21 junio 2018

Anti-Trump (?)

Hace tiempo leí un breve artículo sobre los diez sesgos cognitivos más frecuentes y cómo dichos sesgos condicionan nuestra opinión. Repasando algunos, sirven para entender porque las noticias falsas, las famosas “fake news”, a pesar de su evidente falsedad o grave inexactitud, siguen pululando por los mentideros de la opinión pública. Y, en muchas ocasiones, en alas de portavoces que se supone autorizados o bien informados.
Un sesgo bastante reconocible es el “efecto arrastre”, es decir, creer o hacer algo simplemente porque la mayor parte de la gente que te rodea lo hace. En la adolescencia yo suelo llamarlo “efecto manada”, los mismos adolescentes que en grupo son temibles, uno por uno son un encanto de buena educación generalmente.
Un segundo sesgo es el encuadre. Una misma información puede dar lugar a diferentes conclusiones si se presenta de manera distinta. En la política y los medios de comunicación se juega con la jerga para influir en la opinión pública.
Un tercer sesgo, llamado de confirmación, es simple y muy frecuente: se trata de buscar y favorecer la información que confirma nuestras propias creencias o hipótesis. No buscamos la verdad, sino tener razón a toda costa. Muy humano y bastante peligroso para construir la convivencia.
Por el “efecto anclaje”, las personas damos demasiada importancia a la primera pieza de información que recibimos, que hace de ancla. Así un titular efectista o escandaloso queda más que un artículo que puede matizar el titular hasta mostrar que es falso. El articulista lo sabe, el político también, y lo usan.
Explico todo esto para intentar comprender el fenómeno de la noticia sobre la separación de familias de inmigrantes ilegales al cruzar la frontera estadounidense, acusando al presidente Trump de ser una especie de satanás nazi o algo peor si fuera imaginable.
El periodista que tuiteó las fotos debía saber que eran antiguas, de 2014, cuando aún mandaba el Nobel de la Paz. Que la norma ya estaba ahí y no era fruto de la maldad del legislador, sino consecuencia de que a los inmigrantes ilegales se les internaba en centros de detención donde no podían entrar los menores. Que antes, cuando pasaba una familia con menores, para no separarlos de los menores a los adultos se les dejaba fuera con los menores y debían presentarse ante el juez en un plazo de tiempo, lo que hacía que desaparecieran la mayoría aprovechando la oportunidad, lo que llevó a que todos los adultos que podían, cruzaran con algún menor, aunque no fuera familia, para aprovechar el resquicio legal, lo que hizo que, en tiempos de Obama, volvieran a ingresarlos en centros de detención separándolos de los menores.
Y ahora resulta que la culpa es de Trump, al que odiamos tanto. Luego nos extraña que se hable de posverdad. El periodista no ha rectificado nada ni cuando se descubrió la falsedad de las fotos y la historia real de la norma.
La gente ha seguido la noticia inicial y cualquiera les explica que les han contado una mentira. Que Trump anda separando a los niños de sus padres porque es malvado, que Trump es odioso y toda buena persona que se precie debería odiarlo. El mismo que ha firmado un decreto para evitar la separación de las familias el pasado miércoles, cosa que podía haber hecho el presidente anterior y no hizo.
La verdad detrás del titular ya no importa, importa el efecto. Y así tenemos a gente estupenda vomitando odio con la mejor de las intenciones, no sé si está clara la contradicción. Oscar Wilde dijo una vez: “Los locos a veces se curan. Los imbéciles nunca”.

26 octubre 2017

Comienzos y tal...



