16 enero 2015

Libertad de expresión, esa prostituta

Aunque ya lo hablé de esto la semana pasada, una nueva oleada de análisis, comentarios y opiniones de las más cabales a las más idiotas, ha jalonado los días desde el infausto atentado contra la revista francesa, la policía local parisina y los ciudadanos judíos que estaban en el supermercado.
Surge el debate de la libertad de expresión, es normal dado el caso, ya comenté lo que me parece la basura de la revista y no lo voy a repetir, pero, como se ha informado estos días y el periodista Luis Losada recoge en un artículo, “el Papa Francisco entra en la polémica. En el avión rumbo a Manila le preguntan por los atentados de Paris. “No puedes jugar con la religión de los demás. No puedes insultar su fe o reírte de ella (…) en la libertad de expresión, hay límites”. Es más, llega afirmar que siendo una persona pacífica si alguien se mete con su madre, lo más probable es que reciba un puñetazo. Eso sí, llama a responder “con mansedumbre y humildad”. Y por supuesto, defendió la libertad religiosa y la libertad de expresión. Las declaraciones del Papa seguramente habrán dejado con el pie cambiado a muchos clérigos que abrazaron la libertad de expresión sin límite alguno. Incluso algunos como los jesuitas llegaron a publicar en su revista unas caricaturas del polémico Charlie en tono de humor.” Los actuales encargados de la revista han manifestado con toda la delicadeza que les caracteriza “que “vomitarían” encima de sus nuevos amigos. Por si no se les había entendido, rechazan que las campanas de Notre Dame tocaran por ellos. “Espero que la próxima vez las toquen las Femen”, dicen. ¿Sátira u odio antirreligioso?” No sé. Yo suelo seguir el criterio de análisis contrastado por una profunda observación de la realidad que dice que no se debe atribuir a la maldad lo que puede explicar la simple estupidez.
Creo que los chicos y chicas de la revista se equivocan si creen que mi rechazo del atentado es porque me caen mínimamente simpáticos. Lo repito, eran basura y han mostrado que siguen siendo basura, pero eso no significa que nadie deba matarles o tan siquiera agredirles, me conduelo del sufrimiento inútil, del intento de acallar su libertad de expresión que tiene continuidad con la de todos, y no porque me parezca que lo que hacían con esa libertad fuera digno, que no lo es, es más me parece que la prostituyen de la forma más repugnante. Pero me vienen a la cabeza los versos de Martín Niemöller al respecto de las persecuciones del nazismo: Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar.
Y por eso que rechazo ese atentado, no quiero ser de los que callan, pero mi rechazo no es mayor que hacia la muerte de cuatro ciudadanos franceses de origen judío dos días después, o de dos mil ciudadanos nigerianos a cargo del mismo fanatismo islamista en los mismos días, o del tipo de ciego odio que lleva a un padre a poner una pistola en la mano de su hijo de diez años para que asesine cruelmente a dos hombres mientras lo graba en vídeo.
Estamos enfermos, unos de fanatismo ciego y odio criminal, otros de una pusilanimidad que asusta. No sé por qué retorcida regla de tres algunos llegan a la conclusión de la culpa de esa barbarie es de la víctimas, o de todo occidente. Entre los teóricos de la conspiración que deliran con que todo es un montaje y los victimarios que afirman que la culpa es nuestra, va a resultar que lo único razonable que podemos hacer es poner la cabeza en el tajo y se acabó. Pues me niego.

Nota: el título es deliberadamente provocativo, ustedes dispensen.

10 enero 2015

Yo NO soy Charlie Hebdo, ni mucho menos.

