20 agosto 2008

Relato: La piedra del pastor (I)

"El sueño es anticipo de la muerte"
W. Shakespeare.



La primavera estalla a mi alrededor con fuerza inusitada. No puedo describir la miríada de colores, aromas y sonidos que me rodean. La brisa agita la hierba nueva y puedo escuchar su roce, como puedo percibir la multitud de insectos que se afanan por todos lados. El sol arranca reflejos de un verde pálido sobre hojas recién salidas de sus yemas en los árboles y el arroyo se precipita entre rocas cubiertas de musgo joven.
Milenarias rocas y centenarias encinas se combinan para hacer de este paisaje un lugar único. Me detengo en una de las formaciones de piedra, le llaman la piedra de Marco el pastor.
Antaño discurría por su lado una calzada romana, y unos kilómetros más al sur hay restos de una antigua población romana. Contemplo la roca prominente y recuerdo la leyenda que circula por estos parajes. Parece extraño que veinte siglos después siga viva, parecería tener vida propia. Me siento recostando mi espalda sobre la piedra templada por el sol de la tarde y cierro los ojos un momento recordando...

...Estoy esperando a mi amada. El sol quema mi piel, una vez más, ya no me duele como el primer día. Tengo la garganta reseca, pero no me atrevo a alejarme hasta el arroyo a por agua, ella podría volver y no encontrarme, entonces ya no volvería más y yo no podría soportarlo.
Esta mañana han venido de nuevo mis familiares a insistirme que vuelva a casa, pero ¿cuál es mi casa? No tengo casa si no está ella allí esperándome. Por eso tengo que estar aquí, hasta que vuelva. Al final han desistido de su propósito, me han dejado algo de comida, pero no tengo hambre, no puedo comer antes de verla. Ella volverá, veré sus cabellos brillar al sol cuando aparezca en lo alto de la loma por la que desciende el camino del oeste. Tiene que pasar por aquí, no hay otro cruce de caminos para atravesar estas tierras. Hace calor, la primavera está siendo muy calurosa, me quito la túnica y miro mi pecho, estoy muy delgado, se me notan mucho los huesos, ¿le gustaré así a ella? Tengo que comer algo, no puedo presentarme a su familia como si estuviera enfermo, mordisqueo el pan que me dejó mi hermano. Pero una arcada sube por mi pecho, apenas he probado dos bocados y no puedo tragar más. Mi apetito se fue con ella y no seré capaz de recuperarlo si el pan no lo amasaron sus manos. Quieran los dioses que vuelva pronto.

(Continuará)

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