07 febrero 2011

Leer el mundo

Suelo decir en más de una ocasión que la Biblia contiene todas o casi todas las situaciones humanas que uno va encontrando en el transcurso de la vida. Basta con saber mirar y leer los acontecimientos. Y mira por dónde encuentro este texto que lo expresa con bastante más acierto:

Cuenta Claudio Magris que, a finales de los años veinte, una revista berlinesa le preguntó a Bertold Brecht qué libro le había producido una impresión más fuerte, y él respondió: «Se reirá usted: la Biblia». Y sigue Magris: «Brecht encontraba en la Biblia un alfabeto para leer el mundo; la grandeza de un texto que dice, brutalmente y sin dorar la píldora, la desnuda verdad sobre la vida y la muerte, el eros y la violencia, lo maravilloso y el sabor a ceniza, la altura a la que pueden llegar los hombres elevándose por encima de sí mismos hasta concebir un absoluto que los trasciende, los sostiene o los anula, y la infame bajeza en la que pueden caer los mismos hombres.
La Biblia es el gran código de la civilización —ha escrito Northrop Frye— no sólo por el repertorio de símbolos, figuras, imágenes e historias que ha ofrecido y sigue ofreciendo a lo largo de los siglos, sino porque cuenta, metiéndola en la épica sensual de las vicisitudes concretas de unos hombres y de un pueblo, los motivos fundamentales de la vida, individual y colectiva: nacer, desear, errar, fundar, destruir y perder patrias, amar y odiar al hermano, vivir intensa y sensualmente la existencia, su gloria y su vanidad, elevarse a la intuición y a la revelación de lo que trasciende el tiempo, la vida, las cosas creadas y la propia mente que trata de imaginar a ese Dios que es justicia y amor pero en cuyas manos, dicen las Escrituras, es también terrible caer, precisamente porque es inconcebible, totalmente otro con respecto al hombre».

En Bienvenidos a la fiesta.
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