El asesinato inmisericorde de la redacción de la revista satírica francesa Charlie Hebdo, de una policía local francesa y cuatro rehenes en un supermercado judío de París ha conmocionado a la opinión pública no sólo europea. Lo absurdo de cualquier acto terrorista tiene ese efecto casi siempre.
El principio de todo, el asesinato de los dibujantes en nombre de una actitud de fanatismo intolerante de corte islámico ha desatado una primera reacción de particular rechazo también en nombre de la libertad de expresión. Pero qué quieren que les diga, me duelen los muertos, me duele la intolerancia asesina, el fanatismo ciego, pero yo no soy Charlie Hebdo como se ha extendido por las redes.
A mí la revista en cuestión me parecía y me parece basura satírica. No me gusta su humor transgresor porque me parece que hay unos límites para la expresión del mal gusto, la ridiculización, el insulto, la ofensa gratuita y la burla descarnada. Creo que ofender por el puro gusto de ofender los sentimientos de nadie no es modo de ganarse la vida. Creo que no hay un "derecho de ofensa" y que la civilización viene del respeto y consideración con los bienes y la integridad moral y física del otro.
Dicho esto, nada justifica ni siquiera explica la agresión ni el asesinato. No se puede oponer a la expresión una agresión de ningún tipo. Si en algo se basa nuestra civilización occidental es precisamente en la capacidad de entendernos por encima de esas diferencias, en el uso de la ley como mediación de nuestras disensiones. Denunciamos al que agrede, de palabra o de obra, y dejamos que sea la justicia quien modere y haga posible la convivencia y la coexistencia de visiones a veces antagónicas de la realidad misma. Por cierto, el Vaticano, objeto de las peores y más frecuentes burlas y ofensas de dicha revista ha expresado su rechazo y condena sin paliativos de los asesinatos.
Y no hay mucho más que decir. Haremos bien en tomar nota y reflexionar sobre lo que nos hace civilizados. Pero hay algo que me sorprende. Las reacciones de alguna gente que no consigo explicarme, o sí y me deja estupefacto. Está el progre al máximo, sumido en su pozo de idiotez que ha justificado lo sucedido por los millones de muertos que causa occidente todos los días en tantas partes del mundo, lo ha dicho así el tal Willy Toledo por ejemplo, no intenten entenderlo, no tiene sentido, por eso es una idiotez sin paliativos y el individuo un idiota miserable (para dejarnos claro que no lo había dicho sin querer, luego añadió que el vídeo del terrorista rematando a su víctima en el suelo era un montaje de la policía).
Luego están los sutilmente equidistantes. No llegan tan lejos, pero no pueden dejar de aprovechar la oportunidad para mostrar sus vergüenzas, rechazando todos los fanatismos en la condena de estos asesinatos. Es decir, para condenar la muerte de un vecino aprovechas y rechazas la extinción de los mayas, por si acaso, no vayan a pensar que no eres fantástico. A ver, ¿tan difícil es condenar el hecho y sus autores sin diluirlo? ¿Tienes que ser tan repugnantemente equidistante? Ya vivimos esto en España con nuestro terrorismo etarra, y siguen dando asco cuando lo hacen.
Hay una subespecie, el tonto integral, el majadero por escrito que aprovecha para criticar a los cristianos/católicos, por si acaso o por monomanía. Un ejemplo, el editor de una basura satírica española decía en twitter, esa pizarra donde todos los días tenemos la oportunidad de salir de dudas sobre si estamos condenados a la estulticia o a algo peor, una memez como la siguiente: “Algunos acordaos de defender la libertad de expresión cuando la revista tal haga cualquier chiste sobre la Virgen del Rocío”… impresionante, después de escribir esto seguro que la neurona sana que le queda también tuvo diarrea. Parece temer comandos rocieros armados en su redacción. Impresionante y miserable aprovechar la ocasión para atraer la atención sobre su, no sé, ¿indigencia? ¿Imbecilidad? Otro ejemplo es Manuel Rivas, capaz de escribir una columna sobre los asesinatos citando sólo a los católicos y la teología cristiana. Eso sí, como argumento de peso utiliza las reflexiones de "El nombre de la rosa", no vayan a pensar que se leyó la Summa Theologica para informarse.
En fin, ustedes disculpen, pero estoy indignado y no soy capaz de mantener ni la calma ni las buenas maneras ante estas cosas. Una frase resumen que a todos nos suena: “No me gusta, incluso me ofende lo que dice, pero defenderé como sea su derecho a decirlo”. Las consecuencias de ello no deben pasar de leer un artículo indignado, como este tal vez. Nunca violencia, menos todavía sangre.
Los fanáticos, por cierto, son los que son y vienen de donde vienen, no son todos, son sólo algunos, pero así está la cosa. Sobre esto hay un artículo: "Respetando a los caníbales" que deberían leer además de los que seguro que habrán leído ya.
Buenas tardes, disculpen el tono, o no, pero hoy no soy capaz de otro. Tengan cuidado ahí fuera.

