04 abril 2016

Un relámpago en la noche de la historia



Tengo que reconocer que esta semana, en plena octava de Pascua, resulta complicado sustraerse a la perplejidad que provoca en quienes no viven anestesiados por la rutina y el tedio, la experiencia del sepulcro vacío. Tenemos experiencia de muchas cosas, pero con este extraño mesías que ha resultado ser Jesús de Nazaret todo de vuelve inesperado, inaudito, sorprendente y, en cierta medida, chocante. Nada resultó como esperaba la gente, como esperaríamos cualquiera de nosotros en realidad, ni la vida, ni la muerte ni lo que vino después. Lo que no sé es si a estas alturas hemos sacado las conclusiones adecuadas. Decía que tenemos experiencia de muchas cosas, del dolor, del gozo, de la tristeza y de la alegría, de la vida y de la muerte, pero lo de la resurrección nos coge a contrapié, eso no nos lo atrevimos a imaginar ni en nuestros sueños más locos. Así que, que aquellas mujeres volvieran diciendo que estaba vivo resultó tan sorprendente que necesitamos mucho tiempo para empezar a entender lo que había pasado y encajarlo en ese plan que parecía haber terminado en un gran fracaso. En definitiva eso de resucitar nunca había sucedido antes y nunca ha vuelto a darse y es normal que a los que viven cómodamente instalados en su fortaleza de escepticismo les cueste hacerse a la idea siquiera.



Pero para todos los que confían, los que se atreven a reconocer su indigente necesidad de sentido, fue un relámpago en la noche de la historia que volvió todo luminoso y mostró un camino entre las sombras. Sí, ciertamente un camino que no esquiva el paso doloroso e indeseable de la cruz, pero es que no era de eso de lo que debíamos ser salvados, es parte de nuestra condición humana, quienes huyen de la cruz acaban aplastados por ella como aquellos a los que aplastó la torre de Siloé, enfrentados a un destino sin sentido.



Y al respecto, sobre el significado de este también inaudito acontecimiento de la cruz, Ignacio Ruiz Quintano cita en ABC un relato de  “…Dombrovski, escrito entre idas y venidas por los “balnearios de Stalin”, como él prefería llamar al Gulag, [los momentos más] deslumbrantes de este relato se producen al contacto del padre Andréi, que se encarga del inventario del Museo, y Kornílov, el arqueólogo.
 ¿Cómo es que Cristo perdonó a todos? –pregunta Kornílov.
 Cristo podía perdonar y absolver –contesta el padre Andréi–. Por eso lo llamamos redentor. Es Dios, después de todo. ¿Por qué tuvo que morir, sufrir? ¿Hemos pensado en ello? (…) La moraleja de esta fábula es sencilla: ni siquiera Dios se atrevió, escuche bien, a perdonar a los hombres desde el cielo. Porque el valor de un perdón como ése sería nulo. No, desciende de tu Sinaí, métete en el pellejo infame de un esclavo, vive y trabaja 33 años como carpintero en una ciudad pequeña y sucia, soporta todo lo que un hombre puede soportar de otros hombres, y cuando… te laceren con látigos, te arrastren luego con una cuerda y te crucifiquen desnudo en un poste, expuesto a la vergüenza y al escarnio, pregúntate desde lo alto de ese maldito árbol: ¿amas a los hombres como antes o no? Y si dices: “Sí, los amo como antes. ¡Tal como son! ¡De todos modos los amo!”, entonces, ¡perdona! Pues tu perdón tendrá una fuerza tan terrible que quienquiera que crea que puede ser perdonado por ti será perdonado. Porque no es Dios en el cielo quien les perdonó el pecado, sino un esclavo crucificado. ¡Esto es lo que significa la fábula de la redención!
 ¿Podría usted perdonar a Judas? (Pregunta Kornilov)
¿Por qué no? ¿Quién era Judas, a fin de cuentas? Un hombre que había sobrevalorado terriblemente sus fuerzas. Tres cuartos de los traidores son mártires fracasados.”

Supongo que el otro cuarto de los traidores son los verdaderamente malvados o estúpidos, ya que ambos son peligrosos. Gran parte de la masa que asiste al espectáculo por otra parte, ha elegido nadar entre la indiferencia, tener pocas convicciones, rechazar el compromiso y aceptar la confusión del todo vale más relativista. Tal vez pensando que eso le pone a salvo de algo, de tener que elegir, del dolor, del sufrimiento, de la muerte o quién sabe de qué. Pero nosotros somos testigos de la tumba vacía, estamos llamados a unir los puntos, entender y llevar una vida que deje huella. Una vida comprometida y con sentido, supongo. ¿No les parece?

1 comentario:

ven dijo...

Gracias, por su compartir.

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