Mientras el gobierno se decide si pone en marcha las acciones adecuadas para que los sedicentes dejen de dar la matraca, uno intenta seguir adelante con la puesta en marcha de las actividades cotidianas.
Pienso en cuántos párrocos, religiosas, catequistas y otros agentes de pastoral se enfrentan a lo largo de este mes con similar comienzo de las actividades parroquiales. Cuántos observan con alegría el reencuentro con las personas que se marcharon de vacaciones y que vuelven dispuestos a seguir caminando. También observan, esta vez con tristeza, cuanto esfuerzo se desperdició en grupos que, una vez conseguido lo que querían, no tienen el más mínimo interés en nada más. Y estoy pensando en el año siguiente a la primera comunión, la confirmación o justo ese grupito que hizo el curso prematrimonial o prebautismal y parece que hasta ahí, y porque era obligatorio, estaban dispuestos a llegar, o ese grupo de formación de la hermandad tal que con tanto entusiasmo empezó su formación y ya se cansaron y han vuelto a quedar para bordar, limpiar la cera y pulir metales como principal actividad. Sin embargo, a pesar de la tentación de la tristeza, el evangelio sigue poniéndonos las pilas y empujándonos a subir a Jerusalén y a seguir sembrando, aun conscientes de que hay parte que no dará fruto. Y todo empieza con ilusión, pero sin ser unos ilusos. Porque hay que seguir en la brecha, para dar razón de nuestra esperanza, sea como sea.
Por cierto, el otro día encontré un debate en la red social del pajarito en que se citaba un artículo que planteaba el siguiente dilema: “hay un incendio en una clínica y te encuentras en la tesitura de tener que salvar sólo una de las dos cosas siguientes, un bebé o un recipiente que guarda miles de embriones viables” … El objetivo del dilema es poner en evidencia a los que llama “provida”, es decir, opuestos al aborto. Ya que la gente suele responder que al bebé, y el abortista dirá que si se argumenta que un embrión es ya un ser humano, ha elegido uno frente a miles.
Evidentemente el planteamiento es tramposo, es una aporía, como dije hay un criterio moral por el que se elige la vida de facto frente a la vida en potencia si hay que tomar esa elección indefectiblemente. Pero en nuestra sociedad posmoderna pretender un nivel argumentativo racional es tarea complicada. Esto es algo que muchos no entienden, hay un fundamento racional para la moralidad, no es un mero sentimentalismo nutrido de apariencias.
Luego alguien añadió que ¿y si tuviera que elegir entre un perrito y los embriones viables? Y aquí hay de todo por lo que parece, el sentimental elegirá al perrito, el racional a los embriones, quiero pensar. Ya sabemos que elegirían los animalistas, tan activos hoy. 

Esto me ha recordado un artículo de Javier Vicens que terminaba diciendo lo siguiente: “Los animales domésticos están muy bien. Los creó Dios y los domesticamos nosotros. Los bendijo Dios y mañana (era el día de la bendición de los animales) los bendeciremos nosotros. Pero hay cosas que están bien y cosas que están mal. El que bendice a su loro y maldice a su hermano se irá al infierno con su loro y la culpa no será del loro. El que alimenta a su gato y niega el pan a su hermano se irá al infierno con su gato sin que el gato tenga culpa. Y los que dicen que el perro es el mejor amigo del hombre se sonrojarán en el Purgatorio durante siglos por haber preferido la amistad de un bicho a la amistad de Dios. Porque todo eso está muy mal.
Lo que está muy bien es al amor a Dios sobre todas las cosas que conduce a amar al prójimo como a uno mismo. Quien tal hace, hace bien a todas las criaturas.”