04 enero 2015

MITOSIS | Un corto sorprendente.


Puedes activar los subtítulos en castellano en el botón "subtítulos" de la parte inferior derecha del vídeo.

Merece la pena verlo.


03 enero 2015

Año Nuevo, tiempo de cambios...

Un sabio meditaba así al atardecer de su vida:
“Cuando era joven, quería cambiar el mundo. Descubrí que era difícil cambiar el mundo, por lo que intenté cambiar mi país. Cuando me di cuenta que no podía cambiar mi país, empecé a concentrarme en mi pueblo. No pude cambiar mi pueblo y ya de adulto, intenté cambiar mi familia. Ahora, de viejo, me doy cuenta que lo único que puedo cambiar es a mí mismo y de pronto me di cuenta que si hace mucho tiempo me hubiera cambiado a mí mismo, podría haber tenido un impacto en mi familia. Mi familia y yo podríamos haber tenido un impacto en nuestro pueblo. Su impacto podría haber cambiado nuestro país y así podría haber cambiado el mundo.”
Tal vez es el momento de pasar a la acción para cambiar el mundo, tal vez es el momento para dejar de tener miedo cambiar uno mismo, de abandonar determinadas seguridades, conceptos ideas,… a lo mejor es el momento de vender todo lo que uno tiene y seguir al Maestro. Y no me refiero a vender la casa o el coche, sino a dejar atrás todas esas cosas que nos encierran en una zona confortable, y mirar hacia adelante. Tal vez es posible hacer que todo cambie si empezamos a cambiar cada uno de nosotros en lugar de querer cambiar a los demás en primer y único lugar.
Y por si les sirve les cuento brevemente las conclusiones a las que llegó una enfermera que durante muchos años trabajó en una unidad de cuidados paliativos y acompañó en el momento de la muerte muchas personas. Los enfermos se arrepentían de muchas cosas, pero hay cinco de ellas que se repetían con mucha frecuencia y que hubieran preferido hacer de otra manera a lo largo de su vida:
  1. Ojalá hubiera tenido el coraje de vivir una vida fiel a mí mismo, no la vida que otros esperaban de mí. Y para conseguirlo, mientras podemos, necesitamos atrevernos, superar los miedos y ejercer la libertad sin miedos. Si negocias tus principios y pospones tus sueños, un día será demasiado tarde.
  2. Ojalá no hubiera trabajado tan duro. Sobre todo porque muchas personas se han perdido la infancia de sus hijos, la cercanía de la familia y los acontecimientos importantes de la misma en el esfuerzo porque no les faltara de nada. Les faltaron ellos y eso no se puede sustituir con nada.
  3. Ojalá hubiera tenido el coraje para expresar mis sentimientos. Muchas personas suprimieron sus sentimientos con el fin de mantener la paz con los demás. Como resultado, se conformaron con una existencia mediocre y nunca llegaron a ser lo que eran realmente capaces de llegar a ser. Hay que atreverse a ser verdaderos mientras es posible. 
  4. Me hubiera gustado haber estado en contacto con mis amigos. Al final todo se reduce al amor y las relaciones. Eso es todo lo que queda en las últimas semanas, el amor y las relaciones. Por encima de asuntos financieros y otros legados, la deuda que más importa en ese momento es la deuda de amor con quienes quisimos y nos quisieron, y ahora se manifiesta en total claridad. 
  5. Me hubiese gustado permitirme a mí mismo ser más feliz. Muchos no se dieron cuenta hasta el final de que la felicidad es una elección. Se habían quedado atrapados en patrones y hábitos antiguos. El llamado “confort” de la familiaridad desbordado en sus emociones, así como su vida física. El miedo al cambio les había hecho vivir fingiendo a los demás, y para su yo, que estaban satisfechos. Cuando usted está en su lecho de muerte, lo que los demás piensan de ti está muy lejos de tu mente. ¡Qué maravilloso es ser capaz de sonreír otra vez, mucho antes de que te estés muriendo! 
La vida es una elección. Es su vida. Elija conscientemente, elija sabiamente, elija honestamente. Elija felicidad. Estamos a tiempo de cambiar el mundo, estamos a tiempo de cambiar nosotros. Basta con perder el miedo y atreverse a empezar.

