04 noviembre 2007

Noviembre


Unos días antes del día de difuntos visité el cementerio con mi madre, quería ver las lápidas de la familia, ya se sabe, para estos días se procura limpiarlas y reponer los desperfectos de forma especial. Yo no suelo visitar el cementerio salvo en ocasiones muy contadas y siempre me toma desprevenido el estado de ánimo que provoca en mí.
Mi madre tiene una muy buena memoria de personas e historias. Mientras llegábamos a las de mi familia, algunas lápidas le traía recuerdos, un matrimonio enterrado junto, un niño que murió a los doce años, un joven, una mujer que murió de parto, aquella que era tan alegre mientras vivió en la calle tal... y así iba desgranando historias que recordaba de aquellas personas. Yo también reconocí algunas, cómo no. Al final mi estado de ánimo era como la tarde, nublada pero con un tibio sol que encendía de oro blanco las nubes. Es curioso, ante las lápidas de algunos jóvenes y niños recordé una frase de una canción de Aguaviva: los niños muertos no crecen. Siempre serán niños en el recuerdo que tenemos de ellos. Mientras que los mayores los recordamos de otro modo y con otros sentimientos. El recuerdo de los niños y de los jóvenes deja un tipo de heridas difíciles de sanar. Lo ves en sus padres y hermanos. Hay en ellos un rastro evidente de sufrimiento inacabable. Salen adelante, llegan a ser tal vez felices, pero siempre notas esa sombra en algún rincón de sus vidas.
El día de difuntos, al terminar la misa del cementerio recordaba que los primeros cristianos no se reunían en las catacumbas para huir de los romanos, sino para estar cerca de los suyos, en particular los apóstoles y mártires, que estaban allí enterrados. La proclamación de la esperanza tenía quizá allí mucho más sentido. No sé, pero puede que sea la primera vez que le encontré sentido a esa misa extraña celebrada en medio de las tumbas, paradójicamente nos conecta a esta iglesia y a aquella de los comienzos en la misma fe.

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