19 octubre 2017

Tiempo de traidores

Pensaba empezar diciendo que es tiempo de traidores, pero me parecía una exageración tal vez. O tal vez no. El asunto catalán que tantos días de discusión y debate nos lleva dando, tiene un futuro oscuro. Y en ese asunto pululan los traidores, los oportunistas y los sujetos sin escrúpulos. Visto en la distancia y sin todos los datos posibles, me recuerda los años duros del país vasco. Cuando Herri Batasuna todavía campaba a sus anchas y hacía de portavoz político de la banda de asesinos de ETA. En su propaganda electoral pintaban un futuro de color de rosa, había arco iris todos los días, la gente paseaba en bicicleta y sonreían y se abrazaban en su futuro independiente sin españoles cerca que les provocaran incomodidad alguna y les obligaran a matarlos por no aceptar su gobierno totalitario. Salvando las distancias, la guerra de la comunicación, la guerra de las mentiras descaradas del nacionalismo consiste en eso. Todo es festivo y alegre, quieren construir el paraíso y hay que ser un malvado español fascista para oponerse. Es lo que venden en los medios que el nacionalismo controla, todos sonríen mientras te golpean con la estelada, te insultan o te menosprecian. Y si tomas, como gobierno responsable, como estado, cualquier medida legal contra su traición, apelan al diálogo llamándote intolerante, ellos que no toleran a nadie que no les dé la razón.
Siempre hay uno... por lo menos.
No sé si ya les comenté una frase del filósofo Fernando Savater en los duros años noventa cuando los nacionalistas vascos apelaban también al diálogo. Decía Savater que los nacionalistas están siempre dispuestos a dialogar con todo el mundo para que les den la razón. Y no hay más. Con estos es exactamente lo mismo, no consideran posible dar ni un paso atrás por muy ilegal e inmoral que sea su posición, diálogo para consolidar sus exigencias. Y pobre España si alguien cede a esa trampa saducea. No conviene olvidar que el nacionalismo se hace portavoz de una entidad imaginaria saturada de contenidos emocionales, explota los recursos de la identidad afectiva hasta el extremo, con lo que un debate racional es imposible. Y ya sabemos o deberíamos saber los desastres que este fenómeno produjo a lo largo del siglo XX, los millones de muertos que los nacionalismos provocaron por todo el mundo. Ante esta crisis, otra cosa que se está dejando claro es con quien está cada uno.
La izquierda que siempre presumió de internacionalista, perdida en la ausencia de ideas y principios, ha optado por ponerse de perfil cuando no apoyar a los traidores en mayor o menor grado. Si hablamos de la extrema izquierda de Unidos Podemos ya da vergüenza contemplar como asocian su odio a todo lo que no sean ellos con el odio nacionalista, ahí son hermanos sin cabeza.
La Iglesia catalana, o parte de ella, se está haciendo el hara-kiri (¿se dice así?) desde hace tiempo y ahora más al sumarse a un nacionalismo incompatible con el Evangelio por más vueltas que le den. El mencionado Savater decía recientemente respecto a la posición de los pensadores: "Los intelectuales somos como las putas: vivimos de gustarle a la gente". A su entender, “hay una cobardía generalizada en España, también entre los intelectuales”, que hace a los eruditos “arrastrarse” con tal de no perder adeptos. “Esa es la enfermedad que los intelectuales han desarrollado en este país”. Respecto al nacionalismo y respecto a otros temas que están en el candelero, todo hay que decirlo.

22 septiembre 2017

De la educación y la poseducación

Estaba repasando unas notas que tenía por ahí guardadas sobre educación, enseñanza y similares y, mira tú por donde, resulta que estamos empezando el nuevo curso escolar. Hay un libro, escrito por Alberto Royo, guitarrista clásico y profesor de música en secundaria, llamado “La sociedad gaseosa”, pueden buscar la sinopsis en internet que seguro que les anima a leerlo si tienen relación, aunque sea tangencial, con el mundo educativo. En una entrevista en el diario ABC el autor decía cosas como las siguientes:
“—Hay una desconfianza generalizada entre todas las partes que intervienen en este proceso tan amplio que se llama educación. Los padres desconfían en los profesores, la sociedad desconfía de los profesores, los profesores desconfían de los padres, los políticos y los profesores desconfiamos los unos de los otros… Pero si no nos ocupamos cada uno de nuestra parcela, si no somos capaces de confiar en que el otro va a hacer bien la suya, al final esto acaba siendo un batiburrillo un poco histérico en el que los que salen perdiendo son los chavales. Vuelvo a las convicciones: sin esfuerzo no se aprende; esforzarse no es sufrir; hay que conservar lo que es valioso e innovar a partir de lo que conocemos, basándonos en la evidencia y en la experiencia; el fin de la escuela no puede ser la felicidad sino el conocimiento porque unos padres pueden hacer lo posible por proporcionar felicidad a sus hijos (y ni siquiera esto garantiza que lo sean), pero en la escuela deben aprender lo que los padres, por motivos obvios, no pueden enseñarles. La motivación la impulsa el conocimiento y no al contrario; es imprescindible disponer de ciertos hábitos para progresar; el alumno más capaz necesita esforzarse menos, pero aquel que tenga dificultades, pero interés por mejorar ha de recibir todo el apoyo que requiera; es imposible adquirir pensamiento crítico sin antes adquirir conocimientos, pues el pensamiento acrítico no es pensamiento; una persona que no sabe nada no puede ser auténticamente creativa; etc. Si no estamos de acuerdo en aspectos tan esenciales, tenemos un problema. (…) Hay padres que piensan que preocuparse por los hijos es hacerlo solo por su bienestar. Es obvio que ningún profesor quiere que su alumno se sienta mal en clase, pero la responsabilidad del profesor es enseñarle. Doy por hecho que a mis hijos les tienen que tratar bien en su colegio, pero lo que quiero es que en la escuela aprendan aquello que yo no les voy a poder enseñar. Decir que a la escuela se va a aprender antes que a ser feliz es, en realidad, una defensa de lo obvio.”
En otro momento de la entrevista afirma que “estamos en la era de la posverdad, pero también de la poseducación, de la educación entendida como espectáculo. Hay que decir alto y claro que no es posible aprender sin pagar un precio, pero este precio es mucho menor que el de quienes comercian con la educación: me refiero al interés, a la disposición y a la voluntad. Nada de esto es incompatible con poder disfrutar del aprendizaje. Ni excluye, todo lo contrario, que el profesor dispense a sus alumnos un trato cercano y afectuoso, precisamente porque el profesor que considera que sus alumnos merecen ser personas cultas y formadas es el que más aprecio demuestra por ellos.” No son pocas las voces que nos advierten del daño que el constructivismo ha hecho en la pedagogía y cuántos gurús pedagógicos y políticos sin escrúpulos pululan en el ambiente arrasando con generaciones de estudiantes por intereses espurios, haríamos bien en escuchar esas voces antes que el daño sea irreversible.