29 diciembre 2014

Malos tiempos

Decía un escritor de cierta reputación que “estos son malos tiempos, los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros”. El autor de la frase en cuestión, con la que fácilmente ustedes y yo podemos estar de acuerdo, es nada menos que Marco Tulio Cicerón que vivió en el siglo I a.C. 
Esto nos hace pensar que si creemos que nuestros males son específicos de la modernidad o posmodernidad, estamos bastante equivocados. Digamos que la humanidad no ha avanzado tanto como cree y que cada generación y cada individuo tiene que recorrer su propio camino de humanización y conquista de la sabiduría. Al menos en las dosis necesarias para que la palabra civilización adquiera sentido y superemos el barbarismo básico de vivir según los instintos y el egoísmo más craso. El problema en nuestra sociedad posmoderna es esa vuelta al instinto y al sentimiento descarnado que se pregona día a día en los foros de expresión pública. Da la impresión de que hemos renunciado a la pensamiento para vivir instalados en la irracionalidad, e incluso esto no es nuevo, aquél movimiento romántico del diecinueve ya puso en marcha la superación o el regreso del racionalismo de la ilustración que había pretendido explicarlo todo y basar las relaciones humanas en la fría lógica del pensamiento y la razón. A cambio, parece que hemos vuelto a dejarnos arrasar por el irracionalismo. 
Cuando ante un hecho objetivo como por ejemplo el aborto que comporta la muerte de un ser humano, la respuesta es un supuesto derecho ¿a matar al hijo concebido? O la tremenda frase de “si el embarazo no deseado le pasara a alguien de tu familia, ¿qué harías?”, uno se queda sin argumentos, no porque no los haya, sino porque la otra persona se encuentra en un nivel dónde ni la razón ni la misma fuerza de los hechos le va a impedir seguir pensando o haciendo lo que le conviene. Contra el absurdo y el sentimiento, no hay explicación posible. 
Una sociedad así, que pregona que debes hacer lo que te gusta, lo que te apetece, lo que te da la gana, que eso es la libertad, luego reacciona escandalizada cuando a algunos individuos resulta que lo que les gusta, les apetece o les da la gana es salir a partirles la crisma a los del equipo contrario. ¿Y qué razonamiento les convencerá de eso está mal o es indeseable? ¿No pueden hacer lo que quieran con su vida? ¿Qué institución está en la posición ética de imponer unos límites si llevamos tanto tiempo diciendo que no hay límites, que no debe haber límites, que es muy retrógrado eso de poner límites? Todos hemos leído o escuchado esa inmensa majadería tan de moda de que lo mejor que se puede hacer con una tentación es caer en ella. Y luego nos extraña que si al personaje lo que le apetece es cascarle a su cónyuge o engañar a hacienda, lo haga y se sienta tan legitimado. 
Me dirá alguno, “pero es que no es eso”. Bueno, cuando das permiso para romper farolas, no te extrañe que se acabe asesinando a alguien. Rotas las barreras, la riada es incontenible. Y para que no sea así no basta con desearlo o escandalizarse con un ataque de hipocresía que no se cura con un susto, es preciso reconstruir al ser humano dañado que abandonado a sí mismo y sus instintos no se parece al buen salvaje del filósofo ni de lejos. Es preciso conquistar la humanidad y su marca de racionalidad que es lo que hace de la convivencia humana civilización y cultura.

