado Tercer Mundo?

Su intención era la mejor, pero no miraban al Dios de Jesús, al Dios crucificado, al Dios que se manifiesta en la debilidad. ¿Recuerdas ese pasaje de Elías? No estaba Dios en el viento impetuoso, ni en el terremoto, ni en el fuego, sólo en el susurro de una brisa el profeta pudo percibir a Dios (1Re 19, 11-13). De igual manera el Dios que podía hacer algo por Rafael no estaba en los santuarios, ni en los santos milagreros, para mí estaba en el mismo Rafael. ¿Dónde estaba Dios cuando crucificaron a Jesús? ¿En los verdugos o en la víctima? Él sigue haciéndose presente en todas las víctimas de la historia. También en este caso. Estuvo en la silla de ruedas de Rafaelito y no supimos verlo. Hablábamos con un Dios lejano y, sin embargo, estaba tan cercano...

La vida no es ni justa ni injusta, es la vida y nada más. La justicia es una cualidad humana. Pero el propósito de la vida, su final, su sentido, está en manos del Dios de Jesús. Por eso hoy no me cabe pensar otra cosa sino que Rafael vive con la vida que Dios nos dio a todos en el Resucitado. En eso creo, por eso espero y gracias a eso tiene sentido amar a pesar del dolor que procura todo amor verdadero. Y la justicia es la tarea de quien ama, de quien ha vislumbrado al Dios todo-misericordioso. Nada más y nada menos.

Nos veremos, Rafael, no te quepa duda. Mientras tanto, ayúdanos a entender y apreciar la vida.

1 comentario:

Anónimo dijo...

"Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos
descansamos.

Este mundo bueno fue
si bien usáramos de él
como debemos,
porque, según nuestra fe,
es para ganar aquél
que atendemos.
Aun aquel hijo de Dios,
para subirnos al cielo
descendió
a nacer acá entre nos,
y a vivir en este suelo
do murió".
Jorge Manrique supo decirlo bien en las coplas que le escribió a su padre. Muchos siglos antes se escribía en el libro sagrado:
"Todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Su tiempo de nacer y su tiempo de morir..." y mientras tanto, nosotros sacándole el jugo a la vida esperando nuestra barca para pasar al otro lado. Esperando que el billete sacado torne su fin... "nada hay que añadir ni nada que quitar. Y así hace Dios que se le tema" sigue diciendo el Eclesiastés.
Ojalá nuestro corazón siempre esté a punto para el encuentro, para el recuerdo, el abrazo y la esperanza. Todo "Re-cuerdo" pasa siempre por el corazón y se vuelve a vivir, de la misma manera que se vivió y se re-cordará con dicha o con dolor. Estos días son siempre para echar mano al corazón y mirar si está calentito... las cosas tibias no le gusta al personal.
Gracias por re-cordar y compartir

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