28 abril 2017

Un día de febrero cualquiera...


Esta mañana, apenas había amanecido y el cielo presentaba ya todas las tonalidades del gris. La carretera me permite mirar hacia un horizonte en el que los tendidos eléctricos parecen enormes rasgaduras en el cielo. La lluvia ha dejado su rastro por todas partes y se adivina un bullir de vida bajo la tierra húmeda. La gente va y viene, deprisa, impaciente, deseosa de llegar a su destino. Ocasionales bandadas de aves surcan un cielo plomizo.
Me doy un momento para tomar conciencia de todo esto. En días así hay una aparente invitación a la tristeza y ya sabemos lo que trae de tentación desesperada. Sin embargo, tras cada nube oscura, tras cada gota de lluvia, tras cada ráfaga de viento, presiento un aire más limpio, un cielo más brillante, una explosión de vida en cada recodo del camino.
Vivir desde lo interior quizá sea eso, la capacidad de ver más allá, de barruntar la presencia del que es la Transcendencia incluso, o especialmente, en los cansancios cotidianos. Confiar en que cada gota de lluvia es útil por pequeña que parezca, que cada semilla que se siembra encierra una promesa de vida y futuro.
A veces la rutina y el cansancio nos ponen a prueba, nos tientan a que escondamos el talento. Que se esfuercen otros y la habitual retahíla de comparaciones odiosas que en nada nos ayudan. Pero si estamos despiertos y sabemos ver, aparecen las señales de nuestro cansancio tiene sentido. Nos debemos, me debo a una misión que me supera, como Elías, recibo lo que necesito para recorrer este camino entre incomprensiones, persecuciones y también, por supuesto, signos de su vara y su cayado en las proximidades. Y sólo estamos a mediados del curso pastoral…
Un destello de inocencia en el día a día puede ser un eco de su presencia. Un día apareció por la misa de la tarde Adrián, un chico de ocho años que cursa tercero de primaria, para hacer de monaguillo, como su hermano, ya un adolescente que empieza a perderse en la neblina del narcisismo propio de la edad y que ha tomado distancia.
Sin que se lo pidiera, ha seguido viniendo cada día y ahora también quiere leer algo, una lectura, las preces, pero no llega al ambón y hay que ponerle un banquito para que alcance al micrófono. Disfruto de su inocente generosidad y su disponibilidad. Y de sus preguntas, a veces en momentos inoportunos, como cuando preguntó: ¿por qué no se dice amén? Tras el Padrenuestro, en plena misa. En otra ocasión llegó a la sacristía con una pregunta rondándole, “entonces, ¿a todos nos va a pasar lo mismo que al Señor?”, y yo sin saber qué estaba preguntando exactamente, hasta que lo aclaró... “¿todos vamos a resucitar?”, claro Adrián, ese es el regalo que Jesús nos ha hecho a quienes creamos en Él. Que gane la vida, que estemos siempre con quien es el Amor Más Grande.
Pero ayer no pudo vestirse, su mamá lo castigó sin salir y no podía venir a ayudar. Y vino a comunicármelo, había tenido una mala respuesta con ella. “¿Le pediste perdón ya?”, “sí, claro”. Bueno, mañana será otro día, lo que hacemos tiene consecuencias, su mamá le castigó a él y, de paso, a mí, al que dejó sin su ayuda, sin esa inyección de inocencia y generosidad cotidiana. (Cuando subo este artículo, ya se le ha pasado el arranque de generosidad y sus visitas son mucho más ocasionales, sólo el fin de semana).
Él anda por ahí, ¿no presienten el sosiego que su vara y su cayado provocan?