25 diciembre 2014

La moral promedio y la total ausencia de la misma

Permítanme comenzar citando al filósofo Robert Spaemann, que en su obra “Sobre Dios y el mundo. Una autobiografía dialogada” afirma que «Siempre es discutible pretender deducir propuestas normativas a partir de datos estadísticos. (…) Kant dijo una vez: “Es plebeyo apelar a la experiencia en cuestiones de moral”. En todas las culturas más desarrolladas hay una clara discrepancia entre la conducta de la mayoría y la que la gente aprueba. Cuando el abismo desaparece, entonces eso quiere decir, o bien que todos los hombres son santos, o, por el contrario, que se han venido abajo las costumbres. Esto último es lo peor, cuando el comportamiento de la mayoría se tiene como norma». 
Y por tanto qué decir del miserable cálculo electoral que hubo tras la retirada de la ley del aborto que, lejos de ser la solución, iba a ser al menos una norma de mal menor que intentaba esquivar la barra libre para el infanticidio indiscriminado que es la ley de plazos actual. Digan lo que digan los teóricos de la infamia, cuando algo se puede hacer se hace. 
La posibilidad de la llamada píldora del día después no ha servido para solucionar algunos casos de despiste sino que se ha convertido para muchas usuarias en la costumbre, desplazando la norma del sentido común y la prevención a la hora de mantener relaciones promiscuas. Dicho de otro modo, hay menos precaución porque siempre está ahí esa pastilla milagrosa, con lo que se usa mucho más de lo que nadie pudiera imaginar por peligrosa que sea. Y con el aborto pasa lo mismo, si se puede abortar en cualquier momento sin consentimiento paterno incluso en el caso de las menores, el hecho es que se utiliza como método anticonceptivo de forma indiscriminada. Que lo que se mata sea un ser humano parece dar igual cada vez más a quienes gritan que es un acto de libertad, terrible forma de definir ese homicidio de inocentes. 
Pero volviendo al principio, si la moral de esta sociedad va a ser el promedio del comportamiento de la mayoría, estamos perdidos y el escándalo por la corrupción es más una declaración de envidia que una verdadera crítica al latrocinio institucionalizado, por poner un ejemplo. Parece que ante la dificultad de alcanzar nuestros principios éticos, hemos decidido abolirlos y sustituirlos por un consenso vacío que declara bueno lo que les parece a los que gritan más fuerte y alcanzan el poder en los medios, es lo moderno, es lo actual y punto. 
Y ya que estamos, la escandalera que algunos montaron con la carta del obispo Reig Plá sobre el aborto por su, a su juicio, exageración al comparar los trenes abortistas con los que llevaban los judíos a los mataderos nazis, es del todo curiosa viniendo de quienes gritan ¡genocidio! ante cualquier cosa y callan cuando llegan verdaderos genocidios como lo que está sucediendo en Siria e Irak. Situación ante la que permanecen callados como rameras (porque queda feo decir putas, ¿no?). 

En fin, un chiste de confesionario verídico como la vida misma tomado del blog de un cura:
-Padre, es que siempre tengo que confesarme de lo mismo.
+Es que hasta que no caes en lo mismo no vienes a confesarte.

Aspiren a más, a mucho más y que la gente lo note, lo estamos necesitando.

Cómo no, Feliz Navidad.

19 diciembre 2014

Sociedad enferma...

