11 febrero 2007

¿Nuevo estatuto? No, gracias.

En el ABC de hoy encuentro un comentario de opinión de lo más atinado y certero. Por si cambia de sitio os lo traigo tal cual para que podáis rumiarlo de aquí al próximo domingo al menos. Es triste, es indignante, es desgraciadamente así.

Con su pan se lo coman

POR IGNACIO CAMACHO
CUANDO el felipismo convirtió Andalucía en su patio trasero, los capataces de la autonomía trenzaron como los antiguos caciques un régimen de clientelismo, sumisión y silencio. Dotada con un presupuesto varias veces billonario, la Junta penetró con porosa eficacia en un tejido social desestructurado, y en vez de articularlo mediante la cohesión territorial y la pujanza emprendedora lo subvirtió a través de una red de dependencia vinculada a los privilegios políticos y a las subvenciones económicas. No quedó un ámbito por someter: desde los sindicatos a las cofradías, desde la Universidad a las academias de flamenco, desde los empresarios a los desempleados, desde los funcionarios a los menestrales. Amparado en un partido omnímodo, Chaves se mudó a un palacio y, durante los ocho años del aznarato, se enfeudó en sus resortes de poder rodeado del protocolo hierático de un virrey autocomplaciente y satisfecho.
Desde ese inmenso aparato clientelar, apoyado por una eficaz maquinaria de propaganda que vomita desde Canal Sur consignas de vasallaje trufadas de mezquinos estereotipos folklóricos, el socialismo ha convertido la autonomía en un marasmo, un erial aquietado e inmóvil, un cortijo de regalías en el que no se mueve una hoja sin la anuencia de los mayorales. Tras un comienzo optimista cuyo fulgor se apagó con los últimos cohetes del 92, ha fracasado la articulación regional, ha emergido un confuso localismo provinciano, se ha frenado la convergencia social, se ha estancado el dinamismo económico y ha naufragado la esperanza de un salto cultural. Sólo la Administración se ha desarrollado de una manera hiperbólica: la Junta es la primera empresa, el primer contratista, el primer empleador, el primer consumidor de bienes, el primer anunciante, el mayor propietario de inmuebles... y el mayor empresario de comunicación.
En este calmo océano de dependencia, Chaves aún considera insuficiente su dominio, y al amparo de la deriva catalana ha propuesto ampliar las competencias de su régimen hasta convertirlo en un miniestado. Más facultades, más capacidad de maniobra, más atribuciones, más dinero. Su autoridad es tan incontestable que hasta el PP ha tenido que avenirse a negociar esta vuelta de tuerca estatutaria para no quedar aislado en un desierto de incomprensiones. Pero lo que los andaluces necesitamos no es más autogobierno ni más poder, sino menos servilismo, menos prepotencia y más libertad.
Desconocido para la inmensa mayoría, el nuevo Estatuto no es más que un capricho político al margen de la demanda ciudadana, porque mientras no cambie la dirección del poder Andalucía sólo podrá profundizar en su galbana ensimismada. No merece la pena ni contestarlo en las urnas, pero basta la memoria de la ilusionante alborada del 28-F para saber que este triste referéndum sin pena ni gloria es apenas un vago remedo de aquella sacudida de rebeldía esperanzada. Silencio y ausencia, pues; que voten los que han convertido la autonomía en su medio de vida. Con su pan se lo coman, aunque, a la postre, se lo acabarán comiendo también con el nuestro.

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