19 enero 2017

La ternura conduce a las cámaras de gas



Entre muchos otros estereotipos, se dice de los españoles que nos pasamos la vida intentado aprender inglés. Y traigo esto a colación porque soy de los que lamento con frecuencia, haber elegido francés en el instituto. Hoy es uno de esos días.
Leo en el blog de Ángel Ruíz, profesor de filología clásica en Santiago de Compostela, un par de interesantes reflexiones de gente que hoy no puede ser tildada de otra cosa que no sea “contracultural” o si me apuran “transgresora”.
Verán porqué lo digo. Uno se encuentra con gente que, en nombre de la tolerancia, la ternura, la democracia y todo lo bueno y hermoso, está dispuesta a agredir al que no comulgue con tan excelsos valores. Es más, incluso piden que se legisle para prohibir cualquier modo de pensar discrepante y se exige cárcel o reeducación, o ambas las dos, para los peligrosos individuos que se aparten de la senda luminosa de la compasión por narices.
Ese tipo de personas que desde la atalaya de su superioridad moral de estar a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo, no duda en mentir por una buena causa y que te mira como diciendo: “mira, uno que no ama a sus semejantes, odio a la gente que hace eso, deberían encarcelarle o prohibirle existir o algo”.

Perdón, vuelvo a los autores citados, uno es Walker Percy, médico y escritor convertido al catolicismo que en su libro “El síndrome de Tánatos” tiene esta preocupante página:
Es el día de San Simeón el Estilita. El padre Smith, uno de los personajes del libro, continúa hablando contra la ternura que reina en nuestros días.
“La ternura –dice- conduce a las cámaras de gas”. El padre Smith, además, sabe que el pecado, (…), ya no significa nada porque las palabras han sido despojadas de su significado, y es por eso que dice que “Nadie es culpable”. “Todo el mundo parece tener alguna justificación”, continúa. Poco a poco, inflamado por el celo profético, diagnostica el siglo de Tánatos, la cultura de la muerte hablando sobre los crímenes acaecidos durante el siglo veinte: “Nunca, en toda la historia de la humanidad, había habido tantas almas civilizadas, de corazón tierno, como las que habitan nuestro siglo… Pero nunca en toda la historia ha habido tal cantidad de gente asesinada… Las almas de corazón tierno han asesinado a más gente, en nuestro siglo, que los bárbaros en todos los siglos precedentes.”
Esta verdad incómoda suele suscitar debate con la mayoría de los bienpensantes y bienintencionados corazones de hoy que uno se encuentra en cualquier foro.
Sobre este mismo tema el otro autor citado es Flannery O’Connor, escritora estadounidense, también incómoda y “transgresora”. Según lo veía O'Connor, la insistencia actual en la compasión es un remedio secular al deseo de redención. En lugar de pedir cambio moral, el moderno "escritor excusa toda debilidad humana porque la debilidad humana es humana". Pero eso es a lo sumo una suerte de "compasión difusa" y "en este espíritu popular, marcamos nuestra mejora en sensibilidad y nuestra pérdida en capacidad de observar". Aunque "otras épocas" puede que hayan sentido menos, veían más, es decir, que veían con "el ojo antisentimental ... de la fe". Pero ahora, cuando la fe está ausente, "gobernamos por medio de la ternura". Como esa ternura está "separada de la persona de Cristo", se apoya sólo en teorías abstractas, alejadas de la fe. Esa es una situación peligrosa porque "cuando la ternura no tiene conexión con la fuente de la ternura", tiende a hacerse paternalista y a imponerse. Por ello, "su resultado lógico es el terror. Acaba en los campos de concentración y en las humaredas de la cámara de gas".
Y cuando nuestra predicación se queda en lo sentimental y lo paternalista, no estamos conduciendo a Dios, sino al monstruo del sentimentalismo posmoderno, las metáforas para encoger el corazón sólo nos sirven para abrir el paso al maligno alimentándolo con buenas intenciones.
Albert Camus, agnóstico, también llegó a la misma conclusión cuando dijo en su novela “La Peste” que “la buena voluntad sin clarividencia, comete peores crímenes que la maldad”.
Un tema para seguir dándole vueltas. Pero las fuentes están en inglés y yo elegí francés, así que entro en el estereotipo y me lamento. De momento he pedido un par de los libros que están traducidos, ahora tengo que leerlos y entenderlos. Un saludo.
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