Creo que nuestra sociedad está enferma de exceso de información. Amontonamos datos y más datos que cada vez nos llegan en oleadas más grandes y por medios más sofisticados e inmediatos sin capacidad de procesarlos adecuadamente. El resultado es triste de contemplar, pues lejos de alcanzar la sabiduría, la excesiva información produce nuevas patologías. 
Un ejemplo es la ortorexia, la obsesión patológica por la comida denominada sana, biológica, orgánica o similar. Cada día medios de todo tipo depositan en nuestro imaginarios miles de imágenes, mensajes, ideas, eslóganes, etc. Que no somos capaces de comprender en su complejidad. En parte porque nos falta perspectiva, o porque nos falta tiempo y capacidad de decodificación de los mensajes que tratan, más allá de informarnos para que nos formemos nuestra propia opinión, de darnos la opinión ya formada para que la aceptemos como nuestra, es el funcionamiento de lo políticamente correcto, mensajes sobre lo que se debe pensar y creer como aceptable en la sociedad de hoy, de forma que el que discrepa, aunque sea razonadamente, es condenado a las nieblas exteriores. 
Otro ejemplo, el otro día un tertuliano llamaba imbéciles a los eclesiásticos que opinaban diferente a lo oficial sobre el tema de la homosexualidad, aquella vieja discusión de si es natural o adquirido. El otro apostillaba sugiriendo si esa opinión no debería ser un delito y, como tal, perseguido. El oyente solo puede asentir a tan sesudas interpretaciones, o ser proscrito también si discrepa. Ya se sabe, fuera hace frío, asiente no vaya a ser que… los mismos que se amparan en la libertad de expresión la condenarán si es para opinar diferente. Es la feria de los hipócritas llevada al extremo. En este lado de los creadores de opinión, la gente se siente bien y satisfecha consigo misma si percibe que su armario de ideas y conceptos, aquellos criterios que elige como los que conforman su visión de la vida y de los demás, son los correctos, los aceptados y aceptables. Está a favor de lo bueno y en contra de lo malo, de que la gente trabaje y no esté en el paro, de que haya sanidad y educación para todos, de que todo el mundo haga lo que quiera y sea feliz con ello (aunque eso implique conductas disfuncionales, mientras no les toque a ellos personalmente no es un problema), de que llueva en invierno y haga sol el verano, de que el protagonista mate al malo al final de la película y todo termine con las notas de una canción emocionante. Se viste siguiendo la moda, come o piensa que debe comer sano (la mayoría de las veces sólo esto último), va a los lugares donde va la gente y rehuye los espacios vacíos (como si la ausencia de masa humana le diera cierto vértigo). Y así en una larga lista de actitudes que procuran cambiar para adaptarse a lo socialmente aceptable, incluso cuando protesta y disiente lo hace de modo organizado, en la línea que se debe protestar y contra los que se debe protestar. Que si eso mismo lo hacen los otros, no es lo mismo, donde va a parar. El resultado es ese pensamiento mágico o whisful thinking que cree que pensar y opinar lo correcto y estar al lado de lo aceptable, hará que pase sin más planteamientos y sin un conocimiento certero de cómo es la realidad y cómo son los seres humanos. Que tampoco tiene que hacerse nada, basta con tener buenos sentimientos… 
Una gran crisis para este tipo de personas es cuando se dan cuenta de que tener buenos sentimientos no sirve de nada si no te lleva a actuar en compromisos concretos, si no se manifiesta en acciones. Eres lo que haces, no lo que piensas. Lo que eres por dentro sólo importa por lo que te hace hacer, lo demás es simple e inútil buena voluntad
La segunda gran crisis es cuando esta persona intenta hacer algo y tropieza con sus propios límites, por una parte descubre que las cosas parecen mejores en el mundo de las ideas, pero que en la realidad las cosas son sutil o bruscamente diferentes, empezando por sus propias resistencias y debilidades que le ponen por delante el desafío de mejorar. Y resulta que todo dentro del individuo va a resistirse a cambiar. Lo otro es más cómodo, el egoísmo de vivir instalado en la zona de confort de la opinión prefabricada y los eslóganes de moda se resiste a dejar el sofá de una vida anodina y borreguil. Pero es lo que hay si quieres ser algo más que un estúpido depósito de ideas y opiniones ajenas, de conceptos políticamente correctos y a la moda. Y la gran pregunta para despedirme hoy, ¿están cómodos en su zona de confort?

18 diciembre 2014

Luz

Un sabio maestro, contó a sus discípulos la siguiente historia: 
“-Varios hombres habían quedado encerrados por error en una oscura caverna donde no podían ver casi nada. Pasó algún tiempo, y uno de ellos logró encender una pequeña tea. Pero la luz que daba era tan escasa que aun así no se podía ver nada. Al hombre, sin embargo, se le ocurrió que con su luz podía ayudar a que cada uno de los demás prendieran su propia tea y así, compartiendo la llama con todos, la caverna se iluminó”. 
Uno de los discípulos preguntó: 
“-Qué nos enseña, maestro, este relato?” 
El Sabio contestó: 
“-Nos enseña que nuestra luz sigue siendo oscuridad si no la compartimos con el prójimo. Y también nos dice que el compartir nuestra luz no la desvanece, sino que por el contrario la hace crecer.”
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