16 abril 2007

Valores "tradicionales".

Si hace años me hubieran hablado de los valores "tradicionales", probablemente yo hubiera reaccionado ácidamente contra tal denominación. Quizá entonces yo ignoraba más de lo que ignoro ahora y era considerablemente más soberbio.
Leo a Juan Manuel de Prada en la edición digital de ABC de hoy lunes, un mordaz artículo sobre el tema en cuestión y no puedo menos que estar de acuerdo con él en lo fundamental:
"...«tradición», (...) significa «entrega» o «transmisión». No existen otros valores, en el estricto sentido de la palabra, sino los tradicionales, los que entregamos a quienes vienen detrás de nosotros como llave para interpretar la realidad, para responder a los retos que la realidad nos plantea. La educación, a fin de cuentas, es la expresión máxima de la tradición: el maestro entrega a su discípulo un criterio para enjuiciar la realidad, una estructura de valores y significados que lo protege de la intemperie. Sólo cuando al discípulo se le ha hecho esa entrega es posible acicatear su libertad de juicio, para que luego él pueda someter los valores que le han sido entregados a inquisición y controversia, incluso a negación; cuando, por el contrario, no se le entrega ningún criterio ni valor, o los que se le entregan son contradictorios, se le condena al caos y a la desorientación."
Creo que el análisis es certero en cuanto a los conceptos y a la situación actual. Mi experiencia es precisamente esa. Observo que hay generaciones de jóvenes que viven instaladas en ese caos y desorientación del que sólo parece sacarles el pensamiento politicamente correcto imperante, las "modas" de diverso signo o ni siquiera eso. Cuando la rebeldía adolescente carece de referentes, recae en actitudes destructivas o autodestructivas con demasiada facilidad. Sin valores recibidos que ayuden al individuo que empieza a ser sí mismo, a "triangular" su posición en el mundo, lo habitual es que el proyecto de vida haga aguas, naufrague y se estrelle contra un auténtico atolón de arrecifes distintos. El consumo de algún tipo de drogas (legales o ilegales), ciertas formas de violencia contra los demás (fanatismos deportivos, racismos, xenofobia, etc.), la búsqueda de relaciones de rápido consumo (sin compromiso, reducir la afectividad al revolcón), la autoadmiración obsesiva y la necesidad compulsiva de la aprobación ajena con las patologías asociadas, un pensamiento plano que esquiva cualquier pregunta que transcienda el aquí, el ahora y el yo, etc. No soy sociólogo ni psicólogo, ni he hecho estudios para hacer estas afirmaciones que pudieran resultar erróneas, pero veo algo de cada una de estas cosas en el ambiente de la gente joven y es triste observarlo.
Supongo que me pasa lo que a Prada, cuando sale el tema, me resulta indignante los corifeos del relativismo absurdo, los que piensan que no existe verdad o mentira, valor o contravalor, sino que todo es del color del cristal con que se mira. Esta especie de idiotas ha hecho un daño infinito a la sociedad y ahora estamos presos de las formas, pocos se atreven a defender que tal vez la búsqueda de la verdad y del valor es la más noble empresa del ser humano, y estos son escarnecidos por esa nueva inquisición que defiende que la única Verdad Absoluta es que la Verdad No Existe y que las cosas valen lo que te parezca a ti cuando te venga bien.

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